viernes, 18 de noviembre de 2011

El fuego del dragón

La sirena

-I-

Por más años de los que he de estar dispuesto a admitir en público, he vivido entre gigantes, elfos, magos, dragones y enanos. Siendo estos últimos con los que más he convivido, por el simple hecho de que soy uno de ellos. Pero desde hace varias cosechas mi vida ha cambiado radicalmente. Nunca fui un enano aventurero, pero la primera vez que me embarqué (literalmente) en una, ésta me cambió la vida de un modo irreversible.

            Todo empezó hace algún tiempo cuando fui a la “Laguna de los susurros” a pescar algo sabroso que desayunar. Como cada día, tomé mi caña, la hielera, un botecito con carnada, mi inseparable anzuelo de la buena suerte y salí antes de que despuntara el sol. No había ni una sola nube en el cielo y la luna brillaba con todo su esplendor en lo más alto. El viento apenas despeinaba las copas más elevadas de los árboles y el crujir de las hojas secas me hizo compañía hasta llegar a mi destino, mientras los gigantes del bosque aún dormían y roncaba plácidamente a todo pulmón. 

            La laguna parecía un espejo de agua. Sólo las ranas se atrevían a romper su tranquilidad, brincando de un lado a otro sobre las hojas de los lirios. Era casi un delito romper con esa danza saltarina, pero si quería pescar algo bueno tenía que empezar temprano. Me acomodé sobre una roca en la orilla, engarcé un gusano al anzuelo, extendí la caña y me senté a esperar que algún pez cayera en la trampa.

            Pasaron las horas y las ranas parecían haber tenido más suerte con los mosquitos que yo con los peces, porque mi hielera seguía sin un solo pescado y con más agua helada que hielo. De repente algo sacudió el agua y me dio un susto que casi me tira de espaldas. Recuerdo haber escuchado una risa y volteé a ver de quién se trataba. Era una sirena. Yo nunca había visto una, aunque sí que había escuchado hablar de ellas. Estaba en la orilla atacada de la risa, conciente del susto que me había propinado.

–Así no vas a atrapar ningún pez. Se supone que debes permanecer callado y sin sobresaltos –dijo burlonamente.

Yo la ignoré y recogí la caña.

–No te enojes conmigo, no fue mi intención asustarte y tampoco quise reírme de ti, pero es que te veías tan gracioso que no pude resistirme. ¿Me perdonas? –insistió, pero seguí sin hacerle caso.

Quizás no había visto antes a una sirena, pero sabía que no había que confiar demasiado en ellas, por muy hermosas que pudieran parecer.

–No seas así, perdóname. Mira, como muestra de mi arrepentimiento te voy a dar un consejo para que puedas atrapar muchos peces –dijo y yo dudé por un momento, pero seguí recogiendo mis cosas como si no la hubiera escuchado.

–En la orilla de la laguna hay muy pocos peces o son pequeños y astutos. Pero en el centro los hay por montones y son extremadamente confiados. Bastará con que extiendas tu caña para que saques uno grande y jugoso –dijo.

Ya el sol estaba en lo más alto y yo tenía hambre, por lo que “grande y jugoso” eran atributos que no podía desconocer.

–Está bien, pero ¿cómo le puedo hacer para llegar hasta el centro de la laguna, si no cuento con ninguna embarcación y tampoco sé nadar? –pregunté.

Ella se sonrió y me dijo que le tuviera confianza y montara sobre su espalda.

–Sé que las sirenas no tenemos muy buena fama, pero no todas somos iguales. Dame solo una oportunidad de resarcir la mala impresión que pude haberte causado. Lo digo por el susto que te di, en verdad no quise hacerlo… al menos no tanto. Confía en mí y verás que no te arrepentirás de haberlo hecho –concluyó, y pese a que una vocecita en mi cabeza me decía que me fuera de ahí, acepté su oferta y me monté en su espalda. No cabe duda que una panza hambrienta no es la mejor de las consejeras.

Todo mi cuerpo temblaba de nervios. No podía dejar de pensar qué iba a hacer si la sirena me estaba engañando y sólo buscaba dejarme solo en medio de la laguna.

Para mi sorpresa ella cumplió su palabra y me llevó sano y salvo al lugar acordado. De igual modo, en ningún momento intentó deshacerse de mí, e incluso me ayudó a atrapar un robusto pez de piel lisa y aleta dorsal azul.

–¡Esto es lo más grande que he pescado en mi vida! –le conté emocionado.

Ella me sonrió y se dispuso a regresarme a la orilla.

En el trayecto me dijo llamarse Corazón, aunque prefería que le llamaran “Cora”.

–Así es como me decían de pequeña mis padres y amigos. No es que tenga o tuviera muchos. De hecho en esta región sólo tengo a uno. Aunque primero debí preguntar si querías serlo –dijo y un poco apenada se quedó callada, hasta que le dije que a los verdaderos amigos no se les busca, pues ellos aparecen solos, sobre todo cuando más se les necesita.

Ella sonrió complacida y siguió navegando conmigo a cuestas.

Ya en tierra firme me olvidé de la hielera y junté algunas ramas secas para encender una hoguera, secarme un poco y cocinar al pescado ahí mismo. Tenía mucha hambre.

Después de asarlo muy bien por todos lados, y aderezarlo con unas cuantas hojas de olor, compartí la pesca con mi nueva amiga. Ella dijo que nunca antes había comido uno de esa manera, pero se mostró complacida con su sabor.

Nos despedimos cordialmente y quedamos de vernos al día siguiente. Ya no para pescar, sino para conocernos mejor. Además prometí llevarle un pan de fresas que, modestia aparte, me sale exquisito.

-II-

Por varias lunas consecutivas acudí puntual a mi cita con Cora, hasta el día en que ella dejó de asistir. Primero no me preocupé, pensé que quizás se había entretenido en alguna otra cosa. Pero después de tres noches me consternó un poco su ausencia. Sobre todo porque empecé a tener unos sueños muy extraños, donde la veía varada con la aleta lastimada en una caverna oscura y fría. Sabía que no podía tratarse de una simple pesadilla. Tenía que ser un mensaje que me estaba enviando ella para que fuera a ayudarla. Pero no sabía por dónde empezar a buscarla.

            Lo primero que hice fue construir una pequeña embarcación. Sabía que Cora no salía del agua y que si estaba varada en alguna caverna, debió de haber llegado a través de la misma laguna. Por lo que tenía que buscarla ahí, así tuviera que surcarla por completo y en más de una ocasión. Era una superficie muy amplia, pero por una amiga valía la pena cualquier esfuerzo que se pudiera hacer por encontrarla.

            Desde que embarqué me dispuse a no volver a tierra hasta dar con Cora. Por lo que me despedí de la aldea y me abastecí con todo lo que mi pequeña embarcación pudo cargar.

-III-

De un extremo al otro recorrí cada rincón de la laguna, hasta llegar a aquellas salientes que no aparecían en mis mapas de navegación. En ese momento aprendí que en este mundo existen más cosas de las que se puede tener algún tipo de registro.

            Pasaron varias noches, pero encontré a Cora en una remota cueva que alimenta de agua a la laguna, a través de un río subterráneo. Ella estaba inconciente, apunto de perecer de hambre y frío. Pero logró reconocerme.

Como pude, la acerqué a la orilla, donde el agua apenas la golpeaba un poco, y empleando mi piedra de fuego logré que regresara el rubor a sus pálidas mejillas. Después le di de comer lo poco que me quedaba, y humedecí su cuerpo con una pequeña jícara que llevaba conmigo.

            Ya más recuperada, Cora me contó que la corriente la había atrapado y arrastrado hasta esa caverna. Estaba adolorida, confundida y con la aleta lastimada, por lo que no podía salir de ahí.

–Si no fuera por ti, seguramente habría muerto aquí mismo… y sola –dijo entre lágrimas y me dio un fuerte abrazo.

–Tenías razón, a los amigos no se les busca, pues ellos aparecen cuando más se les necesita...  –pronunció sollozando en mi hombro.

–¿Qué otra cosa podría hacer? Ni modo de resignarme a perder a mi mejor compañera de pesca –le dije y se rió conmigo.

            Su aleta aún estaba lastimada, por lo que no podía salir de ahí nadando. Entonces se me ocurrió inundar un poco mi embarcación, para que ella abordara y no se deshidratara demasiado, hasta llegar a un lugar más confortable.

Pero tan pronto abordamos los dos, la misma corriente que la había llevado hasta ese lugar, nos engulló y sin ningún control sobre el navío nos arrastró por todo el río subterráneo.

-IV-

Cuando recobré la conciencia estábamos encallados en una roca, entre dos corrientes y un enorme cañón. Cora estaba inconciente pero no lucía mal herida. Traté de hacerla volver en sí, cuando algo más llamó mi atención. No estábamos solos. Además de una vegetación que nunca antes vi por mi aldea, había algo más; unos lagartos gigantes. Tan grandes como un dragón, pero que a diferencia de ellos que sólo son unos cuantos, éstos se podían contar por millares.

            Por suerte, en ese momento despertó Cora y juntos fuimos testigos de ese sin igual espectáculo. Ninguno de los dos teníamos ni idea de qué eran esas criaturas o dónde estábamos, pero le rogábamos a las estrellas que estos lagartos fueran menos agresivos e inteligentes que sus parientes, y nos ignoraran por completo.

            Con cuidado desembarcamos y como en aquella primera ocasión, me subí a la espalda de Cora para que juntos nadáramos hasta la orilla más cercana. Nuestro objetivo no estaba muy lejos, pero con una aleta lastimada y mis brazos pequeños, llegar ahí fue una verdadera proeza.

            Estábamos asustados, ansiosos y maravillados al mismo tiempo. Nadie en la aldea me hubiera creído si les contara todo lo que había en ese sitio. Las plantas eran enormes, las flores hacían parecer a Cora como una enanita y a mí… bueno… a mí me hacían ver mucho más pequeño de lo que soy, y eso que entre los míos siempre fui considerado “el más alto de los enanos”.

            Aquello era descomunal, no me cabía en los ojos y Cora estaba tan maravillada como yo. Hasta que pasamos del asombro al pánico, cuando uno de esos lagartos nos descubrió y se acercó a nosotros. Cora se alejó nadando y yo de un chapuzón me fui con ella. Fue tanto el miedo que olvidé por completo que no sabía nadar, hasta que el agua que se me metió por la nariz me recordó mi falta de pericia. Entonces ella, al percatarse de mi situación me ayudó llevándome hasta la otra orilla.

Estábamos exhaustos, pero no teníamos tiempo para descansar. Por lo que tomamos una decisión; no nos íbamos a separar.

El problema era que yo no sabía nadar y Cora no estaba en condiciones para cargar conmigo. Por lo que decidimos que fuera yo quien cargara con ella, pero en tierra firme.

Arranqué una hoja gigantesca de la vegetación que nos rodeaba y Cora se puso encima. Yo no sabía nadar, pero sí correr y empujar. Por lo que a manera de una carreta sin ruedas, empujé el improvisado vehículo y nos alejamos de ahí lo más rápido que pude, casi sin mirar hacia delante, y procurando no prestar demasiada atención a las gigantescas pisadas que nos seguían por detrás. Hasta que no sé cómo, pero llegamos a un desfiladero y nos desbarrancamos.

La buena noticia era que la caída no nos había matado. La mala era que la razón de nuestra milagrosa supervivencia, se debía a que habíamos descendido sobre uno de los nidos de esos gigantescos lagartos. Pero lo peor era que la madre nos había visto y no parecía muy contenta de que estuviéramos ahí.

