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martes, 17 de abril de 2012

Fantasma

Yo tenía seis años cuando tuve mi primer encuentro con un fantasma. Recuerdo que estaba en el jardín, jugando con Karen, mi muñeca favorita, entre las flores de mamá. No se supone que yo pudiera estar ahí sin supervisión, pero aprovechando que ella había salido con papá y la abuela, y que mi tía se había quedado dormida en la sala, con los audífonos puestos, no me pude resistir y salí a jugar entre esos colores y aromas. Sabía que me iban a regañar, pero con tal de estar ahí, al menos un par de horas, valía la pena tomar el riesgo.

            Karen era el hada de las flores y sobrevolaba su reino, cuando algo me tocó el hombro y después me rozó la mejilla. Miré por todas partes, pero no había nadie, entonces una voz me susurró al oído: “A tu mamá no le va a gustar encontrarte en su jardín, y mucho menos sola”.

            La voz era ambigua, hasta la fecha no sabría definir si era de un hombre o de una mujer, pero en ese momento careció de importancia, porque sólo me interesó entrar lo más rápido que pudiera a la casa.

            Mi tía seguía dormida, por lo que no me vio ingresar con los zapatitos llenos de tierra y con Karen sujeta de los cabellos.

El regaño era el menor de mis problemas, y mis rodillas temblaban cuando crucé por enfrente de la habitación de la abuela, quien para mi sorpresa no se había ido con mis papás como yo suponía, y se encontraba tejiendo frente a la ventana.

            –Pero Corazón, ¿a dónde vas con tanta prisa? Parece que viste a un fantasma –dijo, con una sonrisa amistosa.

            Yo no podía articular ni una palabra y me faltaba el aire por la carrera, por lo que sólo atiné a correr hacia ella, abrazarla y ponerme a llorar.

            La abuela me consoló, como sólo ella y mamá sabían hacerlo; con una ternura que me hacía sentir la persona más amada y segura del mundo, mientras estuviera entre sus brazos. Una sensación que cada vez extraño más.

            –No pasa nada mi amor. Ahora dime ¿qué te ocurrió que te puso de esta manera?

            – ¡Un fantasma! Estaba en el jardín jugando con Karen y algo me tocó en el hombro y rozó mi mejilla –le dije sin respirar.

            Ella me sonrió, me estrechó nuevamente entre sus brazos y me dijo: “Pero mi niña, bien sabes que los fantasmas no existen”.

            –Pero es cierto, no había nadie alrededor, pero alguien me tocó… y me dijo…

            – ¿Qué fue lo que te dijo? –preguntó, interrumpiendo mi silencio.

            –Que no debería estar ahí jugando sola –respondí apenada y con la cabeza agachada.

            – ¡Ah, vaya! Bueno, pues yo creo que no fue un fantasma, sino tu conciencia la que te habló, ¿no te parece?

            – ¡No, no fue eso! –le repliqué enfadada.

            –Mira, cuando era niña yo también le temía a los fantasmas. En cada rincón de mi pueblo se podían escuchar historias de “aparecidos”, “sombras” y “espectros”. A la orilla de la carretera se hablaba de una mujer muy bella que les pedía a los automovilistas que la llevaran a su casa, pero pasando la primera curva ella desaparecía, provocando que el conductor perdiera el control de su vehículo y chocara. También se hablaba de una anciana, que todas las noches se le podía ver llorando en el borde de una barranca, pero si alguien se le acercaba, ella los sujetaba de las manos y se los llevaba hasta el fondo. O el sepulturero fantasma que vigilaba el sueño de los muertos del cementerio, y les garantizaba el descanso eterno a todos los intrusos que se atrevieran a profanar sus dominios. Recuerdo que también escuché hablar del espíritu de un niño, quien deambulaba por las escalinatas de la vieja torre de la escuela, razón por la que no había menor que se atreviera a jugar o merodear por ese lugar –me contó sin dejar de tejer, y un aire frío me recorrió por la espalda, de la nuca a las piernas.

