domingo, 20 de noviembre de 2011

Tlahuicochi

-I-

Hace sólo unos días le rogué al jefe que me dejara cubrir la nota de los talamontes. Habían encontrado a otro inspector ejecutado en su automóvil, y las autoridades no parecían estar haciendo algo para resolver el crimen, o detener la tala inmoderada. No es que pensara que este reportaje habría de poner mi nombre en la primera plana, pero sabía de su relevancia y el posible estímulo que habría de darle a mi carrera como periodista. No planeaba ir sola, me haría acompañar de Paola (con su inseparable cámara) y César (como conductor y guía).

            Al jefe no le convencía mandarnos solos, pero después de hacernos firmar una responsiva, donde asumíamos plenamente las consecuencias de cubrir el tema, nos dejó ir prestándonos una de las camionetas del periódico. Él estaba más nervioso que Paola y yo, pues estábamos tan llenas de adrenalina que no veíamos el momento de llegar al lugar de los hechos y empezar la investigación.

            Los temores del jefe no eran infundados. Los talamontes ya habían asesinado a otros periodistas de la competencia, aunque en ese tipo de casos no existe ningún tipo de rivalidad comercial o profesional, porque sabemos que cualquier cosa que le pueda pasar a uno nos puede ocurrir a todos. Por lo que tomamos nuestras precauciones, entre las que no podía faltar llevar conmigo la medallita de la Virgen de Guadalupe, que me regalara mi madre cuando le dije que vendría a vivir a la capital. Paola también traía la suya, sólo que no en medalla sino tatuada en la parte trasera del cuello, donde acostumbra colgarse la cámara.

-II-

Salimos a media tarde esperando llegar ahí antes del anochecer. César estaba más nervioso que  nosotras dos, y durante la mayor parte del camino no paró de hablar de los múltiples peligros que albergaba la sierra.

–Hace tanto tiempo que no vengo por aquí, que sólo espero que no nos perdamos en el camino o entre los árboles. Porque en la montaña hay cosas que son mucho más peligrosas que las fieras o los talamontes –decía y se nos quedaba viendo, quizás esperando alguna reacción de nuestra parte.

–No tienes de qué preocuparte, ten en mente que tendrás de tu lado a dos hermosas mujeres para defenderte de cualquier peligro –bromeó Paola.

–¿En serio? Y yo pensé que sólo iría con ustedes dos –dijo César y echó a reír.

Nuestra autoestima femenina estaba por los suelos, pero al  menos el ambiente en la camioneta se aligeró un poco. Además, según lo dicho por una compañera de redacción, sabíamos que a él no le gustaba nuestro género, una razón más por la que no dudamos en integrarlo a nuestro equipo de inmediato, no hay nada más molesto que tener un compañero que no desaprovecha el menor instante para hacerte saber que no le eres del todo indiferente, además de que decía conocer muy bien la zona, pues era oriundo de la región.

            Apenas se podía ver el camino. Era como si el entorno se creara al mismo tiempo que las luces de la camioneta lo iban alumbrando. Para entonces ya estaba un poco nerviosa y tenía frío, pero no podía echarme para atrás. Por suerte los temores de César fueron exagerados y llegamos a tiempo a nuestro destino, sin experimentar alguna contrariedad. Pero sabíamos que llegar al lugar de los hechos era sólo la primera parte y la más sencilla del trabajo.

Dejamos el vehículo en el acotamiento con algo de comer y botellas de agua, las cuales nos hicieron falta después pero entonces no lo sabíamos. Tampoco trajimos las linternas con nosotros y no teníamos más luz que la luna para alumbrar nuestro camino. Pero era imprescindible aprovechar la oscuridad para no ser nosotros los sorprendidos.

Estábamos en terreno elevado, y había que bajar hasta donde sabíamos que estaba el campamento de los talamontes. César iba por delante, al tanto de que siguiéramos sus pasos y no hiciéramos mucho ruido. Ahora las cosas se invertían, él parecía estar muy seguro de sí, y nosotras éramos como un par de gelatinas fuera de sus moldes. Rogar por que se me asignara esa nota no me seguía pareciendo tan buena idea, pero ya estábamos ahí y no podíamos volver en el tiempo.

            Paola además de nerviosa estaba molesta, porque su dispositivo para tomar fotos nocturnas no parecía querer funcionar, y en nuestras circunstancias no era prudente usar el flash.