No sé cómo, pero cargué a Cora como si fuera un saco de papas y salí corriendo. Me dolían los brazos, las piernas y espalda, pero sabía que me dolerían aún más si no nos alejábamos rápidamente de ese lugar. Parecía como si todos los lagartos estuvieran detrás de nosotros, porque sus pisadas hacían temblar la tierra bajo nuestros pies, hasta que una densa niebla nos rodeo y poco a poco esas descomunales pisadas me parecieron menos inminentes.

Sin poder ver hacia dónde me dirigía, llegamos hasta un claro en un paso entre dos montañas. Ahí la niebla se disipaba y por fin nos sentimos a salvo. Pero algo nos había seguido hasta ahí; un enorme lagarto de quijada amplia, ojos pequeños y afilados dientes, estaba atrás de nosotros. Yo ya no tenía fuerzas para seguir corriendo y sólo atine a mirar a los ojos asustados de Cora y pedirle perdón por haberle fallado. Ella me miró apenada y se arrastró hasta donde yo estaba para estrecharme entre sus delicados brazos.

Había llegado nuestra hora, no teníamos ninguna esperanza contra esa criatura, y no se veía nada amistosa. Los dos contuvimos la respiración hasta que la bestia atravesó el paso y ocurrió algo que honestamente no esperábamos. La criatura puso un pie fuera de la niebla y tan pronto colocó el otro para lanzarse a atacar, se convirtió en polvo. Así, nada más.

Cora y yo sólo alcanzamos a exhalar el poco aire que nos quedaba y… Creo que me desmayé porque no supe nada más de mí.

-V-

Cuando recobré el sentido, Cora era la que me estaba cuidando ahora. Más o menos, porque no desaprovechó el tiempo y me usó como modelo de peluca, o algo así, porque terminé con todo tipo de trenzas, tanto en la barba como en el pelo.

–Lástima que no tengamos un espejo para que vieras lo “bonito” que te ves de esa manera –dijo y se echó a reír.

No se supone que los enanos nos debamos ver “bonitos”. Somos una raza de guerreros valientes y feroces, por lo que me le quedé viendo muy seriamente hasta que no pude más y también me solté a reír con ella.

            Me seguía doliendo el cuerpo, pero no podíamos permanecer ahí. Teníamos que comer y no sabía por cuánto tiempo más Cora podría permanecer fuera del agua. Por lo que hice acopio de fortaleza y volví a cargarla sobre mis hombros.

            No sé por cuánto tiempo caminé, pero al final encontramos una preciosa laguna donde la bajé. Ella estaba feliz y su aleta estaba mucho mejor. Me agradeció otra vez por haber ido en su búsqueda y se sumergió en pos de un suculento pescado que nos comimos asado, como aquella primera vez.

            Satisfechos y descansados, sólo restaba saber dónde estábamos. No lucía como ningún lugar que conociéramos o que hubiéramos escuchado antes, ni en los relatos de mis ancestros. Por lo que decidí explorar. Le pedí a Cora que averiguara lo que pudiera en la laguna, mientras yo hacía lo propio en tierra.

–Nos vemos aquí mañana. Cuídate mucho –dijo y se despidió de mí.

            El bosque era como el de la aldea, pero un poco menos silvestre. Había un camino de piedra roja que delimitaba el sendero a seguir. Entonces escuché que alguien pedía ayuda; una vocecita chillona que provenía del interior de un viejo árbol seco.

–¡Válgame, en esta región los árboles hablan! –pensé en voz alta, pero la vocecita del interior me sacó del error, cuando se identificó como Rotni “el duende inventor”.

–Entré en este árbol en búsqueda de unas cuantas alimañas para comer, pero creo que comí demasiadas, porque ahora no puedo salir por el mismo hueco –dijo y me pidió que hiciera algo para sacarlo de ese aprieto.

Entonces ubiqué la ranura por la que aquel duende había ingresado, e introduje mis manos para desgarrar la corteza del tronco y hacer más ancha la hendidura.

–Muy bien, eso es suficiente. Tampoco deseo que destroces el árbol completo –dijo y se dispuso a salir del atolladero.

–Gracias por venir a ayudarme. En estos días son muy pocos los que abandonan sus actividades para ayudar a un desconocido. Como ya te había dicho, mi nombre es Rotni y soy un duende muy ingenioso. Invento todo tipo de artilugios y reparo cualquier cosa, si es que no la descompongo antes. De hecho, justo en este momento estaba apunto de probar lo último que he creado, pero preferí comer un poco antes, y bueno… ya sabes el resto. –dijo al momento de sacar una especie de mochila plateada del interior de un costal mucho más pequeño.

–¿Cómo le hiciste para sacar esa cosa de esa pequeña bolsa? –pregunté.

Él respondió que no era un costal común y corriente, sino uno mágico.

–Aquí es donde guardo mis inventos. De esta manera evito que me los roben. Ya sabes, hay mucha gente sin principios en estos días –contestó y me regaló la pequeña maletita plateada que había sacado.

–Ten esto es para ti. No te atrevas a despreciarme, porque soy capaz de echarte una maldición y no me gustaría nada maldecir al enano que me ha brindado su ayuda. ¿Qué dices? ¿Lo aceptas?

–Ya que lo pones de ese modo… lo acepto pero… ¿qué se supone que es esto que estoy aceptando? –pregunté.

–Es una mochila voladora. Te la pones en la espalda, amarras perfectamente sus tirantes y ya está. Basta con que des un pequeño brinco para despegarte del suelo y volar como las aves. Si quieres ir a la derecha, sólo tienes que jalar el tirante que está de ese lado. Si quieres ir a la izquierda, haces lo propio con el otro. Si quieres elevarte aún más, sólo tienes que subir tu barbilla, al hacerlo tu nuca activa un dispositivo que hace que asciendas aún más. Si quieres descender, sólo tienes que tirar de los dos tirantes al mismo tiempo y hacia abajo. A poco no es un regalazo –dijo y me puso el aparato.

–Te queda perfecto. Sólo te falta un detallito –agregó al tiempo que se inclinó para sacar de su pequeño costal un casco y unas gafas.

–El casco es para proteger tu cabeza de alguna contusión, y los lentes para que puedas ver por donde vuelas, y no se te vaya a meter algo en los ojos –dijo y me los puso en un santiamén.

Yo no sabía qué me hacía ver más ridículo; el casco, los lentes, aquella mochilita plateada o las múltiples trenzas de mi barba. Pero aún así pegué un salto y me elevé como el humo.

Todo iba bien hasta ese momento, podía ver como los árboles se hacían más pequeños y las nubes más cercanas, hasta que bajé la mirada y vi que Rotni estaba loco de contento; brincando y gritando: “¡Funciona! ¡Funciona! ¡En verdad mi aparato puede volar!”.

Eso hizo que me preocupara muchísimo y perdí el control. Mi vuelo dejó de ser tranquilo y pausado, y empecé a desplazarme como un meteorito.

Sin control sobre el vuelo me estrellé contra una estructura de cristal que detuvo mi marcha, pero de la peor forma. El casco protegió a mi cabeza del golpe, pero Rotni olvidó inventar un casco para el trasero, que fue lo primero que impactó contra el implacable suelo.

 -VI-

Estaba adolorido y un poco mareado cuando se presentó ante mí la criatura más bella que hubiera visto en mi vida. No era una enana, aunque sólo era un poco más alta que yo. Era un tipo de criatura que nunca había visto antes.

–¿Te encuentras bien? –preguntó y yo no supe si me gustaba más el sonido de su voz o su enigmática belleza.

–Que golpe tan fuerte te diste. No te muevas, voy a llamar a un médico para que te revise. Espero que no te hayas roto nada, porque estuviste a punto de atravesar el muro –dijo al tiempo que me quitó las gafas, el casco y empezó a acariciarme la cabeza.

Yo me quité aquel endemoniado aparato y de un salto me incorporé.

–Esa insignificante caída no es nada para un enano –dije para tratar de impresionarla.

Ella me miró extrañada y después se tapó la boca para ocultar su risa. Yo no sabía si le había hecho gracia lo que había dicho, o si se estaba riendo de mí y las trencitas.

–Bueno, ya veo que no tienes ningún hueso roto, pero aún así no te aconsejo que hagas ese tipo de movimientos tan bruscos. Tómatelo con calma. ¿Cómo te caería un poco de leche y pan para bajarte el susto? –preguntó y me tomó del brazo, para conducirme hasta el interior de la estructura de cristal contra la que me había impactado.

–Son bastante fuertes los muros para ser sólo cristal –comenté al entrar.

Ella sólo asintió con la cabeza y me sonrió.

El lugar era enorme y estaba lleno de cosas; jarrones, figurillas de cerámica, pinturas, piedras de muchos tamaños y colores…, en fin. Nos sentamos en una salita y le pregunté si ahí vivía.

–No… y sí. Deja te explico. Esta no es mi casa, la mía es mucho más pequeña, pero es aquí donde paso la mayor parte del tiempo. Esto es un museo y yo soy la encargada. Por cierto, me llamo Anya ¿y tú? –preguntó con una dulce mirada.

–Mi nombre es Ocnar y soy un enano. Mi aldea está muy lejos de aquí, pasando la densa neblina, la región de los lagartos gigantes y un río subterráneo –dije y ella se me quedó viendo extrañada.

Luego se puso de pie y sacó un enorme mapa que tenía doblado entre unos libros.

–Perdón, ¿dónde dices que está exactamente tu aldea? –preguntó y extendió su mapa.

Yo me fijé bien y después de un rato le hice saber que no aparecía en su pergamino.

–Ni siquiera está el cañón de los lagartos gigantes, mucho menos aparece la cordillera helada de los colosos de hielo –dije, pero ella sólo se me quedó viendo como si le estuviera diciendo puras incoherencias.

–Este mapa abarca todo el planeta, por lo que si no aparece aquí, significa que el lugar del que vienes, y todo eso de lo que hablas no existen –dijo con un gesto muy serio.

Debo aceptar que su comentario me enfadó un poco.

–Yo no miento, los enanos no mentimos y yo no soy la excepción –dije muy indignado.

Le conté la historia de mi pueblo: desde las piedras de fuego, pasando por el ascenso al trono del rey O´Khan y la reina Kim, hasta el día en que conocí a mi amiga Cora.

–¿Una sirena? Intentas burlarte de mí o es que ese golpe te ha hecho perder la razón –me interrumpió exaltada.

–No porque no conozcas algo o no esté en tu museo, eso deja de existir. Yo nunca había visto a las sirenas y arriesgué mi vida por una. Tampoco sabía de los lagartos gigantes y creo que ellos desconocían de mí, pero eso no impidió que varios intentaran probar el sabor de mi carne –dije enfadado.

–¿Quieres una prueba de lo que digo? Pues bien… te la daré –dije y le mostré mi piedra de fuego.

Ella la vio y se quedó sorprendida.

–Es… es como un sistema solar… pero atrapado en una esfera –balbuceó fascinada.

–Cuéntame más…, por favor –agregó y yo encantado complací su curiosidad.

-VII-

No sé bien cómo le hizo, pero en unas cuantas horas Anya ya había asimilado todo el conocimiento que a mí me había tomado años acumular y comprender. Sus ojos estaban humedecidos y su sonrisa estaba tan amplia que apenas le cabía en su pequeña cabeza. Luego y sin decir nada me regaló un beso que siempre llevaré conmigo. En ese momento supe que quería permanecer con ella por el resto de mi vida y eso que los enanos vivimos mucho tiempo.

            Después de aquel mágico momento y apunto de amanecer, la tomé de la mano y salimos de ese lugar. Me volví a poner la mochila voladora y le pedí a Anya que se colocara el casco, los lentes y se aferrara con fuerza a mí, para que pudiera volar conmigo.