            –De niña me daba terror todo eso. No había rincón o callejón oscuro que no fuera el hogar de algún espectro, o tal vez de un “demonio”. Pero después crecí y me di cuenta de que eso eran tonterías. La mujer de la carretera bien podría ser sólo un pretexto de los automovilistas para justificar sus percances, o un disuasivo popular, para evitar que los conductores se detuvieran en la carretera a auxiliar a desconocidos, por su propia seguridad. Lo mismo con la mujer de la barranca; desde que empecé a escuchar de su existencia, las personas accidentadas en ese sitio se redujeron al mínimo, de tal suerte que su fama se convirtió en un método más efectivo para evitar que la gente se aproximara demasiado a la orilla, que un letrero que dijera “Peligro, no se acerque”. También te cuento que las profanaciones clandestinas del cementerio cesaron, y te puedo decir lo mismo del niño de la torre, el cual era la garantía de que nadie, salvo la dirección del plantel, se acercara al lugar donde se guardaba el historial académico de los alumnos y la nómina de los profesores. ¿Ya ves? Los fantasmas sólo viven en las cabezas de las personas y nada más –dijo, me dio un beso en la frente, y me envolvió con la bufanda que estaba tejiendo.

            –Ahora vete a limpiar esa tierra, que a juzgar por tus zapatos, has de haber dejado regada por toda la casa –dijo con esa firmeza que era difícil de contravenir.

            Le correspondí con un abrazo, un beso en la nariz, y me fui de su cuarto con la bufanda puesta, con dirección al lugar donde guardaban las escobas.

            Mamá regresó un par de horas después de que terminé de limpiar la tierra del piso. Papá no venía con ella y se le veía muy afligida. No me dijo nada, sólo me abrazó con fuerza y despertó a mi tía. Luego me pidió que me fuera a mi cuarto.

Era evidente que quería hablar con su hermana de algo que no deseaba que yo me enterara. Pero antes de irme le presumí la bufanda que me acababa de regalar la abuela.

Entonces mamá se puso a llorar, me volvió a abrazar y me dijo algo que me borró el color y la sonrisa de la cara.

–Tu abuelita ya no estará más con nosotros, el médico hizo lo que pudo, pero no consiguió salvarle la vida –dijo, en un mar de llanto y cayendo de rodillas.                     

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Estación

Sólo llevo tres semanas como guardia de seguridad de la estación del metro, y ya empiezo a estar harto de hacer siempre lo mismo. Si tan sólo tuviera el turno de la tarde, pero no, a mí me toca hacer el trabajo de un velador. Tan pronto llega la hora en que la estación cierra sus puertas, los únicos que rondamos por sus escaleras y pasillos son el personal de intendencia y yo, con la diferencia de que ellos acaban su tarea y se marchan, pero un servidor tiene que hacer continuos recorridos por los andenes, por si algún malviviente anda por ahí.

            En la cabina de vigilancia está mi otro compañero de guardia, pero él se queda toda la noche ahí, dejándome la vigilancia física para mí solo. “Todo un honor” del cual prescindiría sin quejarme siquiera, pero al menos estoy agradecido de tener un trabajo. Incluso, cuando llego a encontrarme con alguien que ha hecho de la estación su dormitorio, no puedo evitar sentirme culpable al echarlo a la calle, pero si no lo hago, el que podría terminar durmiendo entre los andenes vacíos pudiera ser yo.

            La ronda de hoy no tiene por qué ser distinta a la de ayer, por lo que sé que me espera otra noche aburrida. Me despido de mi compañero, lo dejo viendo con un ojo los monitores y con el otro el noticiario de la noche, o al menos eso dice él, porque lo más seguro es que no esté prestándole atención a ninguna de las dos cosas y se quede dormido otra vez.

            No sé cuantas cámaras monitorean la estación, pero sólo hay un guardia para dar sus rondines. Bien podría buscar un rincón no monitoreado y dormir como uno de esos vagos, pero hace tanto frío que lo más probable es que el que la posibilidad de ser despedido fuera el menor de mis problemas.

De repente, escucho el grito de una mujer pidiendo ayuda.

¡Pero qué diablos! Se supone que ya no había nadie en los andenes. Reporto el hecho a mi compañero y me dirijo hasta el sitio donde escuché el grito

Ahí me encuentro con una joven de unos veintitantos años, vestida de tal manera que me indica que no es una de esas pobres que suelo encontrar en los corredores, sin embargo yace tirada en el suelo, aunque no inconsciente, casi como si se hubiera tropezado.

–¿Está usted bien? –le pregunto al tiempo que me le acerco para ofrecerle mi ayuda, pero ella reacciona nerviosa, casi como si me tuviera miedo.

