domingo, 7 de diciembre de 2014

Maquillaje

El otro día, en aquel pequeño infierno que algunos llaman “transporte público”, me llamó la atención una joven, de no más de veinticinco años, que con la determinación de un cirujano sacó un maletín y, pese al vaivén del camino, comenzó a maquillarse.
            Su único referente era un diminuto espejo que colocara encima de su bolso, incapaz de reflejar a un ratón de cuerpo entero. Comenzó colocándose una plasta en la frente, pómulos, barbilla y nariz, la cual fue dispersando cual crepa en una sartén. Después desapareció sus líneas de expresión con una plasta mayor, y prosiguió con el rellenado de unas cuantas cicatrices, seguramente provocadas por el acné. Eso no podía terminar bien; su tono de piel era mucho menos claro que el maquillaje empleado, pero yo no podía dejar de mirarla. Yo estaba hipnotizado.
            Sacó una especie de brocha y con un colorete rojo le devolvió la vida a sus pálidas mejillas. Luego, con una brocha menor, le dio luz a sus párpados y, con otra distinta, difuminó la oscuridad de sus ojeras. Más tarde sacó un delicadísimo pincel y lo acercó con un temple envidiable a sus globos oculares. Yo esperaba lo peor, estuve a punto de detenerla. Eso que hacía era un acto demasiado temerario aún en total quietud, cuánto más en un vehículo que se movía como trasero de abeja ante una flor. Pero no pasó nada, pese a que ella apoyaba con frialdad absoluta aquel instrumento sobre esa delicada cordillera de pestañas.
            Yo estaba hechizado, mientras mis demás compañeros de viaje dormitaban o veían sus teléfonos celulares. Me sentía un testigo silente de un ritual sagrado, como un cómplice involuntario. Poco a poco esa nube de pintura se fue despejando, dejando en su lugar un horizonte de texturas y líneas que, trazo a trazo, dibujaban un rostro.

            Al final, la joven no parecía tan “maquillada”, como si en vez de un velo, se hubiese colocado una luz que exaltara su propia belleza, sin exageración y naturalidad. Una obra maestra. Entonces me di cuenta de que el maquillaje femenino era un arte, que tiene como lienzo el rostro de la mujer. Sin embargo, así como en el mundo de la pintura hay un Rembrandt, este arte femenino no se podría librar de más de un Picasso.     

Un día ordinario

Aquel día había iniciado como cualquier otro; nada más ordinario que un jueves por la mañana; el reloj despertador, el café hirviendo, las noticias, el tráfico, las prisas, los gritos, en fin, un típico día.
            Como era habitual, ya se me estaba haciendo tarde para ir al trabajo. No es nada sano dormir tan noche y pretender despertarse temprano, y mucho menos con la tensión de tener que entregar el reporte de actividades antes de las siete de la mañana, para que sea lo primero que mi jefe vea al llegar, claro está, a las ocho o nueve. A veces me parecía que él no era tan severo como su “diabólica secretaria”, a la que uno no podía ni siquiera observar de reojo, porque ella nos detectaba de inmediato, no sé cómo, y castigaba a cualquiera con trabajo extra. En definitiva, ella era el látigo de la empresa. 
            Una vez más saldría desvelado y sin desayunar, a enfrentarme a ese mar de personas con mirada perdida, que navegaban como ciegos, incluso con más prisa que yo. No importaba quién pudiese estar en el camino, si no aprendes a moverte con rapidez, no dudaría ni un segundo en suponer que sería el tapete de más de un zapato.
            Pese a la hora, la panadería ya estaba abierta y exhibía en su mostrador una hermosa y redonda dona de chocolate, que por un instante me pareció el objeto más tentador del universo, hasta que mi reloj de pulsera, cual capataz de bolsillo, me indicó que no tenía tiempo qué perder, y ya habría oportunidad después para satisfacer las exigencias de mi estómago.
            Por fin, en la oficina, logré entregar mi reporte, apenas un segundo antes de que la “secretaria diabólica” llegara a recoger la carpeta de expedientes que aguardaban encima de su escritorio. Sólo entonces pude respirar tranquilo e ir por un café y algunas galletas, para aguantar el hambre hasta la hora de comer.
            El trabajo fue tan rutinario como siempre; presiones, intrigas, chismes de pasillo. Las mismas amenazas de siempre y las mismas noticias pesimistas que día a día nos recordaban los medios de comunicación; cada vez más muertes, asaltos, crisis, desempleo, guerras, protestas, incremento en el precio de los combustibles, escasez de alimentos, en fin, la misma canción de cuna que cada noche nos espantaba el sueño, y nos acompañaba hasta la muerte de un nuevo “amanecer”.
            Comí sin ganas y me quedé con hambre. Mi estómago reclamaba un banquete, pero tenía un nudo en las entrañas que no me dejaba ni un segundo, además de que sólo tenía tiempo de darle un aperitivo, porque el jefe quería que termináramos el proyecto del siguiente año. Ya cenaría con calma al llegar la noche, o al menos eso era lo que todos los días me repetía en silencio, pese a saber que llegaría tan cansado que podría darme por bien servido si no tenía que cenar “más trabajo”.
            Poco a poco el reloj se fue comiendo las horas, mientras la jornada devoraba mi espíritu. Hasta que por fin terminamos lo encargado y, más muerto que vivo, entregué el nuevo reporte, aflojé mi corbata, tomé mi abrigo y salí de la oficina, con dirección al tren elevado.
            Una vez más me estaba esperando ese océano de personas, con rostros fatigados que marchaban como en “cámara lenta”. Aún no terminaba de oscurecer, y pese a que el cielo nos estaba regalando un espectáculo de luces, colores y sombras dibujadas en las nubes, dudo que alguien más lo apreciara. Hasta que un destello, tan potente como el sol, atrapó la mirada de todos: “una explosión”. Pero no cualquiera, sino una detonación que jamás pensé que vería en persona, tan trágicamente célebre por fotografías de la segunda guerra mundial, y más de un film.