–¡Vamos! Te voy a presentar a Cora. Ya casi amanece y ella ha de estar esperándome en la orilla del lago –dije y de un salto despegamos los dos del suelo.

            Sobrevolamos palacios, torres y monumentos antiguos, así como cerros, arboledas, ríos y puentes de piedra. Yo aparentaba ser todo un experto y aquel percance anterior, no parecía más que un pretexto del destino para poder presentarme a Anya, mi compañera de vuelo.

Ese sería el principio de otro tipo de aventura. Ella podría no ser una enana o sirena, pero nadie es perfecto. Pero para mí, ver esos enormes ojos llenos de curiosidad y asombro era suficiente para no querer dejar de verlos nunca.

-VIII-

Lo que pasó después ya lo saben. Me quedé con ella y formamos una familia. Bien pude habérmela llevado de regreso a mi aldea. Ahora con la mochila voladora no creo que el cañón de los lagartos pudiera haber sido un problema, salvo que ellos también hubieran aprendido a volar. Pero preferí quedarme en su mundo, con vehículos ruidosos y altos edificios. Opté por permanecer a su lado y enseñarle a ver de frente su propia realidad, pero con otros ojos. Demostrarle que aún en su cotidianidad más simple y mundana existe lo fantástico y maravilloso. La vida está llena de magia, incógnitas y entidades fascinantes de múltiples formas, colores y costumbres.

Conforme fueron pasando los años construimos nuestro propio museo, con toda cantidad de objetos comunes para mí, pero enigmáticos para todos los demás. Tuvimos tres hijos; dos hermosas damitas y un varón. Ellos a su vez, tuvieron los suyos y eso es lo que son ustedes.

–¿Qué pasó con Cora? –pregunta Zil, la más pequeña de mis cinco nietas.

Pero antes de que pueda responderle, Iki (la mayor de ellas) les dice:

–No sé cómo le puedes creer esos cuentos tontos al abuelo. ¡Los gigantes, elfos, duendes o sirenas no existen, mas que en su cabeza!

 –¿Es verdad abuelo? –pregunta Nok, mi único nieto.

–No, no lo es. Los enanos no mentimos nunca y yo soy…

–Tú  no eres un enano –interrumpe otra vez Iki.

–Sí, eres el más bajito de mis abuelos, pero eso es por tu edad y ascendencia genética, pero no por tu supuesto origen “mitológico” –agrega y se cruza de brazos enfadada.

–Vengan conmigo, les quiero enseñar algo –les digo a todos.

Ellos acceden y me siguen hasta el jardín.

Podría convencerlos como lo hice con su abuela. Pero mi piedra de fuego la tiene ella desde que nos casamos, tal como lo indica la tradición enana, y Anya no se encuentra en casa. Por lo que tomo de la mano a la mayor y les pido a los demás que hagan lo propio, de tal manera que formamos una cadenita de manos entrelazadas.

–Vamos a entrar al bosque y no quiero que se pierdan. No sé que me harían sus madres y abuela si les llegara a pasar algo –les digo muy serio y los siete nos internamos entre los árboles.

            A la orilla de un hermoso ojo de agua, le aprieto sólo un poco la mano a Iki y grito:

–¡Cora! ¿Dónde estás bribona? ¿Qué no ves que tienes visitas?

La mano de mi nieta suda. Está nerviosa, pero no dice nada. Es muy orgullosa para demostrar algún tipo de debilidad. Sin duda alguna, la sangre guerrera de los enanos corre por sus venas aunque no lo quiera aceptar.

Pasa un minuto y luego dos.

–Ya ven, el abuelo dice puras mentiras –les dice a sus primas pequeñas y hermano.

Ellos agachan la mirada decepcionados, e Iki levanta su barbilla llena de orgullo y se dispone a emprender el camino de regreso a casa, cuando se detiene al escuchar un chapoteo en la orilla. Entonces regresa sobre sus pasos y muy tímidamente voltea la cara.

Seis pares de ojos no dan crédito de lo que ven. Las cuatro pequeñas y el niño se sonríen entre sí, mientras que la mayor no sabe qué decir y sólo balbucea algo que no logro entender del todo. Cora se ha hecho presente, tan hermosa y juguetona como siempre; como aquella madrugada en la laguna de los susurros.

Iki se le acerca muy despacito, como si no pudiera creer en lo que ven sus ojos.

–No temas, lo único que te puede pasar es que te quiera hacer unas cuantas trenzas –le digo e invito a acercarse un poco más.

            Cora permanece quieta, casi como si no notara nuestra presencia, hasta que Iki ya está muy cerca… entonces la pícara sirena le grita: “¡Bú!”.

Mi nieta corre a esconderse atrás de mí, mientras los demás se ríen y Cora les secunda descaradamente.

–No has cambiado nada, amiga mía. Sigues disfrutando asustar a los que son más pequeños que tú. Déjate de cosas que te quiero presentar a mis nietas y nieto –digo y ella se sonríe un poco apenada por su comportamiento.

-IX-

De regreso, las pequeñas risas me acompañan sin descanso. Están tan complacidos que no quieren esperar a llegar a casa para que les cuente otra historia, incluso Iki insiste más que las pequeñas y Nok.

–Paciencia, criaturitas juguetonas y pequeña escéptica. Aún tengo historias que contarles. Por cierto ¿Ya les hablé del rey de los enanos? ¿O de la cazadora elfa? ¿O sobre el espejo mágico? ¿O el desolla…? No… mejor me espero a que crezcan un poco más antes de contarles esa historia –les digo a punto de entrar a la casa y sus ojitos me ven llenos de emoción y curiosidad.

El fuego del dragón

El espejo

-I-

A mi alcance tengo el poder más grande que cualquier mortal pudiera querer. Pero no lo quiero, al menos ya no. Quizás por el simple hecho de que ya no soy un mortal.

Mi nombre es irrelevante, pues no hay nadie a mi lado que pueda pronunciarlo de nuevo. Hace siglos (quizás milenios) yo era el mago más poderoso que caminara sobre estas tierras. Era el hijo preferido de Draco; el dragón más viejo y sabio de la región. Él no era realmente mi padre, pero fue la única figura paterna que tuve en la vida. Las nodrizas que estuvieron a cargo de mi crianza solían decir que él me había encontrado abandonado entre unos cascarones rotos, en una madriguera de dragones. Ahí había ocurrido una masacre. Un grupo de cazadores habían encontrado el nido y destruido uno a uno todos los huevos ahí presentes. Hasta que mi maestro los descubrió y los perpetradores fueron consumidos por su aliento de fuego.

            Ningún cazador salió con vida, pero tampoco se pudo rescatar ningún huevo. Mi mentor había llegado demasiado tarde. Pero entre los cascarones me encontró a mí. Sin una sola quemadura o rasguño. Tal vez intrigado por mi presencia en ese lugar o resistencia a su implacable aliento, Draco prefirió cuidar de mí en vez de acabar conmigo. Permitiéndome de esa manera, y al paso de los años, el que me convirtiera en su aprendiz.

            Él me enseñó todo lo que sé de magia, lo demás se lo dejó a su harén de servidoras; mis madres. Ellas me enseñaron a caminar y desenvolverme entre los mortales, en tanto que él me instruyó a invocar las fuerzas de la naturaleza y hablarles de tú a los dioses.

Conforme fueron pasando los años, dejé de ser el protegido de mi maestro, para convertirme en su protector. Aunque ante mis ojos él siempre sería el más poderoso de los dos.

Cuando era niño nadie se atrevía a meterse conmigo por temor a la ira de mi padre. Una vez crecido, le tenían más miedo a mis habilidades mágicas que al fuego del dragón.

-II-

El agua, el aire, la tierra y el fuego se volvieron mis aliados naturales. Era capaz de invocar a la lluvia, el viento, los terremotos e incendios con sólo desearlo, canalizando mi energía a través de algún objeto sagrado. Asimismo, podía combinarlos y crear huracanes, tormentas, lluvia de estrellas, o atraer meteoritos sobre las cabezas de los enemigos de mi padre. Ningún cazador de dragones volvió a internarse en los dominios de mi Señor. Ni siquiera la corona se atrevía a mandar a sus tropas. Así como tampoco era necesaria la marca del desollador para alejar a los asesinos y delincuentes de nuestras tierras.

            Muy pronto el palacio de mi padre se convirtió en el bastión de sabiduría y poder más importante de este mundo. De todas partes del orbe, los magos, brujos y hechiceras más poderosas se hacían presentes. Desde curanderos troles hasta nigromantes elfos, pasando por hadas, gnomos y duendes. Todos ellos con un poder inigualable. Sin embargo, sus habilidades mágicas estaban sujetas a algún objeto; piedras, báculos, capuchas, anillos, pulseras, dijes, escudos, etcétera. De tal suerte que sin estos elementos eran incapaces de canalizar sus habilidades. Por desgracia esta debilidad era algo que compartía con todos ellos.

            Yo quería conocer el verdadero poder, sin necesidad de piedras mágicas. Quería sentir la fuerza del cosmos en mis manos. Pero ese conocimiento no lo habría de encontrar en ese lugar. Por lo que decidí partir en búsqueda de mi destino, aunque esto implicara no regresar nunca más a las plácidas tierras del dragón.

-III-

Por años recorrí el mundo mortal y etéreo, pero no encontré nada que no hubiera visto en el palacio de mi padre. Eran comunes las historias acerca de objetos mágicos, pero nadie sabía nada de la magia en sí misma. Era como si tener ese tipo de conocimiento resultara vedado para todos los mortales.

            Estaba a punto de darme por vencido cuando escuché a un par de borrachos hablar de “la entidad más poderosa del mundo”. Tomando en cuenta su estado etílico no le presté mucha importancia a sus afirmaciones, pero lo que alcancé a escuchar era demasiado sorprendente para dejarlo pasar. Aquellos hombres hablaban de un ente que era capaz de desprender las montañas de sus cimientos con sólo desearlo. Podía hacer que lloviera fuego del cielo y congelar en el tiempo la llama más poderosa e infatigable. Decían que el poder del universo reposaba en sí mismo y fluía con libertad a través de su esencia.

            No soporté la curiosidad por más tiempo y les pregunté dónde es que podía encontrarme con ese ser. Ellos no sabían qué decir, quedaron mudos, se miraron entre sí un poco desconcertados, y echaron a reír. Me sentí como un tonto por haber creído en su absurda historia y me alejé de ellos. Pero no había dado ni cinco pasos cuando un anciano me tomó del brazo y dijo:

–Si realmente quieres encontrarte con el ente más poderoso del mundo, deberás dirigirte al “Valle de las sombras”. En su cordillera nevada habrás de localizar la “Montaña negra”, la reconocerás porque es la única que no alberga nieve en sus laderas. En su cúspide encontrarás un cráter por el que tendrás que ingresar al corazón de la montaña. Ahí adentro, aquello que buscas te estará esperando. Pero te advierto que el camino no habrá de ser sencillo, y en el interior del cráter te toparás con las más sanguinarias criaturas que puedas imaginarte.

–¿Cómo es que sabes todo eso? –le pregunté.

–No lo sé. Sólo te dije lo que he oído y advertido lo mismo que me han aconsejado aquellos que me lo dijeron, nada más. Nunca he estado ahí y espero nunca tener que visitar ese sitio. Yo sólo respondí tu pregunta y ahora me tomo la libertad de pedirte, sin conocerte siquiera, que no vayas. Hay fuerzas que más nos valdría no conocer nunca –dijo y se fue agachando la cabeza.

Me limité a prestar atención en la ruta que tendría que seguir, y no hice caso a ninguna de sus advertencias. Si el ente más poderoso del mundo vivía en ese cráter, yo habría de dar con él, aunque se me fuera la vida en el proceso. Y así fue.