–Quizás se golpeó en la camioneta. Ya vez que el camino que escogimos no era precisamente una autopista –le susurré.

Pero antes de que ella pudiera responderme algo, César nos calló a las dos.

–Dejen de parlotear, si es que no quieren terminar como el último inspector forestal que anduvo por este camino –señaló tajantemente.

–Con este frío, no estaría del todo mal, al menos sabemos que lo ejecutaron en su coche ¿no es así? –agregó Paola.

–Ahí encontraron su cuerpo, pero según los peritos lo asesinaron en otro lugar –añadí, y los tres tragamos saliva y guardamos silencio.

-III-

Después de casi cuarenta minutos de camino pudimos ver unas luces y escuchar voces, motosierras y camiones. Como a doscientos metros de nosotros estaban los talamontes realizando su clandestina labor. Con mucho cuidado y haciendo aún lado el nerviosismo, pero no a la prudencia, nos acercamos un poco más.

            Los talamontes no estaban solos, una patrulla de la policía les estaba haciendo compañía, pero no parecía que los estuviera deteniendo o investigando, sino protegiendo. Un oficial estaba en el interior, mientras que otro parecía estar en gran plática con el capataz.

–Si tan solo no se hubiera estropeado la visión nocturna de la cámara, el viaje habría valido la pena, al permitirnos corroborar la colusión de la policía con los talamontes. –susurró Paola mientras le daba pequeños golpecitos a la cámara.

–No menosprecies el poder de la pluma –le señalé.

–Yo puedo escribir que conozco al Papa, resucito a los muertos y he viajado con extraterrestres, sin que esto sea verdad. Por otro lado, si tengo una foto con Su Santidad, otra devolviéndole la vida a un cadáver, y una más donde saludo a un alienígena, es muy difícil que cuestionen mi dicho –reviró ella más pedante que de costumbre.

–Bueno, pero con los avances tecnológicos de hoy en día, sin olvidar los fotomontajes, bien podrías tener una foto tuya en Egipto, sin siquiera haber salido de tu casa –le respondí un poco enojada.

–¿Les parece que éste es el momento y lugar idóneo para discutir cuál de las dos es más importante para cubrir la nota? –dijo César y las dos lo volteamos a ver avergonzadas.

Por suerte, nuestra pequeña discusión no había sido lo suficientemente ruidosa como para llamar la atención de los talamontes.

            Pero la buena fortuna dejó de sonreírnos, cuando Paola desconectó el fallido dispositivo de visión nocturna y por error disparó el flash. Nos quedamos helados, cruzando los dedos en  espera de que los talamontes no nos hubieran visto, pero no fue así. De inmediato ellos dejaron todo lo que estaban haciendo y se armaron con revólveres y escopetas que no tardaron en apuntar hacia donde estábamos guarecidos.

            Por su puesto que no nos quedamos a mirar. Salimos corriendo sin voltear atrás, ni saber a dónde nos dirigíamos. Sólo podíamos escuchar los disparos y una que otra motosierra que nos seguía los pasos.

-IV-

Tal vez Paola y yo no sabíamos por dónde íbamos, pero cuando alcancé a ver nuestro vehículo, nos dimos cuenta de que César sí. Pero tuvimos que detener nuestra marcha cuando nos percatamos de que la misma patrulla que acompañaba a los leñadores clandestinos, tenía pegada su defensa contra la nuestra.

–No podemos seguir adelante, si tratamos de abordar la camioneta, seguramente nos arrestaran bajo cualquier cargo. Hasta es posible que ya nos hayan sembrado alguna droga o arma en el vehículo –susurró César.

Entonces nos volvimos a meter entre los árboles colina arriba, con la esperanza de no toparnos con los talamontes.

            El camino era casi intransitable, y entre el frío, la humedad y los nervios, dar el siguiente paso era toda una proeza. Si no era un árbol, piedra o matorral lo que obstaculizaba nuestra huida, era la oscuridad de la noche lo que impedía ver dónde poníamos los pies. Pues la luna yacía eclipsada por una densa capa de nubes.

            No sé cuánto tiempo caminamos, ni cómo fue que no nos separamos entre tantos árboles. Pero la buena noticia era que ya no podíamos escuchar a los talamontes atrás de nosotros. Entonces detuvimos la marcha y nos sentamos a descansar un poco, con la esperanza de no haber adelantado vísperas. Estábamos exhaustos y sin aliento.

–Ahora sí, prometo dejar de fumar –dijo Paola, por tercera vez esa semana y casi jadeando.