–Tranquila, soy un guardia de la estación, no se preocupe, ya luego me explicará qué es lo que hace a estas horas por los andenes, pero ahora lo importante es ver si no se ha lesionado con la caída –le digo, pero su mirada de terror no cambia, sin embargo no parece que sea por mí, pues estira su mano y tartamudeando me grita “¡cuidado!”. Entonces giro la cabeza y logro ver una sombra que se pierde entre los corredores.

–¿Qué… es eso? –me pregunta.

–No lo sé, pero enseguida lo averiguaremos, usted quédese aquí –le digo e intento en repetidas ocasiones comunicarme con mi compañero, para que rastreé a aquel extraño, pero no consigo hacerlo.

Corro lo más rápido que puedo, pero no parece haber señales de nadie. En ese momento el comunicador se acciona y mi compañero me pregunta qué pasa. Yo le explico y él se ofrece a revisar los monitores, para poder dar con el paradero de aquel extraño. Por lo que sólo me resta volver con la joven, para ayudarla a abandonar la estación, o pedir algún tipo de asistencia médica.

Cuando llego al andén, la joven ya está de pie y se frota los brazos, como si tuviera frío. Entonces me quito la chamarra y se la ofrezco. Ella acepta tímidamente y me da las gracias.

–Acompáñeme a la salida, no se supone que deba haber usuarios a estas horas por la estación, es por su propia seguridad –le digo y ella asiente con la cabeza.

Ella es muy hermosa, no debería estar pensando eso, pero es realmente bella y su vulnerabilidad la ha vuelto irresistible. Quiero preguntarle su nombre, pedirle su número telefónico, incluso acompañarla hasta su casa, pero sé que no debo y no lo haré.

–Es usted muy amable –me dice con una sonrisa, pero yo me limito a decir que sólo cumplo con mi trabajo. Entonces vuelve a sonar mi comunicador.

–Lo siento amigo, pero creo que tu sombra fugitiva se salió con la suya, porque no he logrado localizarlo en toda la estación, tal vez fue tu imaginación o algún problema con las luces lo que te hace ver cosas –me dice mi compañero.

–¿Estás seguro? ¿Ya revisaste bien? Yo sé lo que vi y no fue ningún juego de luces o mi imaginación –le respondo, tratando de impresionar a la joven.

–Claro que estoy seguro, los monitores no mienten y los he revisado todos, de hecho en este momento te estoy viendo hablando con el comunicador. Por lo que te repito, no hay nadie en los andenes, además de ti, por cierto… ¿qué hace tu chamarra en el suelo?      

domingo, 20 de noviembre de 2011

La niña

-I-

El tiempo parece que se ha detenido en la habitación. De no ser por Cristina, la enfermera que me da los medicamentos, Selene, una pequeña niña que todas las tardes viene a visitarme, y la mujer del aseo, que jamás me dirige la palabra, creo que ya hubiera pensado que soy la única persona en este hospital. El médico sólo se presentó el primer día, pero no ha vuelto, o al menos no lo ha hecho mientras he estado despierta, por lo que ignoro si pronto habrán de darme de alta, o aún tendré que estar aquí por más días. Yo me siento bastante bien, pero la incertidumbre está a punto de volverme loca.

Las noches son tan lúgubres, frías y silenciosas, que recuerdo que la primera vez que vi a la pequeña Selene, pensé que era un fantasma. Se veía tan frágil y etérea en la penumbra, que pegué un gritó que hizo que ella saliera corriendo, y no volviera hasta la noche siguiente. Para entonces yo ya estaba más tranquila y apenada por el equívoco, pero ella supo comprender y nos hicimos amigas de inmediato.

            Selene, con sólo ocho añitos encima, es muy dulce e inteligente. Según Cristina la pequeña es muy buena y obediente, aunque un poco inquieta, por lo que es muy complicado hacer que se quede toda la noche en su habitación.

            –De hecho fue mi idea el que viniera a hacerte compañía. Una noche la sorprendí siguiéndome por los corredores, y para evitar que le ocurriera algo o me distrajera de mis quehaceres, le sugerí que te viniera a conocer, pero creo que en esa ocasión resultó peor, porque regresó tan asustada del encuentro contigo que no pude separarme de ella hasta que amaneció –me confesó Cristina.