-IV-

Cuando eres capaz de manipular la tierra que soporta tus pisadas, nada queda demasiado lejos. No me demoré ni un ciclo lunar en llegar a la Montaña negra. El Valle de las sombras era un territorio desolador, rodeado de árboles muertos y lagunas secas, pero era un paraíso en comparación con lo que tenía delante de mí.

Estar parado frente a esa montaña era como observarle los ojos a la propia muerte, y tener que aguantar su mirada. Los vapores que emanaba su cráter eran densos e intimidantes, pero no podía renunciar en ese momento. Tenía que entrar. Apreté con fuerza mi báculo y me perdí en la oscuridad de sus fauces humeantes.

            Invoqué una bola de fuego para iluminar mi camino, pero no fue suficiente. Me concentré aún más y formé una bola más grande, pero sólo parecía una pequeña chispa en una noche oscura y nebulosa. De mi morral saqué una piedra de luz y en conjunción con mi báculo, pude crear una gigantesca esfera de energía que me alumbró lo suficiente para seguir adelante.

            El terreno era escabroso y casi intransitable, pero no podía volver. No quería renunciar en ese momento. Después de bajar, por no sé cuánto tiempo, llegué a los pies de una escalinata iluminada por centenares de antorchas y calderos encendidos. Dispersé la esfera y seguí mi camino. Entonces noté que las hogueras se prendían adelantándose a mis pasos, y apagaban cuando las había dejado atrás. Como si mi presencia las estimulara de alguna manera.

            Después de subir por las escaleras me topé con un largo pasillo. Era como estar en un puente rodeado de un río de oscuridad pura. Conforme avanzaba me pareció que aquel corredor emergía cuando me acercaba a su borde y se volvía a hundir cuando me alejaba de ahí. A los lados había unos gigantescos arcos de piedra que en contraste con la oscuridad reinante, parecían estar soportando el peso de la bóveda celeste. Sentía como si todo eso respondiera a mi presencia, como si me hubiese reconocido y me estuviera dando la bienvenida.

            Pero no todo era favorable, porque desde la acuosa oscuridad que me rodeaba, empezaron a emerger todo tipo de criaturas monstruosas que se arrastraban, o plantaban imponentes ante mí. Eran bestias sin una forma definida que parecían mutar cada vez que las miraba. Por momentos eran como la arcilla fresca, pero si desviaba la vista, cuando volvía a ellas eran de vísceras y sangre. Todas gemían y gruñían a mi alrededor. Eran demasiadas y mi magia no parecía afectarlas en nada. Con cada bola de fuego, destello de energía o ventarrón que invocaba, las criaturas se multiplicaban hasta que me rodearon y me sumergieron en su propia oscuridad.

No podía ver, sentir, oír, u oler nada. Sólo percibía la oscuridad más profunda y eterna que alguna vez hubiera experimentado. De repente… Nada. Así como habían surgido, de un momento a otro ya no había ni una sola de esas bestias a mi alrededor. Estaba completamente solo en aquel pasillo infinito.

            Entonces seguí caminando hasta que ya no pude más y me derrumbé de cansancio.

-V-

Cuando desperté ya no estaba en el mismo sitio. Era como si algo me hubiera trasladado a otro lugar, pero dentro de la misma grieta. O quizás la fatiga me había impedido ver el final de aquel corredor y el umbral de mi tan esperado destino; unas escaleras que subían hasta una plataforma que brillaba más fuerte que el mismo sol.

            Rápidamente me puse de pie y subí las escaleras hasta llegar a aquel lugar elevado. Yo no podía ver nada más que la cegadora luz. De repente la luminosidad cedió, y ante mí pude ver por primera vez todo aquel escenario. El pasillo no era ese camino recto que había supuesto, sino un intrincado espiral gigantesco que rodeaba todo el lugar. El río de oscuridad que me cercaba, yacía plácido como aceite y las criaturas que lo habitaban sólo asomaban un poco la cabeza y se volvían a perder en las sombrías aguas.

            En la plataforma no había nada más que un espejo viejo colgado de ninguna parte, levitando en el vacío. Me sentí defraudado. Había buscado e invertido tanto tiempo para nada. Pensé que quizás aquel ente nunca había estado en ese lugar. Creí que ni siquiera existía.

Pero me equivoqué. Porque ahí estaba y no era otro más que yo. De mis propias manos brotaba la luz que iluminaba toda la caverna, y no tenía nada más que pensarlo para cambiar cualquier aspecto en su interior.

            Con sólo proponérmelo pude hacer que de la fría piedra brotaran un sin número de luceros, sin tener que sujetar mi báculo o alguna de mis gemas. Aquellas criaturas deformes se convirtieron en luciérnagas que revoloteaban por entre los arcos de piedra. En fin, podía hacer lo que quisiera. Pensé que había obtenido mi objetivo, que era poseedor de la magia más pura; aquella que podía transmitir sin necesidad de algún tipo de artilugio u objeto.

Pero una vez más, estaba equivocado. Porque cuando abandoné aquella plataforma todo volvió a ser como antes. El poder no provenía de mí, sino del espejo.

            Lleno de rabia e impotencia recogí mi báculo y me acerqué al espejo con la firme idea de hacerlo pedazos, pero tan pronto estuve lo suficientemente cerca para ver mi rostro reflejado en su superficie, eso fue precisamente lo único que no vi. Según el espejo yo no estaba ahí. Todo se proyectaba vívidamente, salvo mi imagen. Mas no era un problema con el espejo, pues tampoco pude encontrar mi rostro reflejado en ninguna de las brillantes piedras mágicas que cargaba conmigo.

            Traté de abandonar ese lugar, pero cada vez que intentaba bajar las escaleras, sentía cómo la energía se escapaba de mi cuerpo. En la plataforma podía hacer que el río oscuro se volviera sangre vaporosa o fuego líquido, pero lejos del espejo no era capaz ni de dar un paso.

-VI-

Ya no soy el mago más poderoso que anduviera por estas tierras, aunque sería capaz de apagar el sol de un soplido, si me lo propusiera. Mi nombre no importa, no hay nadie alrededor que pueda repetirlo. No soy ni una sombra de lo que fui o siquiera un reflejo. Ya no soy un mortal… sólo soy un espejo que cuelga en el vacío.

El fuego del dragón

El desollador

-I-

Nadie sabe su nombre o se ha atrevido a preguntarlo siquiera, pero se le conoce como “el desollador”. Para muchos no es más que una leyenda que alguna vez han oído, pero ninguno se ha atrevido a desestimar el riesgo que su mera mención implica.

Se sabe que son muy pocos los que han admitido haberlo visto alguna vez, pero se tiene la creencia de que son muchos más los que lo han observado y preferido guardar silencio. Aquellos que afirman su existencia lo describen como un ser intimidante, rodeado de un aura de oscuridad y muerte.

Unos dicen que es un gigante vestido con la piel aún sangrante de varios animales, incluyendo la del ser humano. Otros cuentan que porta una pesada armadura hecha de huesos y carne en descomposición. Hay quienes aseguran que es un ser creado con desechos de cadáveres, o quizás sea la propia muerte vestida de terror y desamparo.

Dicen que no va armado, salvo por sus filosos dientes, poderosas garras y descomunal fuerza. Otros aseguran que carga consigo una poderosa y pestilente hacha, elaborada con los propios restos de sus víctimas. Pero también hay quienes cuentan que no le hacen falta armas, dientes, garras o herramientas porque su arte es despellejar desde adentro; penetra en tu corazón y se alimenta de tu propia maldad, rencor, odio y miedo.

Por cierto, nadie recuerda haberle visto alguna vez la mirada. Se sabe que hay quienes lo han hecho, pero lo niegan y si se les insiste en el tema se van por ahí como pequeños animales asustados por un depredador.

Hay quienes dicen que sus pisadas son las más profundas que se pueden encontrar, pero aún nadie ha dado con una sola de sus huellas. También hay los que aseguran que el suelo se estremece con cada uno de sus pasos, y hasta los árboles se hacen a un lado para no obstruir su recorrido. Hay quienes dicen que no camina como nosotros, que sus pies nunca tocan la tierra y aunque ande por los mismos senderos que uno pueda estar transitando, no se le puede ver sino hasta que ya es demasiado tarde. Por el contrario, otros aseguran que su hedor de pantano lo delata, pero resulta tan intimidante su presencia que es imposible huir de él, simplemente las piernas se acobardan a más no poder y no responden.

-II-

Desde pequeños todos hemos sabido de él. Nuestras madres nos lo presentan a través de relatos y anécdotas que la gente cuenta. Nos dicen que debemos ser buenos y obedecerles en todo, o él vendrá por nosotros y ellas no podrán hacer nada al respecto.

Es mucho más que un cuento, es una presencia real que nos ronda. Se sabe que un muchacho en alguno de los pueblos vecinos, cada semana se metía a robar a la casa de una curandera; una mujer fuerte aunque entrada en años. Al principio le robaba una o dos manzanas, pero conforme pasaron los meses, empezó a llevarse objetos cada vez más valiosos, hasta el día en que la dueña de la casa lo descubrió en el acto.

Como el pueblo era muy pequeño y todos se conocían, aquella mujer logró identificarlo de inmediato, y al no poder atraparlo en ese momento, lo denunció ante sus padres. Ellos hablaron con él, pero el muchacho negó todas las acusaciones (a pesar de que se le encontró en posesión de objetos que la mujer ni siquiera había notado que le faltaban, pero que indudablemente eran de ella). Los padres reprendieron a su hijo y él se vio obligado a devolver todo lo que había sustraído, con excepción de algunas cosas que ya había vendido en alguno de los mercados de la localidad.

Se dice que la curandera pensó que todo había quedado ahí y no informó a las autoridades. No le vio ningún sentido involucrar a nadie más, pero ya alguien se había entrometido.

Cuentan que esa misma noche aquel joven se escapó de su casa y se dirigió a la vivienda de la curandera, para vengarse de ella. Se dice que a hurtadillas entró por una de las ventanas, armado con un filoso cuchillo que le había robado a su padre (que era peletero), pero al entrar a la habitación donde dormía la vieja, en vez de encontrarse con ella se topó con algo más; con el desollador.

Nunca más se volvió a saber del muchacho y aunque se ha vuelto parte de las historias que se cuentan por todos lados, nadie sabe qué pasó realmente.

Hay voces escépticas que dicen que el muchacho simplemente se escapó y ha de andar en algún otro pueblo o reino lejano. Hay otros que creen que la curandera, harta de tantos robos y en defensa propia, lo asesino tan pronto lo descubrió en su casa, y los restos se los dio a comer a sus animales. Pero los que aseguran eso o lo otro son los menos, porque la mayoría piensa que el desollador hizo honor a su nombre, y enriqueció su colección de pieles y huesos con los restos del muchacho. Hay quienes afirman que lo desolló con sus propias manos y luego devoró sus restos. Pero no hay manera de asegurar nada de esto, pues no hubo testigos o ellos no han querido hablar al respecto.

-III-

El desollador es un ser al que hay que temer, pero también es la verdadera ley entre los pueblos, muy por encima de la corona. Es un símbolo de paz y tranquilidad para aquellos que quieren vivir de igual forma, pero también es un heraldo del miedo y la intimidación para aquellos que les gusta abusar de los otros y pretenden salir impunes de sus fechorías.

Es un fiel aliado de las madres a la hora de la crianza y educación de sus hijos. Pero también es el terror en los corazones de los que mienten y traicionan. Además de un salvador y verdugo que carga con la vida y la muerte a cuestas.