            Ese jueves jamás me pasó por la cabeza que fuese a ser mi último día. De haberlo sabido, tal vez sí me hubiese comido esa dona de chocolate en la mañana. 

Flores de Valladolid

Todo era tan maravilloso que hasta parecía un sueño; ella era la mujer perfecta, al menos para mí. No sólo era la más hermosa, sino también la más cariñosa, tierna e inteligente que jamás hubiese conocido. Con ninguna otra había experimentado un sentimiento parecido, por lo que, quizás ingenuamente, llegué a pensar que lo “nuestro” sería para siempre.
            Ella se llamaba Diana y la conocí una tarde lluviosa en la parada del autobús. Ella estaba titiritando de frío y yo empapado, en espera de un vehículo que parecía no tener ganas de aparecer. Al ver tal escenario y, para distraerme un rato, le hice un poco de plática con el cliché más ordinario que se me pudo ocurrir: “el clima”. Entonces ella me miró y desde ese momento ya no pude dejar de contemplarla. Sus ojos eran los más hermosos que hubiese visto en mi vida, y parecían iluminarse como estrellas, con el reflejo de los faros de los automóviles que circulaban sin parar. Su voz era una caricia a mis oídos, y su aroma un manjar para mi olfato.
            En ese instante conversamos de todo un poco y de nada en particular. Parecíamos dos niños que se negaban a regresar a casa, con tal de seguir “jugando”. Nos reímos del mundo, de la política y del tiempo, e intercambiamos miradas de complicidad, incluso cuando llegó nuestro transporte y seguimos nuestra charla, pero ahora en movimiento. Ésa fue la primera vez de muchas más que coincidimos, hasta que un buen día la invité a tomarse un café conmigo. El resto fue la experiencia más hermosa y angustiante que hubiese vivido; un romance de película; tan cursi como divino. Dos años después nos casamos, pero jamás perdimos esa divina cursilería de novios.
            Diana trabajaba como recepcionista en una editorial del centro, a sólo dos calles del metro “Flores de Valladolid”, y como yo solía salir del trabajo mucho antes que ella, se había vuelto “nuestra costumbre” que todos los días pasara a buscarla, para regresar juntos a casa. Eso implicaba que tuviese que hacer más de un trasbordo, pero eso nunca me significó un problema, después de todo, yo era capaz de atravesar un infierno con tal de volver a verla. Lo cuál sigo haciendo.
            Un mal día, de hecho el peor de mi vida, discutimos, ya ni recuerdo cuál fue el motivo, pero por primera vez en más de cinco años de estar juntos, lamenté habérmela encontrado en mi camino, una estupidez que desde entonces no ha hecho más que martirizarme. Salí enojado de la casa, incluso azoté la puerta, faltando a la costumbre, no le llamé para avisarle que había llegado con bien al trabajo, ni respondí el último mensaje que ella me envió: “Amor, ten un grandioso día, te amo”. Sin embargo, a lo largo de la jornada, el recuerdo de sus ojos, su risa y voz, fue ablandando mi testarudo carácter. Entonces intenté responderle el mensaje, pero no lo encontré. Pensé que lo habría borrado, cegado por el enojo, y la llamé, pero no respondió. Lo intenté repetidamente, hasta le marqué a su trabajo, pero una grabadora me dijo que ese teléfono no existía. Frustrado, incrédulo y temeroso, esperé a la tarde, para ir por ella, aclarar las cosas y entregarle sus flores favoritas.
            Al salir del trabajo me desvié a comprarle su ramo e hice lo de siempre; entré al metro, realicé varios trasbordos, y una vez en la línea que me llevaría hasta ella, visualicé en mi mente las estaciones que me faltaban: “Romero”, “Río Minerva” y “Flores de Valladolid”. Pero una vez que pasamos “Río Minerva”, en vez de llegar a mi destino, llegamos a “San Juan”. –Me pasé –pensé, por lo que me bajé del convoy y cambié de dirección. Pero una vez que dejé “San Juan”, llegué a “Río Minerva” nuevamente.
            No entendía lo que estaba pasando. Busqué “Flores de Valladolid” en el mapa de estaciones, pero no estaba. Por lo que le pregunté al primer policía que encontré en los andenes, pero él no supo darme razones, incluso afirmó no haber escuchado nunca el nombre de dicha estación.
            Aún más confundido, molesto e impotente, salí del metro y caminé hasta donde recordaba que estaba la editorial. Recorrí casi un kilómetro bajo la lluvia, pero no encontré ni vestigio de la estación, ni del trabajo de mi mujer, hasta que dí nuevamente con “San Juan”. Parecía un loco, preguntándole a cuánta persona se cruzaba por mi camino, tanto por la estación como por la editorial, pero nadie supo darme respuesta.
            No sé cuántas horas seguí ahí, todo me daba vueltas y me sentía incapaz de reconocer algo que me resultase familiar, por lo que volví a casa. Pero allá tampoco había rastro de ella, como si no la hubiera conocido nunca; el librero sólo contenía mis libros, el ropero mi ropa, sus retratos estaban ausentes de mis muros, e incluso la foto que guardaba en mi cartera había desaparecido. Como si ella sólo hubiese existido en mi imaginación.