            La niña tiene cierto problema con el cerebro, lo que hace que padezca de pequeños dolores de cabeza y sea muy sensible a la luz del sol, por lo que prefiere dormir de día y escabullirse para deambular por el hospital por las noches. Es una pequeña muy valiente, pues yo no me atrevería a hacer lo mismo, y eso que le triplico la edad. Pero quizás la curiosidad es más fuerte que la prudencia, además de que la pequeña afirma que la verdadera razón por la que no le gusta pasar las noches en su cuarto es porque la espantan frecuentemente. Dice ver sombras, o escuchar susurros y lamentos que no la dejan tranquila hasta el amanecer. Por lo que prefiere tentar a la suerte entre las habitaciones de los pisos vacíos.

Cristina dice que Selene tiene mucha imaginación, por lo que cualquier sombra u ondulación de una sábana se vuelve de inmediato en un fantasma, o la respiración de algún otro paciente se transforma en un susurro o lamento de ultratumba. Pero yo no la culpo y creo que cualquiera que tuviera que vivir de noche y en penumbras en un sitio como este, terminaría viendo fantasmas hasta con las luces encendidas.

-II-

Ya pasan de las nueve y Selene no ha llegado, pero me parece que le iban a sacar una tomografía en la tarde. Sólo espero que le haya ido bien y pueda venir esta noche, o las dos nos vamos a dar “la aburrida de nuestras vidas”, pero ¿qué estoy pensando? ¡Que egoísta me he vuelto! No importa si no puede venir hoy, lo principal es su salud. Quizás mañana nos volveremos a ver.

Después de un rato Selene entra al cuarto apurada y tímidamente se disculpa por llegar tarde.

–No te preocupes corazón, pero cuéntame ¿cómo te fue? –le digo mientras ella se sienta a mi lado y me toma de la mano.

–No sé, la doctora y mis papás se veían muy contentos, pero me estuvo doliendo la cabeza mucho en la tarde. Después me quedé dormida, hasta que hace un rato desperté y me acordé que tenía que venir a verte –dice, regalándome un beso en la mejilla.

–No me hagas sentir mal, te hubieras quedado a descansar esta noche –le digo mientras ella se entretiene haciendo espirales con mi pelo.

–Te voy a extrañar cuando me vaya. A veces quisiera que jamás me dieran de alta para poder estar contigo siempre –me susurró al oído.

–No digas esas cosas, que yo tampoco tengo pensado quedarme aquí para siempre. Además, puedes venir a visitarme cuando quieras –le digo y ella sólo baja la mirada.

–Veo que ya estás otra vez con tu muñeca –dice Cristina, quien ha entrado sigilosamente en la habitación.

Yo estoy a punto de responder, pero Selene se adelanta y dice que “sí”.

–Por poco no llego, pero no podía fallarle, ya ves lo mucho que se aburre la pobre sin mí –dice la pequeña, y tanto ella como la enfermera intercambian sonrisas de complicidad, y parecen reírse de mí, hasta que les recuerdo que estamos en un hospital.

Las dos se me quedan viendo apenadas, y entonces soy yo quien se ríe a sus costillas. Luego Cristina se despide para terminar su ronda, y Selene me da un almohadazo en la cabeza.

–¿Así nos llevamos ahora? –le pregunto y la amenazo con devolverle el “cariñito”.

–¡Recuerda que estoy enfermita! –grita riendo y la señora del aseo entra intempestivamente y con un rostro muy serio. Creo que estamos en problemas.

–¡Niña! ¿Pero qué haces aquí?

–Señora, no se enfade. Cristina, la enfermera del turno le ha dado permiso –le digo, pero ella ni voltea a verme, como si no me escuchara, o yo no estuviera ahí.

–¿Cuántas veces te he dicho que no andes deambulando por los cuartos vacíos? Ahora bájate inmediatamente de esa cama. Ve tú a saber quién pudo haber muerto en este lugar. Y no me salgas con que te dio permiso la enfermera Cristina, que en paz descanse. Tus padres deberían enseñarte a respetar un poco más a los muertos. Quizás engañes a los demás con tus cuentos y fantasías, pero bien sabes que yo no creo en tus historias de fantasmas…     

El piso de arriba

Esta es mi primera noche de guardia en la recepción del hotel. Estoy muy nerviosa porque me quedaré sola y temo que pueda presentarse algún problema que no sepa cómo resolver. Sé que cuento con los dos muchachos de seguridad, pero no dejo de cruzar los dedos con la esperanza de que no ocurra algún imprevisto.