En cada pueblo hay un portal de piedra donde el desollador ha dejado su firma; una huella de sangre que nunca se seca. Se dice que cada noche él se queda a dormir en un pueblo distinto, por eso en cada uno se le ha acondicionado una vivienda para que él descanse. Ahí se le ofrece cama, comida y vino para mitigar su cansancio, hambre y sed.

Se sabe que no existe ladrón o asesino que se atreva a actuar en cualquiera de los pueblos donde el desollador hubiese dejado su huella. Como la sangre de su marca nunca se seca, los ladrones y asesinos no saben si la acaba de dejar, y en ese momento está durmiendo en ese lugar, o hace años que no pasa por ahí. Por lo que mejor no se arriesgan y siguen su camino.

El fuego del dragón

La cazadora

-I-

Mi nombre es Adne y soy… más bien, era una “agente de la muerte” de la corona de la reina Helena. Soy una elfa nacida en los bosques más hermosos y verdes de todo el reino, pero fui traída a las tierras monárquicas de los humanos desde que aún era muy joven e ingenua. En el bosque la vida era apacible, sin bullicio, ni traiciones. No sabíamos nada de intrigas o engaños.

Crecí entre los árboles en una comunidad donde la reina de las elfas (Aria) era reconocida como la madre de todos, como una representación elfica de la madre naturaleza. Por lo mismo todos los elfos nos veíamos como hermanos y cuidábamos de nosotros como una sola familia.

La razón por la que abandoné el bosque y mi familia estaba más allá de mis deseos o voluntad. Los elfos y humanos siempre habíamos tenido nuestras diferencias y conflictos, hasta el día en que se firmó un “acuerdo de paz y colaboración entre ambos pueblos”, o al menos así lo llamaron ellos. Los elfos conservaríamos nuestro bosque y reino, a cambio de reconocer a la corona humana como un reino superior al nuestro, y de cuando en cuando algunos de nosotros nos uniéramos a sus fuerzas para engrosar su armada.

Para la mayoría de los elfos, incluyendo a la reina Aria y el consejo de ancianos, más que un acuerdo de paz y colaboración, eso era una exigencia de subordinación ante los humanos. Sin embargo sabían que de no cumplir con el tributo de elfos o desconocer la autoridad del reino de los hombres, nuestro bosque estaría en peligro. Pues los humanos no dudarían en acabar con todo hasta que no quedara un solo árbol en pie y por lo mismo, ni un solo elfo vivo.

El acuerdo era humillante y por eso muchos desertaron y se exiliaron en las montañas o bajo tierra, pero la mayoría pensó que era preferible la subordinación antes que condenar a muerte a nuestra raza, cultura y mundo.

-II-

Los elfos varones por lo general son reclutados inmediatamente en la infantería, por su habilidad innata en el manejo de muchos tipos de armas, sobre todo en el uso del arco y la flecha (ya sea juntos o cada uno empleado como un arma en sí misma).

Hay un dicho entre mi gente que reza así: “un elfo sin flechas no es menos peligroso que uno con el carcaj lleno”. Esto es parte de nuestra cultura y desde muy pequeños se nos enseña a tirar con el arco a la par que a caminar. Es una herramienta que está íntimamente ligada a lo que somos, es como una extensión más de nuestro cuerpo. Pero los humanos piensan que sólo los elfos varones son capaces de emplear al máximo la potencialidad de este tipo de armas. Por lo que a las elfas nos toca el trabajo de guardabosques y guías del reino, sobretodo cuando los nobles se aventuran más allá de sus pastizales, fortalezas y murallas. No se fían de nosotras para la guerra.

-III-

Conforme fueron pasando los años, me fui ganando su confianza y terminé como la guía oficial de la familia real. Cada vez que alguno de sus miembros decidía salir del palacio y jardines, para cazar algún siervo por gusto o deporte, me llamaban para guiarlo y enseñarle los mejores lugares para realizar su actividad sin ningún problema. Así fue hasta que un día el príncipe heredero, para tratar de impresionar a su prometida, decidió salir sin mi compañía y se internó con su amada en el bosque en pos de un jabalí.

Yo siempre he sabido hacer mi trabajo, por lo que si mi deber es acompañar a la familia real eso es lo que hago, y si la contraorden es no hacerlo, de todas maneras lo hago pero sin que se den cuenta de que estoy ahí, sólo por si acaso. Siempre preferí una sanción por estar donde se me necesitaba, cuando se suponía que no debería estar ahí, que un castigo por no realizar el trabajo que se me ha encomendado desde un inicio.

Por lo que lo seguí sin que él lo notara. Paso a paso nos fuimos internando cada vez más al bosque, hasta llegar a lugares donde no recordaba haber estado antes. El príncipe se sabía perdido, pero era incapaz de admitirlo delante de su prometida, por lo que se internó aún más. Hasta que por fin localizó a su presa; un enorme jabalí negro.

El príncipe dejó a un lado su arco y sacó de su morral una potente ballesta. Un arma cuyo disparo es capaz de perforar hasta la más blindada de las armaduras, pero tan poco práctica aún para los más experimentados, que en la misma cantidad de tiempo que le toma a ésta expeler una flecha, un arquero novato puede disparar dos, y un maestro hasta siete.

El joven heredero preparó torpemente su arma y apuntó a su presa, esperando el momento preciso para accionar su peligroso juguete, pero para entonces el gigantesco jabalí ya lo había visto y se prestó a embestirlo salvajemente.

El príncipe disparó el arma, pero la flecha no terminó en el cuerpo de la bestia, sino en el tronco de un árbol seco. Entonces, cuando el jabalí estaba a sólo unos centímetros de alcanzar su objetivo, cayó fulminado por una flecha salida de mi arco, atravesándole el cráneo de lado a lado. La prometida del príncipe yacía tirada en el suelo como una hoja seca, desmayada por el susto. El príncipe estaba temblando de miedo, pero agradecido.

–Si alguien me preguntara yo respondería que su majestad fue quien cazó a la bestia –le dije.

Él asintió con la cabeza y dijo que eso que había hecho por él no habría de olvidarlo nunca.

Una vez en palacio, el príncipe me mandó a llamar. Entonces me dijo que había hablado de mis habilidades con su madre la reina y que era el deseo de ambos hacerme su guardaespaldas personal.

–Necesito de alguien que esté conmigo sin que nadie, ni yo mismo, lo note. Y haga acto de presencia únicamente cuando lo necesite y no antes, ni después –dijo y como era de suponer no aceptaría un “no” como respuesta. Después de todo, eso no era una consulta sino el aviso de mi nueva asignación.

-IV-

Desde esa tarde fui su guardaespaldas, pero dejé de serlo al día siguiente de su coronación. Hasta entonces todos aquellos que pudieran poner en peligro su vida, terminaban de la misma manera que aquel enorme jabalí; fulminados por una flecha que les atravesaba sus cráneos de lado a lado. No eran pocos sus enemigos, pero nunca tuve que preocuparme por cuántas flechas cargaba conmigo.

Todos decían que el príncipe contaba con la protección de un ángel arquero, y desde entonces él me empezó a llamar “Ángela”.

Al día siguiente de su coronación, aquella que era su prometida y ahora sigue siendo la reina Helena, iba a salir con un grupo de nobles de la corte a recorrer los alrededores de sus dominios, para conocer las “necesidades” de sus habitantes y demostrar a sus súbditos el “interés” que la corona tenía por ellos.

Era un evento meramente alegórico, donde la familia real hacía como que estaba al tanto de lo que ocurría en su reino, los duques, varones y demás nobles escondían lo más feo de sus tierras para resaltar lo “mucho” que todos sus habitantes habían prosperado, y éstos hacían como si lo dicho por los otros fuera “absolutamente cierto”. El rey lo sabía, pero también reconocía el protocolo real, por lo que le pidió a su reina que realizara el recorrido por él, mientras él atendía otros asuntos más importantes en palacio.

–Ángela, te pido que protejas a la reina como lo haz hecho conmigo, sé que corren tiempos difíciles. Toda sucesión real lo es. Tú has sido mi fiel protectora en todos estos años, y en verdad agradezco que los elfos no envejezcan con la misma velocidad que los humanos, porque así sé que podré encomendarte a mi descendencia y ellos a las suyas, con toda seguridad de que su ángel arquero estará ahí aunque no lo vean. Ya lo has hecho por mí, ahora te encargo el cuidado de Helena –dijo en voz baja, confiado de que yo estaba ahí, aunque no supiera dónde y pensando que nadie más lo había escuchado.

Yo tomé mi nueva encomienda y por primera vez en muchos años me separé de aquel muchacho que conocí tan insolente, ensimismado y arrogante, pero que día a día se fue transformando en rey; como una oruga que se convierte en mariposa, sólo que antes de que aprendiera a usar sus alas, tan pronto salió del capullo un camaleón estiró su lengua y lo devoró.

Cuando regresamos de aquel recorrido todos nos topamos con la noticia de que habían asesinado al rey. Decían que él se encontraba solo en la sala de armas revisando unos mapas, cuando uno de sus guardias escuchó un quejido. Al entrar al salón se topó con el cuerpo sin vida del monarca, tirado en el piso con una pequeña daga clavada en su corazón. El arma estaba envenenada, por lo que el rey murió al instante. Nadie vio, ni escuchó nada, por lo que el asesino podría ser cualquiera, hasta su guardia personal. Todo era posible.

-V-

La reina estaba deshecha, sola y llena de preguntas sin respuesta que la atormentaban por las noches y seguían con ella en la mañana. Entonces fue que me hice presente. Tan pronto me vio me propinó una bofetada que me dejó sangrante la nariz, pero no le respondí como en otras circunstancias lo hubiera hecho.

–Tú eras el ángel arquero del rey, ¿no es así? ¿Dónde estabas cuando todo esto ocurrió? Mi marido me hablaba todo el tiempo de lo seguro que estaba bajo tu protección, pero le fallaste y traicionaste su confianza –dijo, pero antes de poderle responder me soltó otra bofetada, que aun pudiendo esquivar, decidí recibir de pie y sin dar un sólo paso atrás.

Le expliqué que el rey me había ordenado protegerla en su lugar, seguro de que en palacio estaría a salvo de cualquier amenaza, pero no tanto de la seguridad reinante a las afueras de la casa real y del bienestar de la reina.

Ella me miró, trató de articular alguna palabra pero no pudo, sólo se me quedó viendo, llena de lágrimas y dolor, luego me abrazó y con la voz entrecortada me pidió perdón, algo que seguramente nunca había hecho antes en su vida, por lo que me sentí de alguna manera halagada, aunque no pude evitar sentir pena por ella.

Al final de la ceremonia fúnebre, la reina se quedó sola en la cámara mortuoria real, enfrente del ataúd de su rey. Entonces me encomendó mi última misión como guardaespaldas, y la primera encomienda como agente de la muerte de la corona.

Al igual que el rey, ella sabía que estaba cerca aunque no supiera dónde me localizaba. Por lo que se acercó al ataúd de su marido y susurró:

–Encuentra a todos aquellos que hayan tenido que ver con su muerte y devuélveles el regalo que le dieron al rey.

Su voz era fría, estaba más llena de ira y venganza que sedienta de justicia.

–No me importa si está involucrado algún noble, cortesano o clérigo, mátalos a todos y no sólo a la mano ejecutora. Los quiero muertos con tu firma; tú sabes… una flecha atravesándoles de lado a lado sus cabezas, así sabré que fuiste tú e impediré cualquier investigación. Tú cuidaste de él en vida, ahora que me lo han arrebatado, sé mi ángel de la muerte –agregó y concluyó besando el frío mármol de la lápida de su marido.