            Hasta el día de hoy, cinco años después de eso, sólo conservo un poco de su aroma entre mis sábanas, esencia que abofetea mi alma con su ausencia, al abrir los ojos y no verla. Y aquí estoy, como cada tarde, esperando en la parada del autobús, viendo como llegan y se van un sinfín de personas, mientras yo sigo inmóvil, aguardando por ella.     

Un tipo cualquiera

¿Quién soy yo? Buena pregunta, pero lamento no poder ofrecer una buena respuesta. Verás, yo soy un tipo cualquiera; como tú, como el portero de tu edificio, o como aquel sujeto de la parada del autobús que se hurga la nariz como si buscase petróleo, o la típica señora que voltea a ver el aparador de la tienda y sujeta su bolsa, como si su dinero se fuese a escapar de ella por sólo mirar los vestidos. En fin, cualquiera.
            Nunca me he hecho el interesante, es más, públicamente he admitido en más de una ocasión que soy un ser aburridísimo, ni siquiera el más aburrido, sólo un aburrido más del montón, que malgasta su vida en pequeñeces, como ver cada domingo el partido de futbol o leer las noticias cada mañana en el diario. En fin, cosas que no implican realmente ningún esfuerzo extraordinario, o digno de conmemorar en un almanaque.
            Me gano la vida como cualquiera, he aprendido a sobrevivir haciendo un poco de todo, pero admito, sin ánimo de soberbia, que mi último trabajo me tiene más que satisfecho. Sé que quizás mi obra no pasará a la historia como lo “más grande” que se haya realizado, pero estoy seguro de que hablarán de ella, al menos, por unos cuantos meses o años.
            No fue fácil encontrar el escenario y los materiales adecuados, pero creo que mi trabajo se ha acercado a la perfección. No es arrogancia, aunque lo parezca, más bien es “honestidad intelectual”.
            Por años traté de hacerme de un nombre, dejar de ser un tipo cualquiera y convertirme en un “artista reconocido”. Cada día practiqué y experimenté con mi arte: “la escultura”, pero jamás conseguí lo que buscaba; el bronce era demasiado frío, la madera insulsa, el mármol impráctico, el oro, la plata y el cobre inaccesibles, y lo demás demasiado simple. Por no mencionar el nulo apoyo de mis colegas, o del propio gobierno, que de arte sabe muy poco y que le importa aún menos. Burócratas sin visión cultural, pero hambrientos de dinero.
Curiosamente, eso me enseñó a ser humilde, y valorar aquellos aspectos que antes me parecían demasiado comunes, como la piel o la carne. Por lo que empecé con animales, pero mi obra ocasionaba precisamente aquello que no quería: “repulsión”. Cada creación era aún mejor que la anterior, pero aún así el resultado no variaba, y las pocas puertas que se me habían abierto, comenzaron a cerrarse.
Entonces entendí que el arte no podía ser contenido en museos o salas de exhibición. Por lo que empecé a presentar mis creaciones en parques, sin fines de lucro e incluso, sin protagonismo. No me interesaba el crédito, ya no, sólo quería compartir mi obra con el mundo, y eso hago hasta el día de hoy.
            Nunca faltaron los críticos y moralistas, por no hablar de las autoridades, sobre todo cuando empecé a usar carne humana en mis exhibiciones. Un recurso tan vasto y muy poco utilizado. Algunos quizás digan que es un material poco duradero, y tienen razón, pero sólo en lo físico, porque sé muy bien que mis obras permanecen en la cabeza de todos aquellos que las han contemplado, quizás de por vida.