No hay muchos clientes y la mayoría son contratistas, obreros e ingenieros, que están trabajando en la nueva carretera. Los pobres llegan tan cansados, que lo único que les interesa es tener una cama y un techo donde pasar la noche.

–En el mejor de los casos, será una velada aburrida. Tráete un buen libro y un termo con café. Pero si prendes la radio no le subas mucho al volumen. Sólo ten cuidado con el huésped del tercer piso, que no dejará de llamarte para quejarse del escándalo de la habitación de arriba –dijo el jefe y me deseó buena suerte.

Entonces pensé que se estaba burlando de mí, por lo que sólo le respondí con una sonrisa.

La noche ha transcurrido tan tranquila y silenciosa, que el café no parece suficiente para mantenerme despierta. Deseo salir a tomar un poco de aire fresco para despejar la mente y fumarme un cigarrillo, pero hace tanto frío allá afuera que me tendré que conformar con tomar un dulce del mostrador. Entonces el teléfono suena.

–Soy el huésped de la habitación 312. Sé que es tarde, pero los ocupantes del piso de arriba no me dejan dormir. Ignoro qué es lo que están haciendo, pero no dejan de caminar y arrastrar los muebles por todo el cuarto. Ya subí a tocarles, pero no me hacen caso, ni siquiera me abren. Por lo que tiene que hacer algo, o me veré obligado a cambiar de hotel y exigirle que me devuelvan lo que pagué por la habitación –dice una voz de hombre, del otro lado de la línea.

Le pido que guarde la calma y me repita el número de la habitación en que se encuentra. Lo cual lo molesta aún más, pero afirma estar en la 312. Le digo que debe haber algún error, o tal vez está confundido, tratando de no ser descortés.

–Ahora me está diciendo “loco”, o que soy tan tonto que no sé ni en que habitación me hospedo. Preste atención señorita, estoy en la habitación 312 del tercer piso de este hotel. Tengo la llave del cuarto en mi mano y veo perfectamente el tres, el uno y el dos grabados en ella. Así que ¿va a hacer algo para remediar el problema o me va a comunicar con su superior?

Yo no sé qué decir, y un inesperado escalofrío recorre mi espina dorsal, erizándome la piel. El jefe me lo había advertido. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Cómo informarle al huésped que desde hace más de cinco años no utilizamos llaves sino tarjetas para abrir los cuartos? ¿De qué manera puedo explicarle que a raíz de un incendio que consumió los tres pisos superiores, hace once años, en este hotel no hay más que dos pisos, por lo que no existe una habitación arriba de la suya, ni un tercer nivel? ¿Cómo explicarme que a pesar de saber todo esto, el lector de llamadas me diga que no me están hablando de un teléfono externo, sino de la habitación 312 de este hotel?

Entonces cuelgo el teléfono y en cuclillas tras el mostrador, deseo que no vuelva a sonar de nuevo, pero sobre todo, que el huésped del 312 no baje a hacer su reclamación.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sola

-I-

Desde que quedé viuda, hace casi veinte años, he vivido en la misma casa con mi hermana Julia, quien también había enviudado sólo un par de años antes que yo. La razón por la que tomamos esa decisión fue la inmensa soledad que ambas sentíamos desde que nuestros maridos murieron. No teníamos a nadie más en el mundo, salvo la una a la otra. Por lo que no nos tomó demasiado tiempo decidir compartir nuestra soledad.

Mi hermana nunca tuvo hijos y yo sólo uno, que murió pocos días después de su nacimiento. Nunca más volví a quedar embarazada, es más, ni siquiera lo intenté, pese a los deseos de mi marido. Siempre fue más fuerte mi miedo a perder a otro bebé que mi deseo de ser madre.

Tanto mi hermana como yo vendimos nuestras propiedades y con el dinero que obtuvimos, más lo que nuestros esposos nos dejaron, compramos un pequeño departamento y abrimos una cuenta de banco a nombre de las dos. Con los intereses que ésta generaba, más la pensión de viudez, habíamos sabido sobrevivir todos estos años, que a veces parecían pocos y en otras ocasiones demasiados.