-VI-

La cacería no fue fácil, el arma empleada para asesinar al rey era más común que una sanguijuela en el botiquín de un curandero orco. Pero el veneno no era nada corriente y me condujo rápidamente a la vivienda de un alquimista. Me oculté entre las sombras y esperé hasta que él llegara. No debía matarlo hasta conocer la identidad de todos los demás involucrados. No me importaba por qué lo habían hecho, sólo me interesaba cumplir con la misión.

Aquel hombre llegó despreocupado casi a la media noche, cuando la luna yacía oculta tras las nubes y apenas alumbraba la calle, por lo que mi trabajo se tornó aún más fácil. Tan pronto él entró a la vivienda, la punta de mi flecha se encontró apoyada firmemente en su sien.

–Soy el ángel de la muerte y tú sabes por qué estoy aquí –le dije sin revelar ningún tipo de emoción u orgullo. Él sólo hacía como si no supiera nada, mientras yo le apoyaba cada vez más dentro la punta de la flecha en su cabeza.

–¡Está bien! ¡Está bien! ¡Pero no me mates, te lo diré todo! ¡Yo no quería… en serio, pero me ofrecieron condonar mis deudas si accedía a prepararles el veneno! ¡Vino el varón de Akona, con el duque de Monsqueda, y un asesino montaraz… un tal Mesti o Mastid! ¡Me dijeron que la muerte del rey ascendente era lo mejor para el reino. Con él la corona perdería fuerza frente a las hordas invasoras del norte, o enfrascaría a la región en una guerra interminable! ¡Eso es todo… de verdad es todo lo que sé! ¡Ahora… perdóname la vida… y vete! –dijo tartamudeando y apunto de defecar en sus pantalones.

–Yo nunca dije que te dejaría vivir, lo único que has ganado con tu confesión es hacer de tu muerte algo menos doloroso de lo que podría haber sido, es más… he sido tan gentil contigo que mientras hablabas he estado apoyando cada vez más adentro la flecha. Tan suavemente que ni siquiera has notado que sólo me falta un empujoncito para acabar con mi trabajo y caigas ante mí, tan muerto como lo habrán de estar todos los demás que estén involucrados –dije, pero creo que ya no alcanzó a escuchar lo último.

-VII-

Akona y Monsqueda fueron presas fáciles, casi como atravesar el cauce de un río que ha permanecido seco por varios años. Ellos se encontraban juntos y festejando el éxito de su plan, en compañía de algunos miembros de la corte real y otros nobles. Por primera vez revisé mi carcaj para verificar que contara con las suficientes flechas para todos ellos, pues no esperaba encontrarme con tantos. Podría matarlos sin necesidad de ellas, pero la reina había sido muy precisa en indicarme la manera en que los quería muertos.

Sin demora, y justo cuando todos se encontraban elevando sus copas de cristal, uno a uno cayeron fulminados por mis flechas. Estaban muertos sobre sus rodillas, aún antes de que pudieran soltar las copas y éstas se estrellaran contra el suelo.

-VIII-

Al montaraz lo encontré en el que sería el mejor día de la vida de un comerciante de pieles, aunque quizás nunca lo supiera, o imaginara siquiera. Mastidis, que es como se le conocía por los alrededores, se encontraba a las afueras de la casa del mercader Varún, quien tenía cierta deuda o conflicto con alguien lo suficientemente poderoso, o interesado en cobrarse de cualquier manera, como para mandarlo a matar.

Si alguna vez Varún conoció la muerte por órdenes de aquel acreedor… no lo sé. Pero esa noche la dejó plantada, o tal vez fue ella quien le pospuso la cita, pues su verdugo murió por unas de mis flechas, antes de que pudiera sujetar alguna de las dagas envenenadas, que le habían quedado de recuerdo de su trabajo anterior.

-IX-

La reina estaba complacida con mi trabajo, pero no por eso se podía decir que estuviera feliz. Su venganza estaba completa, pero ninguna de esas muertes le devolvió la vida a su rey. Las buenas noticias eran que la corona ahora tenía menos enemigos y una nueva agente de la muerte.

Mi trabajo era simple; tenía que recorrer el reino, de pueblo en pueblo, para ejecutar a aquellos que pudieran ser, o fueran un peligro para la integridad de la reina y sus súbditos. Sin esperar el agradecimiento de alguno de ellos.

En mis recorridos maté nobles, orcos, troles, magos, hechiceras, desertores e incluso a un dragón que tenía sometido a todo un pueblo. De esa encomienda salí con varias quemaduras y rasguños, matarlo no resultó nada fácil, y no bastó una flecha sino un millar para verlo caer ante mí.

De las quemaduras, moretones y rasguños nunca demoré mucho en recuperarme, pero con cada misión y muerte, sentía que perdía algo de mí. Evidentemente ya no era la misma elfa que había salido del bosque. Aunque sabía que con cada muerte estaba haciendo más segura la vida de todos los habitantes del reino, no podía dejar de pensar que me estaba convirtiendo en algo que iba en contra de mi propia naturaleza. Ya no era más una guardiana de la vida, sino una cosechadora de la muerte.

-X-

Hace unos días maté a una hermana elfa. Se le acusaba de asesinar a un grupo de soldados y la querían muerta. La misión me estremeció y provocó mil dudas antes de aceptarla. Al final decidí hacerme cargo, teniendo en mente que era una hermana y yo tenía la obligación de darle la oportunidad de explicarse. Ése era un regalo que nunca le había dado a nadie, pero ella era de la familia.

Rastrear a una elfa que no desea ser encontrada, es tan difícil como salir seca de un lago después de haberte dado un chapuzón. Ningún soldado de la corona podría dar con ella, ni arrasando el bosque, pero yo no era como ellos, sino como ella, por lo que podía intuir con mayor facilidad dónde podría esconderse una de mis hermanas, sobre todo si no deseaba ser descubierta.

La localicé dos días después, en las viejas ruinas de un templo donde se solía venerar a la Diosa de la Luna. Se le veía asustada, sentada sobre uno de los monolitos. No estaba escondida, pero lucía temerosa. Recuerdo que pensé: “Ahora con calma, acércate y habla con ella, deja que te explique”. Pero cuando me di cuenta ella ya se había abalanzado sobre mí y yo, que he aprendido a no acercarme a una presa sin el arco bien tenso, hice lo que siempre he hecho y la maté.

Ella ni siquiera estaba armada, bien hubiera podido esquivarla y tratar de razonar con ella, pero el caso es que no lo hice, sólo liberé la flecha del arco y dejé que le atravesara el cráneo de lado a lado.

Por primera vez en mucho tiempo, lloré y arrojé mi arma contra las piedras. Actué por instinto, como seguramente ella también lo había hecho, tal y como aquel jabalí negro.

Ya no había nada que hacer, no se puede razonar con alguien que tiene una flecha atravesada en su cerebro. Pensé que jamás sabría por qué había hecho lo que hizo, y la respuesta a esta pregunta se sumaría a una larga lista de razones que me negué a escuchar.

Recogí el arco del suelo y me alejé de ahí sin voltear la mirada. Era necesario que le diera la vuelta a la página y siguiera mi camino, entre las sombras de los árboles, en pos de mi siguiente presa. La cual no habría de demorar mucho en aparecer.

-XI-

Esa misma noche y camino al siguiente pueblo, el canto de los árboles se vio interrumpido por un grito. Una joven aldeana que regresaba a casa fue sorprendida por un grupo de soldados que la rodearon con malas intenciones, pues la tenían sujeta del pelo, el cuello y los brazos, además de que le habían empezado a rasgar la ropa, mientras hacían alarde de las mellas presentes en sus escudos y espadas. Estaban cinco plantados en el camino y dos más a lomo de caballo.

Podría haber sido sigilosa, pero me había cansado de matar y escabullirme entre las sombras. Además, se supone que los soldados están para proteger a la gente y no para lo opuesto. Por lo que con el arco bien tenso me hice presente ante ellos.

Les dije que soltaran a la mujer, pero no quisieron escuchar. Uno de los que andaba a caballo desenfundó su espada y corrió a embestirme. Pero cuando estuvo lo suficientemente cerca para partirme en dos, una de mis flechas se alojó en su pecho. El otro montado huyó, pero los otros cinco me rodearon. Uno de ellos con una ballesta en la mano. Por supuesto que no tuvo tiempo de apuntar, ni los otros pudieron dar un solo paso, antes de caer muertos a mis pies.

La aldeana estaba asustada pero no herida, al menos no físicamente.

–Espera aquí –le dije y monté sobre el caballo del soldado muerto.

A todo galope fui tras aquél que había huido. No podía dejarlo con vida. La integridad física de la aldeana estaría en constante peligro si ese canalla llegaba a salvo a su cuartel. Tal vez la había ayudado esa noche, pero no estaría ahí para hacerlo siempre.

Los dos caballos eran igual de veloces, pero yo era mucho más ligera, por lo que no demoré en alcanzarlo, justo a la entrada de la ciudad. Entonces tomé mi arco y disparé la última flecha; el soldado ya estaba muerto cuando cruzó el umbral del cuartel.

La aldeana estaba a salvo, nadie que pudiera vincularla con lo ocurrido seguía con vida, pero no se podía decir lo mismo de mí, pues los guardias de la entrada me habían visto y yo no encontré ningún deseo de matarlos esa noche. Sólo di media vuelta y me alejé de ahí lo más rápido que pude.

La aldeana me esperaba en el mismo lugar.

–Te aconsejo que te dirijas a tu casa por otro camino, tras de mí han de venir otros soldados. No te preocupes por nada, ellos no podrán relacionarte con la muerte de sus compañeros… Ten estas monedas y cómprate un nuevo vestido. Sé discreta y cuídate –dije.

Ella asintió con la cabeza y tímidamente me dijo:

–Gracias ángel de la muerte.

–No “ángel de la muerte”, me llamo Adne y no tienes nada que agradecerme –agregué y me fui cabalgando de ahí.

El suelo retumbaba con cada zancada del caballo y su relinchar estremecía hasta a los árboles que me vieron pasar como testigos mudos. Hice el mayor ruido que pude. Todo con tal de que fuera a mí a quien escucharan los soldados, y no prestaran atención a la joven aldeana.

-XII-

Ahora estoy aquí en las viejas ruinas de la Diosa de la Luna. Apenas he enterrado los restos mortales de mi hermana, caída por mi propia flecha, y aguardo que vengan por mí. Dejé suficientes pistas en el camino y espero que no se demoren demasiado en dar conmigo. Aunque nunca se sabe con los humanos.

Quizás me ocurrió lo mismo que le pasó a mi hermana, y tal vez mi historia termine igual que la suya, no lo sé. Pero no caeré tan fácilmente como ella. No me abalanzaré desarmada contra los cazadores. Los esperaré preparada con mi arco bien tenso, aunque no tenga tiempo de hacerme de más flechas. Veré si es verdad aquel dicho, y esperaré ser tan peligrosa sin una sola flecha que como siempre lo he sido con el carcaj lleno.

Tal vez no pueda atravesarles el cráneo, ni les deje mi firma, pero eso no importa. Ya no soy el ángel de la muerte de la corona, tampoco “Ángela”. Mi nombre es Adne y soy una elfa cazadora.

El fuego del dragón

El rey de los enanos

-I-

Si algún extranjero visitara nuestra aldea, quizás se vería tentado a pensar que entre nuestros plácidos cultivos, pequeñas y aparentemente frágiles viviendas de madera y barro cocido, o los pintorescos jardines colgantes con flores multicolores y verdes hojas, es imposible que se geste un espíritu guerrero capaz de realizar ni la mitad de las proezas que nuestras leyendas cuentan. Pero estarían cayendo en una terrible equivocación.

Ya lo dicen nuestros habitantes más venerables, viejos y sabios: “Los dragones más feroces duermen entre las más hermosas flores”. Tal vez seamos pequeños y algunas de nuestras historias sean poco precisas, pero eso se debe más al paso del tiempo que a un afán de engañar al incauto que se anime a escuchar la voz de un enano.