–Si salimos de ésta –apunto el pesimista de César.

Yo apenas podía respirar y mantenerme conciente, como para agregar algo más.

            La nubosidad se aligeró y la luna volvió a brillar para nosotros, entonces pudimos ver dónde nos encontrábamos. Era casi la cima del cerro y no parecía haber nadie más además de nosotros. Entre el sudor de la larga caminata y el frío, sentíamos la ropa empapada y nos dolían los huesos. Realmente no sabíamos en qué nos estábamos metiendo cuando pedí esta asignación.

–¿Ahora qué hacemos? Si pasamos la noche aquí es muy poco probable que amanezcamos vivos mañana –dije, sin ganas de desalentar a nadie, pero temerosa del escenario que se nos presentaba.

–Será mejor que regresemos a la carretera, si no nos vamos de este cerro quizás no veamos el amanecer, pero por otro motivo –dijo César, temblando y apuntando hacia una enorme piedra que descansaba en la cima.

–No exageres, esa roca parece tener siglos ahí. No creo que por el sólo hecho de estar aquí se venga abajo y nos aplaste –señaló Paola, prendiendo un cigarrillo.

            –¡Apaga eso! –gritó César, arrebatándole el encendedor.

–¿Estás loco? ¡Yo no sé que te has creído, pero no tienes ningún derecho de hacerme eso! ¡Devuélveme el encendedor! –señaló ella, casi a gritos.

–Quizás César teme que la luz del fogonazo nos delate ante los talamontes, como pasó con el flash –dije, pero Paola se me quedó viendo como si estuviera culpándola de todo.

Pero cuando estaba a punto de darme un sermón, César volvió a pararnos en seco.

–No es nada de eso, y ya estuvo bien de sus riñas, parecen dos adolescentes. No hay tiempo para explicaciones pero se las daré. Con cada minuto que pasa, este lugar se vuelve más peligroso. ¿Ven esa roca? Pues bien, no es sólo una piedra sino una advertencia, mas no precisamente de avalancha –dijo volteando a ver a Paola.

–Vean los grabados que tiene en su parte superior –añadió, señalando unos garabatos.

–Esta figura representa al sol, esta otra a la luna y la de en medio es la muerte. Estamos en el templo de Tlahuicochi –indicó muy serio.

En sus ojos podía verse reflejado el miedo, parecía creer cada palabra de las que nos había dicho, pero ninguna de las dos  nos aguantamos las ganas y nos echamos a reír.

–¿De qué estás hablando? ¿Cuál templo? Esto es sólo un cerro y si no nos estás gastando una broma, has de estar desvariando por el frío –dije muy segura de mis palabras.

–Un templo no sólo es un edificio, sino una casa, y este cerro es la vivienda de Tlahuicochi y debemos irnos antes de que nos vea –respondió enfadado.

            Paola y yo nos lo quedamos viendo incrédulas y luego nos volteamos a ver entre nosotras.

–Pongamos que la tensión nerviosa no te volvió loco y que aquí vive Tlahui… no sé qué. ¿Qué importa? Igual y nos echa una mano –inquirió ella provocadoramente.

–Necias, Tlahuicochi no es ninguna broma, es el espíritu de la muerte sedienta de sangre, y hambrienta de corazones humanos. Esta piedra indica que este sitio es su altar y cada segundo que permanezcamos aquí puede significar nuestra perdición –dijo temblando y se alejó de nosotras.

–¡César, espera un poco! No es que no te creamos, pero esos grabados los pudieron haber hecho cualquiera, quizás hasta los propios talamontes para ahuyentar a los lugareños, aprovechándose del mito –dije invitándolo a entrar en razón, pero no conseguí persuadirlo pues el siguió su marcha, como si yo no hubiera dicho nada.

            –Será mejor que no se rezaguen demasiado, no tenemos muchas posibilidades, pero si conseguimos permanecer con vida hasta el amanecer, entonces estaremos a salvo –agregó a lo lejos.

–Si ese espíritu está tan hambriento de corazones humanos, y sediento de sangre, por qué habríamos de estar seguros al amanecer –preguntó Paola, con un tono más cercano a la burla que a la curiosidad.

Pero César no hizo caso de la mofa y respondió:

–Porque Tlahuicochi significa “La que duerme al amanecer”.