            Ya ves, yo soy sólo uno más, un tipo cualquiera, en cambio tú, bien puedes llegar a ser… mi obra maestra.   

Los amantes

Ya casi son las diez de la noche, y el ritmo de la ciudad sigue su incansable marcha. Yo regreso del trabajo, cansado de mente y cuerpo, pero sobre todo, fastidiado de toda esta multitud que me rodea, casi tanto como seguramente ellos han de estar hartos del resto, incluyéndome.
            No hago más que reparar tuberías todo el día, arreglar piezas, remplazar otras, en fin, a veces creo que he pasado más tiempo en el fregadero de los demás que en el mío propio. Pero bueno, me gano la vida y en estos días eso es algo que no se puede hacer de menos.
Hace sólo una hora esta estación parecía un hormiguero, pero por suerte ya muchos se han ido y yo espero, sin demasiada prisa, que llegue el próximo convoy. En el andén sólo estamos un puñado, que vemos de reojo a los demás, sin detenernos demasiado tiempo en nadie en particular. Todo es tan igual que no me extrañaría el estar compartiendo mi espacio con los mismos actores de siempre.
No parece haber nada digno de ser observado, pero las apariencias engañan, porque a sólo un par de metros de mi posición, hay dos amantes que parecen más interesados en devorarse mutuamente que en esperar la llegada del vagón. Ella lo aparta, pero muy tímidamente, como si el pudor no pudiese contener el deseo, mientras él no oculta su apetito voraz. Pareciera que nadie los ve, pero dudo que alguien pierda detalle, como si ese instante y escenario fuesen puestos sólo para ellos.
Tal espectáculo mezcla el morbo, el deseo y la añoranza, casi como si fuese ayer o hace cientos de años, cuando yo hacía lo propio con la que ahora es mi esposa, antes de que las facturas por pagar, la tensión del trabajo y los niños nos quitaran el sueño, haciendo de nuestra vida conyugal un mero recuerdo perdido, que por un segundo parece asomarse, al menos en mi cabeza.
Tal vez el idilio de estos dos sea inspirador, si no fuera por mi dolor de espalda y las jaquecas de ella, por no hablar de los niños. Suspiro casi sin darme cuenta y sigo mirando, mientras de pasada veo al resto, que al igual que yo, no parecen tener ganas de que llegue el próximo tren.
Entonces un teléfono suena, el de ella, por lo que aparta bruscamente a su amante, y responde:
–Amor, ¿cómo estás?… Sí, ya mero salgo. La reunión se prolongó más de lo esperado, pero sólo junto mis cosas y me voy. ¿Ya se durmieron los niños? Ah, me parece perfecto, ¿e hicieron su tarea? Ah, muy bien. Sí, sí claro, yo también te amo. Nos vemos por allá –dijo, colgó con premura y volvió a los brazos del otro, con cierta malicia en su sonrisa.
Bueno, como suponía, “las apariencias engañan”.

Aún así, la verdad no es muy tarde, no me molesta tanto la espalda y mañana no tengo que trabajar, sólo espero que a mi esposa no le duela la cabeza. Si no hacemos mucho ruido, igual y los niños ni se enteran. Un ramo de flores ayudaría. No recuerdo cuándo fue la última vez que le regalé algo. Tal vez aún estoy a tiempo de reparar eso. No vaya a ser que mi mujer también se busque un repuesto.