            Somos un pueblo honesto y trabajador que ha aprendido a navegar a contracorriente y llegar a tiempo a nuestro destino. La palabra de un enano es tan firme como las colinas que nos sustentan y los campos que nos dan de comer. Pese a lo que se dice de nosotros, al menos en mi pueblo no existe la avaricia que ha erradicado a muchas otras culturas y dejado en la más profunda pobreza económica e intelectual.

No atesoramos joyas, amuletos o monedas, salvo nuestras piedras de fuego; que son esferas de cristal de roca negra, que en el centro parecen albergar una chispa de luz, como una estrella atrapada en un trozo de piedra. Éstas son el único tesoro que conservamos de un pasado que permanece ajeno y distante.

Tan pronto nace un enano, se le coloca un collar que tiene como dije “su propia” piedra de fuego, de la cual nunca se desprende, salvo por dos motivos: cuando se establece con quien ha aceptado ser su pareja e intercambian piedras, como muestra del compromiso, o cuando se muere. Entonces la piedra es entregada al ser querido más cercano y el cadáver es enterrado en el jardín de los ancestros, donde sus deudos habrán de sembrar un árbol y en sus cimientos deberán depositar la piedra de fuego.

Así es, somos ceremoniosos, pero qué le vamos a hacer. Eso nos ayuda a recordar quiénes somos. Además de que nos invita a no olvidar a aquellos que han compartido su pequeño trozo de eternidad con nosotros.

Tal vez no sepamos cuándo fue que los primeros enanos abandonaron las entrañas de la tierra, pero no hemos olvidado que así fue. ¿Qué pasó antes? No lo sé y nadie lo sabe. Pero se cuenta que los primeros enanos emergidos quedaron tan sorprendidos de las bellezas iluminadas por los rayos del sol (y la dulzura de las fresas), que inmediatamente olvidaron lo que habían dejado atrás de ellos. Aunque no se descarta que además de eso su pasado haya sido tan doloroso, amargo y oscuro, que prefirieron prescindir de su recuerdo.

En cuanto a lo que ocurrió después, eso lo sabemos todos, de generación en generación nos hemos contado siempre la misma historia. De eso nos hemos encargado todos aquellos que la vivimos. La cual no es divergente a la versión que tienen los demás de la misma, incluyendo entre éstos a los gigantes. Porque nuestra historia bajo los rayos del sol va de la mano con la de ellos. Enanos, gigantes de las montañas y colosos de hielo, entre todos hay una historia de rocas, sangre, muerte, agua, fresas y nieve.

-II-

En ese entonces la sequía había hecho mella de nuestros campos y las fresas brotaban secas, pequeñas y amargas de los arbustos. Para empeorar las cosas, el rey había muerto sin dejarnos un heredero o sucesor designado que ocupara su lugar. Sólo nos dejó una afligida reina, que no tenía el menor interés de continuar en el cargo, y un sueño que nos comunicó a todos, una mañana antes de morir.

Aquel día hicieron sonar las campanas del palacio y como era costumbre, todos acudimos al llamado del monarca. Él estaba enfermo y cansado (también los enanos envejecemos), pero era intrépido, siempre lo había sido y no se mostró diferente en esa ocasión.

Se paró ante todos, alzó su hacha sagrada y gritó:

–¡Hijos míos! ¡Mucho me temo no poder acompañarlos por más tiempo! ¡La muerte me ronda como la blanca luna circunda el firmamento! ¡Pero he tenido una visión: un sueño! ¡Sé que transitamos por tiempos difíciles, pero hemos tenido peores, lo sé y algunos de ustedes comparten ese conocimiento conmigo! ¡Pero también sé que el futuro habrá de ser próspero! ¡Lo he visto! ¡He soñado con ello y sé quién habrá de guiarlos en esa nueva aventura! ¡No conozco su nombre o labor, ni siquiera sé si ya ha nacido, aunque mi débil corazón me dice que así es! ¡Ni siquiera sé si habrá de ser una, o uno de ustedes! ¡Básteles saber que será el corazón de este reino y que en su hombro derecho habrá de tener una marca con la cual podrán identificarlo con facilidad; una estrella de siete puntas!

Nadie sabía que ese día habría de ser la última vez que se dirigiría a nosotros, pero tan pronto supimos de su muerte la búsqueda de aquel o aquella que habría de sucederle comenzó.

-III-

El reino era pequeño como lo es hoy, así como sus habitantes, por lo que no nos demoramos mucho en reconocer que nadie poseía tal seña distintiva. Había lunas, tréboles, nubes y hasta mariposas, pero ninguna estrella de siete puntas. Lo más cercano fue una estrella de seis picos, que encontramos en el hombro derecho de una joven cosechadora de fresas. La cual fue llevada ante el consejo de los ancianos para que ellos determinaran si era suficiente para coronarla o no.

El consejo era presidido por la reina, quien consideró que la marca de la joven no correspondía a la profetizada por el rey, pero que al ser lo más cercano que se había podido encontrar, no podía ser pasada por alto. Pero aún tendría que demostrar que tenía lo suficiente para ser coronada.

Kim era el nombre de aquella joven cosechadora de fresas, quien era feliz con su trabajo y no tenía ningún deseo de poder o riquezas. Su mayor anhelo era levantarse todas las mañanas con los primeros rayos del sol, y su mayor riqueza era beber un poco de agua fresca del pozo, escuchar el trinar de los gorriones y recolectar fresas para el desayuno comunitario. Pero amaba a la reina, tanto como a su rey, y si ella creía que podría ocupar su lugar, entonces así habría de ser. Y si su majestad pensaba que antes de coronarse habría de pasar una prueba, así se le fuera la vida en intentarlo, con gusto aceptaría su destino.

La prueba no sería nada fácil, Kim tendría que ir al norte (donde las montañas le rascan la panza al cielo). Con el objeto de averiguar por qué los pozos que se nutren de su agua helada, estaban casi secos, cuando siempre habían estado rebosantes, incluso en los estiajes más prolongados. La misión era peligrosa, no sólo por lo accidentado del camino e inhóspito del tiempo, sino porque tendría que atravesar el reino de los gigantes de las montañas, y más allá de las tierras heladas, hasta los dominios de los míticos colosos de hielo.

Ésa era su prueba, mas no tendría por qué enfrentarla sola, aunque no hubo muchos enanos que se ofrecieran a acompañarla, de hecho sólo dos; O´Khan (el guardabosques que siempre había estado enamorado de Kim) y yo (su entonces bisoño aprendiz), que por nada del mundo me habría de perder la experiencia de conocer las tierras que reposan más allá de las nubes.  

-IV-

El viaje empezó muy temprano, cuando el sol ni siquiera asomaba alguno de sus rayos por encima del horizonte. Nunca antes alguien había ido hacía donde teníamos que ir, por lo que no sabíamos qué tanto cargar con nosotros o cuánto nos tomaría llegar a nuestro destino. Sin ningún tipo de experiencia, y basándonos únicamente en el tiempo que nos tomaba llegar a la laguna de los susurros (más allá del bosque de los gigantes verdes), calculamos que el viaje habría de durar más o menos treinta o cuarenta días, contados con pies pequeños y entre escabrosos riscos, hasta llegar a la cuna del agua; “las cascadas de los inmortales”.

No podíamos cargar en nuestras pequeñas maletas víveres para tantos días, y una carreta sería demasiado impráctica para el camino, por lo que nos abastecimos con lo más que pudimos y emprendimos la marcha, esperando que el viaje sólo durara la mitad del tiempo calculado.

-V-

Conforme subíamos las colinas y nos acercábamos al paso de las montañas y al reino de los gigantes, nuestras pequeñas mochilas se fueron vaciando, aunque contradictoriamente nos parecían cada vez más pesadas. Nos costaba trabajo respirar y entre el frío y el cansancio, los huesos y músculos nos empezaron a doler sin misericordia. Ni siquiera había nieve en las copas de los árboles, pero eso no impedía que el frío nos abofeteara sin clemencia el rostro.

De no ser por las piedras de fuego hubiéramos muerto congelados mucho antes de cruzar la primera de las montañas de la cordillera helada. Al menos yo, porque cada vez que se hacía de noche y empezaba a bajar la temperatura, O´Khan se aseguraba de cubrir con sus propios sarapes el cuerpo de Kim (sin que ella se diera cuenta), mientras él se mantenía descubierto casi toda la noche, y cuidando de que no se fuera a apagar la fogata. Yo no le decía nada, aunque siempre procuré apoyarlo lo más que podía. Pues sabía lo que él sentía por ella. Para mí Kim era quien pudiera llegar a ser mi reina, pero para O´Khan ella era el amor de su vida. 

-VI-

Cinco días después llegamos al reino de los gigantes de las montañas. Con las mochilas casi vacías y sin mayor arma que la voluntad de seguir adelante.

Los gigantes no eran nuestros amigos, ni siquiera nos veían dignos de ser sus enemigos, pero eran unos vecinos demasiado peligrosos como para querer convivir con ellos, o desear cruzarnos en su camino. Eso lo sabíamos muy bien. En un inicio, cuando los primeros enanos se establecieron en las colinas del sur, a los gigantes de las montañas les gustaba desprender enormes rocas de granito sólido, sólo para arrojarla sobre nuestro incipiente reino, y aplastar las pequeñas construcciones y sembradíos. No con el afán de iniciar una guerra o algo así, sino como una mera forma de divertirse o pasar el tiempo. Hacía ya varias cosechas de eso, pero no las suficientes como para sentirnos seguros al entrar en sus tierras.

Teníamos que ser cautos, no es bueno provocar a alguien que puede aplastarte de un pisotón. Aún quedaban al menos cinco días más antes de llegar a la cascada de los inmortales, y no podíamos dedicarle tiempo a un enfrentamiento que sabíamos perdido.

Por poco lo logramos, pero justo antes de abandonar sus dominios, un grupo de gigantes nos descubrió y sólo por curiosidad nos llevaron ante su rey.

-VII-

Todo nuestro reino cabía en el salón de armas del rey de los gigantes. Su castillo estaba construido con las piedras de la misma cordillera; tan fuerte y alto como una montaña. Lucía majestuoso y brillante bajo los rayos del sol, pero más tarde descubrimos que su brillo no era menor bajo la luz de la luna. Adentro se iluminaban con antorchas que colgaban de las paredes y varios espejos.

Yo imaginaba a los gigantes de las montañas tan primitivos como los del bosque, aunque mucho más violentos, pero la brillantez de sus pisos, la delicadeza de sus relieves, las esculturas talladas en las paredes, y finos acabados de los muebles y armaduras, me permitieron verlos de otra manera.   

Sentado en un brillante trono de cuarzo estaba su rey. Imponentemente ataviado con su corona de cristal, capa de piel, armadura de escamas de dragón, y una barba tan roja como el sol de la tarde y tan abundante como el jardín de los ancestros. Lucía como el más grande de los gigantes: como el rey de todos los reyes.

Nos dejaron solos frente a él (sobre un pedestal y cojín de terciopelo). Él se nos acercó y Kim le ofreció la última canastilla de fresas que nos quedaba. El rey la tomó con gusto y se fue comiendo la fruta una por una, como si fueran pequeños caramelos, hasta que llegó de nuevo a su trono. Entonces nos preguntó la razón de nuestra presencia en su reino.

Kim le respondió con soltura y cortesía, explicándole la naturaleza de nuestra misión y circunstancias, pero omitiendo todo lo relacionado al sueño de nuestro fallecido monarca, y al hecho de que al completar exitosamente el encargo, ella podría convertirse en la nueva reina de los enanos.