-V-

Durante el trayecto de regreso a la carretera, César apenas nos dirigió la palabra. Era evidente que estaba molesto con nosotras, pero su preocupación parecía anteponerse a su enojo, porque no dejó de protegernos y extendernos la mano cada vez que sentíamos que íbamos a desfallecer. No volvimos sobre nuestros pasos, pues aún existía el riesgo de toparnos con los talamontes, o los patrulleros que los protegían. Por lo que dimos todo un rodeo.

Para mí, cada punto se veía exactamente igual que el anterior, pero parecía que César sí sabía dónde estábamos en cada momento. Su orientación ya nos había sido útil, por lo que no vi por qué dudar de él.

Ya casi eran las cuatro de la mañana y para nuestra sorpresa seguíamos con vida. Para él ya sólo faltaba unos cuantos minutos para estar a salvo. Para mí aún corríamos el riesgo de morir por hipotermia, ante la neblina mañanera y el deshielo. Paola no decía nada, sólo seguía el camino como ausente.

Entonces oímos un grito desgarrador que nos heló la sangre, estremeció los huesos y erizó los pelos del cuerpo. No podíamos distinguir si se trataba de un animal, una persona o ambos, pero consiguió detener nuestra marcha y silenciar a los grillos, al menos por unos minutos.

Sin darnos cuenta, los tres terminamos abrazados y muertos de miedo. No podía creer que en mi cabeza se estuviera barajando la posibilidad de que el mito de Tlahuicochi fuera algo más que eso, pero aquel grito había sido demasiado aterrador. De cualquier forma, seguimos avanzando sin soltarnos ni un solo momento, hasta que encontramos la carretera, y un camión, de los que recogen a los vehículos que se quedan varados a medio camino, nos llevó de nuevo a la ciudad a cambio de un poco más de lo que gano en una quincena. Ahora me duele el bolsillo por eso, pero entonces me pareció barato.

-VI-

Cuando llegamos a la ciudad, los tres ya estábamos mucho más tranquilos. Incluso llegamos a hacer bromas de lo ocurrido y lo cerca que estuvimos de acabar como aquel inspector. Sobre el otro asunto no hicimos ningún comentario, no era necesario especular con algo que no éramos capaces de comprender.

Para mí aquel grito pudo haber sido cualquier cosa, desde un cerdo perdido hasta una ilusión auditiva provocada por los árboles, el viento y nuestro propio nerviosismo.

Independientemente de lo que pudo haber sido, el miedo que sentimos al escucharlo fue real. Después de todo, por más poderosos que nos podamos sentir con nuestras grandes ciudades, supercarreteras y autos veloces, no somos más que un puñado de asustadizas criaturas ante la oscuridad de la noche y las fuerzas de la naturaleza.

-VII-

El reportaje salió mejor de lo que habíamos pensado, limitándonos a los talamontes y reservándonos el asunto de Tlahuicochi sólo para nosotros. No sólo teníamos la crónica y una experiencia que habría de marcarnos para siempre, sino también contábamos con evidencia gráfica, porque aquel “flashazo” delatador no había sido en vano, y teníamos pruebas gráficas de las actividades ilícitas de los talamontes y de su colusión con la policía, con una imagen donde se podía ver desde las placas de los vehículos de los delincuentes, hasta los números de la patrulla que los solapaba.

            El jefe estaba muy contento y no nos reprendió demasiado por haber sido tan poco precavidos. También las cosas entre Paola y César cambiaron, al parecer era falso el rumor que se corría sobre él, porque de un día para otro ya eran pareja. Se la pasaban peleando todo el tiempo y por cualquier cosa, pero eso no excluía que tuvieran planes de vivir juntos y hasta casarse.

            Ni a los talamontes, ni a los patrulleros los pudieron remitir a las autoridades federales. No es que no pudieran dar con ellos, más bien “algo más” los encontró antes. Pues los hallaron muertos muy cerca de la cima de un cerro. La versión oficial dice que los ejecutaron, quizás algún grupo rival, o por riñas internas. La otra teoría es mucho más inquietante y difícil de testimoniar, sobre todo ante una grabadora encendida.

Según uno de los oficiales que estaba a cargo del caso y que amenazó con retractarse si llegaba a salir su versión publicada en el diario, los talamontes fueron encontrados muertos sin una sola herida de bala, aún aferrados a sus rifles y motosierras, en torno a una gigantesca roca tallada y sin una sola gota de sangre en el cuerpo. La única herida visible la tenían en la boca, por donde según el forense se les había extraído el corazón.

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