            Al principio nos costó trabajo congeniar con nuestras diferencias. A veces a Julia se le metía en la cabeza la idea de que sólo ella sabía cómo hacer las cosas y se la pasaba dándome órdenes todo el tiempo. O la idea cambiaba de morada y era yo quien se volvía un capataz. En ocasiones parecíamos un par de niñas otra vez. Nos enojábamos y dejábamos de hablar por días enteros, hasta que alguna de las dos tomaba la decisión de olvidar la ofensa, preparaba un poco de chocolate caliente y se lo ofrecía a la otra. Después sólo nos dábamos un buen abrazo y tomábamos juntas la bebida, mientras oíamos la radio o veíamos el atardecer desde la ventana.

En una ocasión, no recuerdo por qué, no nos hablamos durante un mes. En ese tiempo ella aprendió a tejer y yo me hice aficionada al cultivo de flores en maceta. Julia elaboró tantas carpetas que ya no hallaba dónde colocarlas, y yo me hice de tantas plantas que ya no cabían en las ventanas. Poco a poco, cada rincón y mueble se fue poblando de carpetas y flores.

Julia tarareaba mientras tejía y yo platicaba con mis plantas. Cada una con el objetivo de hacerle saber a la otra que estábamos muy bien solas. Hasta que un buen día ella comenzó a tararear una canción que cantábamos cuando éramos niñas y de manera inconsciente, yo también me encontré tarareando la misma melodía. Al percatarnos del hecho, las dos nos volteamos a ver y nos reímos como cuando éramos pequeñas. Eso fue suficiente para limar cualquier aspereza. Ese día Julia me regaló una carpeta tejida con muchos colores y yo le di mi flor preferida.

-II-

Después de un tiempo nos acostumbramos a compartir nuestra existencia. Las riñas se volvieron cosa rara y la duración de las mismas se medía en pocos minutos. Hasta el día en que Julia perdió la razón.

Recuerdo que se levantó muy temprano y empezó a hacer ruido por toda la casa. Yo me levanté y la vi esculcando los cajones de los roperos. Los sacaba de lugar, dejando caer su contenido en el piso. Entonces le pregunté qué le pasaba o qué se le había perdido. Ella se me quedó viendo y amenazándome con el dedo, me dijo que yo sabía perfectamente bien lo qué estaba buscando, porque yo se lo había robado.

Yo no tenía ni idea de lo que me estaba hablando, pero traté de hacerla entrar en razón. Entonces dijo algo que hasta el día de hoy me sigue doliendo en el alma. Aseguró que ya estaba harta de mí y de mis inútiles plantas. Que el peor día de su vida fue cuando nací y el segundo ocurrió cuando decidimos vivir juntas. Dijo que estaba cansada de que le escondiera sus cosas y que de haber sabido que yo era una ladrona, entrometida y fisgona, nunca se hubiera ido a vivir conmigo.

No me quedé callada y después de propinarle una buena bofetada, le dije que le iba a cumplir su deseo y me marcharía de su lado. Sin voltearla a ver me fui a mi habitación y empecé a ordenar mis cosas para abandonar la casa. No sabía a dónde ir, pero no podía seguir en un lugar en el que no querían que estuviera. Entonces Julia entró a la recámara y dijo que no me fuera. Yo estaba molesta y seguí haciendo mis maletas como si no me hubieran dicho nada.

Ella me tomó bruscamente del brazo y dijo que no podía dejarla sola o me pesaría. Eso me enfureció aún más. ¿Con qué derecho se atrevía a amenazarme? Ya tenía determinado irme de ahí y lo haría. Cerré la maleta, aún sin terminar de empacar, y la dejé hablando sola.

–Luego regresaré o mandaré a alguien por mis cosas. –le dije, mientras me encaminaba a la puerta.

En ese momento pensé que sería lo último que sabría de ella. Pero me equivoqué.

Julia no es de las que acepta fácilmente las cosas, pero nunca me imaginé que a sus ochenta y cinco años fuera capaz de hacer uso de la fuerza para imponer su voluntad. Sin que yo lo esperara, me dio un tremendo bastonazo en la pierna derecha que me mandó de bruces al suelo. Mi boca sangraba, mientras que uno que otro diente, de los pocos que aún tenía, se me enterraron en los labios. Los brazos me dolían y no tenía la fuerza suficiente para ponerme de pie.

Julia se acercó con una expresión de profunda pena y se inclinó un poco, como queriendo ayudarme. Pero yo no podía dejar de verla con miedo y odio.