Al terminar, el rey asintió con la cabeza y entrelazó sus manos mientras se afilaba la barba con sus gigantescos pulgares. Después sonrió como cuando entiendes algo que te había costado mucho trabajo comprender plenamente, pero que una vez que lo captas por completo te resulta demasiado obvio.

–Hace tiempo que los había estado esperando, no sé cómo no me dí cuenta de que eran ustedes… Espero que perdonen mis modales, pero es que no sabía que estaba frente a la realeza… de lo contrario hubiera procurado atenderlos como se merecen. Espero que sus majestades acepten mis más sinceras disculpas –dijo y se inclinó ante nosotros.

–Nunca me ha parecido vergonzoso mostrar mi respeto hacia los otros y espero que hayan sabido perdonar la actitud que mis ancestros tuvieron hacia ustedes, y si no ha sido así…, entonces en nombre de ellos y mi gente les pido que nos disculpen. Quizás debí de haber enviado algún heraldo hace mucho tiempo, pero tuve miedo de crearles más confusión o iniciar una guerra innecesaria entre nuestros pueblos, pero ahora que tengo de frente al futuro rey y reina de los enanos, no veo una mejor oportunidad para disculparme y ofrecer mi ayuda en todo lo que necesiten, y mis capacidades puedan satisfacer –dijo con voz firme y sinceridad en la mirada.

Después nos extendió su mano. Todo eso nos dejó muy sorprendidos.

O´Khan pidió la palabra para aclararle al rey que de completar exitosamente la misión, Kim habría de tener la corona de los enanos y nadie más. Ante lo dicho, el rey se le quedó viendo muy extrañado.

Entonces me tomé la libertad de hacer de su conocimiento el contenido profético del sueño del rey de los enanos, lo cual dejó aún más confundido a nuestro anfitrión.

–No sé de qué me hablan e ignoro el sueño que su rey haya tenido antes de morir… lo que sé es que la hechicera más confiable de mi reino me habló de una visión que tuvo hace ya varias lunas. Donde tres valientes enanos habrían de venir a mi reino con el fin de devolverle los ríos a las montañas –dijo sujetando con firmeza su báculo de mando.

–Ella me dijo que los ayudara en todo lo que pudiera, no sólo por la naturaleza de su tarea sino porque uno de esos tres enanos habría de ser el nuevo rey de su pueblo. Me dijo que lo reconocería al llegar porque estaría acompañado de su inexperto aprendiz y de una bella joven, quién se convertirá en su reina –dicho que ruborizo tanto a O´Khan como a Kim, quienes se quedaron viendo sorprendidos. Pero al percatarse del rubor presente en sus rostros optaron por voltear a ver hacia otra parte.

–Y lo reconoceré cuando regrese porque en su hombro derecho tendrá la marca de la reina de las nieves; una estrella de siete puntas –concluyó el rey y no supimos cómo rebatirle su dicho.

Esa noche fuimos alimentados y hospedados en aquel majestuoso palacio, incluso el rey le pidió al más hábil de sus artesanos que nos hiciera tres pequeñas y hermosísimas camas. Eran tan calientes y cómodas que la primera proeza de la mañana fue levantarme, y la segunda fue resignarme a no poder llevármela conmigo a mi destino y luego a casa. Para entonces ya nos habían hecho tres hermosas armaduras afelpadas, duras como el más templado de los metales, pero calientes y cómodas como la más suave de las cobijas. Nos proveyeron de víveres y después de darnos de desayunar, tanto el rey como su corte nos escoltaron hasta el límite de sus dominios, al pie de las tierras altas y heladas: “el paso de los gigantes de hielo”.

-VIII-

El frío helaba nuestros ojos, mejillas y narices, lo demás estaba cubierto y calientito. Todo a nuestro rededor era blanco, como si el creador del mundo aún no hubiera terminado de diseñar ese lugar, o se le hubieran acabado las ideas.

No había árboles, ni matorrales, o algún otro ser vivo. No podíamos distinguir el cielo de las piedras y la nieve. Ni siquiera nuestras huellas duraban más de un par de segundos. Recuerdo que pensé que sería una hazaña llegar a nuestro destino, pero sería aún más grande poder regresar a casa.

Todos estábamos en silencio, pero si no queríamos perder la razón ante tal inclemente escenario, sabíamos que teníamos que mantener la mente ocupada. Nunca sabré lo que Kim o mi mentor pensaban mientras recorríamos ese lugar, pero seguramente al menos uno de ellos debió de estar pensando en el sueño del difunto rey y la visión de la hechicera del Señor de los gigantes. Eso quizás nunca lo sepa, pero en ese momento mi mente se entretenía pensando en las dos opciones, tratando de evitar una tercera: la posibilidad de que ninguno de los tres regresáramos con vida a casa.

-IX-

No sé por cuánto tiempo caminamos, sólo que por momentos la blancura que nos rodeaba se hacía negra, amarilla y roja. Hasta que por fin llegamos a las cascadas de los inmortales. Entonces el cielo pareció abrirse ante nosotros, como si quisiera cerciorarse de que pudiéramos ver con claridad nuestro objetivo.

Ante nosotros estaba la montaña más alta que hubiéramos visto en nuestra vida, y de ella emanaban tres impresionantes cascadas de hielo, que alimentaban una brillante laguna congelada, sobre la que estábamos parados. Las buenas noticias eran que habíamos llegado a donde nos habíamos propuesto y sabíamos por qué el agua no fluía con libertad. La mala era que éramos incapaces de hacer algo para remediarlo. Pero eso no era lo único malo, porque sin que nos diéramos cuenta nos vimos rodeados por un ejército de colosos de hielo, tan altos como los gigantes de las montañas, pero con la piel tan blanca como la nieve, barba abultada del color de la escarcha y ojos oscuros como el más profundo de los pozos.

Nos tenían amenazados con lanzas de pino petrificado, mazos de cuarzo blanco y flechas que yacían inmóviles en arcos firmemente tensados. Uno de ellos nos dijo… no sé qué cosa en un lenguaje que jamás había escuchado antes, se oía como rocas chocando y crujiendo entre sí. Nuestra ignorancia parecía enfadarle aún más que nuestra presencia, o al menos esa fue mi impresión, sobretodo cuando golpeó su mazo contra el suelo y nos hizo caer sobre el hielo.

Entonces no sé qué sucedió, fue tan rápido que no me pude percatar de nada hasta que ya fue muy tarde. Uno de los arqueros había liberado su filosa flecha de cristal sobre Kim. Fue tan rápido que no pude ni moverme, pero O´Khan sí, interponiendo su cuerpo entre la flecha y el amor de su vida. Kim resultó ilesa pero mi mentor yacía helado e inerte a sus pies. Yo había perdido a mi maestro y ella a su protector, aquel que día a día se había ido ganando su cariño y respeto. Su pérdida era mucho mayor que la mía, pero no era su deber sino el mío vengar la afrenta, así fuera con mi propia sangre.

Grité como nunca pensé que algún enano fuera capaz de emitir un sonido. Los colosos apretaron sus armas mientras yo me armé de valor para arrancarle a mi maestro la flecha que le había costado la vida, para usarla como lanza. Sabía que no tenía ninguna oportunidad, pero me planté firmemente entre los colosos, y aquellos que poco a poco ya me había hecho a la idea de llamar mis “reyes”.

Quisiera decir que mi determinación fue tal que hizo que los agresores soltaran sus armas y se rindieran ante el implacable poder enano, pero mi pueblo no dice mentiras y la verdad es que fue el corazón de Kim y no mi furia lo que hizo que los colosos soltaran sus arcos y garrotes. Kim, sin abandonar ni un instante el cuerpo inerte de O´Khan, empezó a llorar con tan dolor que yo también me vi obligado a soltar mi improvisada arma y hacer a un lado la rabia para llorar con ella.

De pronto la laguna entera se estremeció como si sintiera nuestro dolor y las cascadas de hielo cedieron su lugar a potentes chorros de agua clara. El mismo coloso que nos había gritado hacía un instante, nos sacó de la laguna antes de que el hielo bajo nuestros pies se resquebrajara ante la presión del agua. Entonces de la laguna misma emergió lo más hermoso que mis ojos hayan visto en la vida, y eso que desde entonces he visto muchas cosas maravillosas. Era una diosa, no la podría describir de otra manera; su piel era azul como el cielo y sus cabellos eran tan largos y cristalinos como el agua que brotaba. Era la reina de los colosos de hielo que sujetaba entre sus manos un diminuto collar enano con la piedra de fuego de mi maestro.

Sin mover la boca nos sonrió con el pensamiento. Nos dijo sin decir una sola palabra que hacía varias lunas había ido a bañarse a las cascadas, como era su costumbre, pero resbaló y se golpeó la cabeza, quedando inconsciente. Su prolongada presencia congeló la laguna y las tres cascadas que le dan alimento.

Luego se disculpó con dulzura por la actitud de sus colosos. Nos explicó que ellos pensaron que nosotros habíamos tenido algo que ver con su repentina desaparición.

–De no ser por esta pequeña piedra brillante que me calentó lo suficiente para volver en mí, quizás jamás hubiera logrado descongelarme sola. Les debo la vida y por eso tengo un regalo para ustedes –dijo con la mirada.

Entonces tomó a O´Khan y lo abrazó contra su pecho. Después le colocó de nuevo el collar y dejó recostado sobre la nieve. Él abrió los ojos como si sólo hubiera estado dormido y se incorporó como si nada. Kim corrió a sus brazos y selló con un beso el dolor que había sentido al pensar que lo había perdido para siempre.

-X-

El camino de regreso fue mucho más placentero, no sólo por ir de bajada sino porque no lo emprendimos con nuestros pies, sino sobre una nube de nieve que nos depositó placidamente en la tierra de los gigantes de las montañas. Ahí nos estaba esperando su rey con toda la gratitud de su pueblo por haberles devuelto el agua.

Me hubiera gustado haber pasado más tiempo ahí, pero teníamos que regresar a casa.

El rey de los gigantes le regaló un hermoso vestido a Kim, una pequeña hacha (delicadamente adornada) a mi maestro, y un precioso escudo (con un dragón grabado) a mí. Luego nos escoltó hasta el camino del sur, donde terminaban sus dominios. A partir de ahí seguimos solos hasta llegar a casa.

En el reino nos recibieron como héroes. La reina, llena de honor y orgullo, coronó personalmente a Kim y a O´Khan en una ceremonia que resulto profética. Porque mientras se hacían los preparativos para celebrar su unión como pareja, los encargados de confeccionar los trajes reales descubrieron en mi mentor algo que no estaba ahí antes de irnos. Como recuerdo de la flecha que le costara la vida por unos minutos, a O´Khan le había quedado una cicatriz muy curiosa en su hombro derecho; una atípica estrella de siete puntas.

-XI-

Así fue como sucedieron las cosas. Días después se su coronación los tres regresamos a la tierra de los gigantes de las montañas con carretas repletas de fresas y en compañía de nuestros mejores agricultores, para encargarles la enseñanza de su particular arte a los gigantes. Así su rey podría disfrutar de esos dulces naturales que tanto le habían gustado, pero ahora emanados de su propia tierra y trabajo. Ellos a su vez nos enseñaron a trabajar la piedra y fabricar abrigos y armaduras contra el frío.

Nuestro camino no se detuvo ahí, pues seguimos más al norte hasta los dominios de la reina de los colosos de hielo, para obsequiarle un enorme collar dorado, con una gigantesca piedra de fuego como dije, en parte por agradecimiento y gesto de buena voluntad entre nuestros pueblos, y para asegurarnos de que las cascadas de los inmortales no volvieran a detener su flujo nunca más. Tal como ha sucedido hasta el día de hoy.