Me gritó que dejara de verla de esa manera, que la culpa había sido mía por tratar de abandonarla. Entonces recogió el bastón y se enderezó frente a mí.

–Ya veras que ahora que te mejores las cosas van a estar tan bien como siempre –dijo, mirando a la ventana.

En ese momento, con la voz entrecortada, le hice saber que de cualquier forma encontraría la manera de largarme de ahí, y alejarme para siempre de ella. Julia me miró con odio, apretó con fuerza su bastón y comenzó a golpearme sin descanso.

El dolor era indescriptible. Podía sentir cómo me rompía todos los huesos, mientras botaba sangre por la boca y el corazón me palpitaba, como si se me quisiera salir del pecho. De pronto, el dolor se detuvo y todo se tornó negro.

-III-

Cuando abrí los ojos, lo primero que pensé fue que había sido una pesadilla, la más horrible de todas. Pero al ver alrededor me di cuenta de que no estaba recostada en la recamara, sino tirada en la sala, a sólo unos pasos de la puerta y había sangre regada por todo el piso.

No supe cómo, pero me incorporé con una destreza que hacía más de cincuenta años no tenía. No me dolía nada y me sentía de maravilla. Entonces volteé a ver mis manos, pero éstas seguían arrugadas.

–No se puede tener todo en la vida –dije en voz baja.

Mi vestido estaba manchado de rojo, pero al tocarme la cara constaté que mi boca ya no sangraba. No sabía que estaba ocurriendo. Los rayos del sol entraban por la ventana, pero no podía sentir su calor. Traté de tomarme el pulso, pero mi corazón se había detenido. Toda esa confusión me provocó un fuerte dolor de cabeza.

–Pero si estoy muerta, ¿cómo es posible que me duela algo? –me dije extrañada.

Acto seguido, el dolor cesó. Entonces pensé que me estaba volviendo loca.

Me encontraba inmersa en mis pensamientos, cuando alcancé a escuchar un fuerte ruido proveniente de la cocina, como si alguien estuviera haciendo un gran esfuerzo. No me detuve a pensar cómo es que los sentidos del oído y vista sí funcionaban cuando el del tacto no, por miedo a quedarme sorda y ciega en ese instante. Sólo caminé hasta el lugar donde provenía el ruido.

La puerta se encontraba cerrada, pero la atravesé como si nada.

–No creo que me cueste trabajo acostumbrarme a esto –pensé.

Ya adentro, pude ver cómo Julia cortaba lo que perecía un gran trozo de carne, en pequeños pedacitos. Pero no era jamón lo que rebanaba mi hermana, sino mi pierna.

Horrorizada, observé cómo se encontraban más pedazos cercenados de mi cuerpo esparcidos por el fregadero y el piso. Ella separaba con cuidado los huesos, cortaba la carne en trozos pequeños, tomaba una de mis macetas vacías, depositaba la carne en el fondo, le esparcía cal encima, después un poco de tierra y plantaba una flor. Luego la acomodaba en el piso y repetía la operación.

Si bien yo nunca me consideré una persona que creyera en fantasmas, en ese momento me percaté de la veracidad de un dicho que escuché cuando era muy niña: “Yo no creo en las brujas. Pero de que las hay... las hay”.

Aparentemente, en el mundo no sólo habría brujas que asustaban a las pequeñas, sino también fantasmas que existen independientemente de que se crea en ellos o no. Tenía que aceptar los hechos, no me quedaba de otra.

Salí de la cocina tan sigilosamente como había entrado y sin mover la puerta. En ese momento se me ocurrió que si podía atravesar las cosas y muros con tanta facilidad, entonces no tenía por qué pasar una eternidad en ese pequeño departamento con mi hermana; la loca.

No lo pensé dos veces y me propuse atravesar la puerta de la casa, pero tan pronto lo hice me hallé de nuevo en el interior del inmueble. Lo mismo ocurrió cuando intenté atravesar los muros y las ventanas. Me encontraba prisionera en mi propia casa, con mi asesina.

-IV-

Pasaron los días y ni siquiera podía lograr espantar a Julia. Aparentemente ella no se percataba de mi presencia o hacía cómo si no lo hiciera, como cuando éramos niñas y nos peleábamos.

Intenté desacomodar sus cosas, juguetear con sus sábanas, hacer volar sus zapatos, destejer sus inútiles carpetas e incluso arrojarle algo pesado para aplastarle la cabezota, pero todo era inútil. No podía sostener ni un alfiler. Me era imposible aprehender y hacerme con la más insignificante de las cosas. Mis manos siempre estaban vacías.

Todo eso me provocaba fuertes dolores de cabeza, pero me los quitaba rápidamente cada vez que recordaba que carecía de un cerebro que pudiera dolerme.

Eso ya no era vida, aunque sobre decirlo. Hasta ese día no me había dado cuenta de la falta que me hacía estar con mi hermana. Aunque me hubiera causado la muerte, diseccionado como una mandarina y usado como abono de mis propias plantas.

Era absurdo, pero la extrañaba. La veía todos los días, pero no era lo mismo. Siempre estaba como ausente y yo no tenía más remedio que resignarme a ya no ser parte de su vida.

Mi día se limitaba a deambular por el departamento e intentar tener algún tipo de contacto con ella. Me conformaba con que mi sombra atrajera su atención. Pero nunca pasó nada. Hasta que una mañana, cuando trataba de percibir el olor de una de mis flores favoritas, sentí una corriente fría que provenía de la habitación de Julia. Eso era lo primero que sentía físicamente desde mi asesinato. Por lo que no dudé en averiguar de qué se trataba. Despacio, como quien tiene todo el tiempo del mundo, me fui acercando a su recámara, sólo para descubrirla muerta en la cama.

Mi primer sentimiento fue una profunda tristeza que me puso de rodillas frente a ella. Pero después pensé que al igual que yo, Julia no tardaría en volverse un fantasma y volveríamos a estar las dos juntas de nuevo, como cuando éramos pequeñas, pero para siempre. Entonces mi corazón se llenó de alegría e ilusión.

Pacientemente me senté a los pies de la cama de mi hermana y esperé durante horas, días y semanas. Julia jamás despertó. Ahora sí me encontraba sola, completamente sola.


El vagón

-I-

Hoy, como cada día, como cada mañana, como cada viernes, Lucía sale de su casa a toda prisa. Ya es cuarto para la hora. Su clase de nueve está a más de veinte minutos de distancia, y la estación del metro a sólo media cuadra.

Agitada, baja los escalones del subterráneo y a sólo unos pasos de la larga fila que está frente a la taquilla, se detiene y busca en su mochila ese boleto salvador que la libre de tener que formarse, y perder de dos a cinco minutos extras, que de por sí no tiene.

Por fin, después de dos segundos de hurgar entre sus cosas, el boleto aparece y ella se aleja, quizás pensando que tuvo suerte por ahora, pero tal vez de regreso todo sea diferente. Sigue de largo y se abre paso por el torniquete y yo la observo, tan cerca como para oler el perfume de su pelo, pero imperceptible para ella. Así ha sido siempre desde que la conocí, hace como un millón de años para mí, aunque para Lucía, si me llegara a ver, sería sólo una cara desconocida más entre la multitud de rostros que la rodean.

            Después del torniquete, Lucía va directo a los andenes a esperar el vagón. La estación es un mar de gente apática e indiferente, un cúmulo de individuos solitarios que ya tienen bastante con su propia existencia, como para preocuparse por la de los demás. Algunos de ellos voltean a ver su reloj, para saber si van a tiempo o habrán de llegar tarde. Otros miran a los demás, como si los otros sólo fueran parte de una escenografía puesta ahí para ser observada mientras se espera que el tren haga su aparición.

A algunos no les basta con sólo ver y tocan. Desde un rozón, disfrazado de involuntario. Hasta una mano, amante de lo ajeno, que se lleva el bolso o la cartera del vecino. Se pierde por completo la noción del otro como un fin en sí mismo, y tan pronto como el carro del tren llega, todos quieren ser los primeros en cruzar la puerta en pos del mejor lugar, ya sea que encuentren un asiento vacío o tengan que emprender el camino de pie.

Lucia no es la excepción, aunque su tamaño menudo y poco peso la hacen más una víctima involuntaria de la ola que se abalanza hacia el interior del vagón. Nada de “dejar salir antes de entrar”, más bien “la vida es corta y no hay tiempo ni lugar para la cortesía”.

            En esta ocasión Lucía tampoco encontró un asiento libre. Quizás los caballeros se encuentran exhaustos, extintos o han abordado otro vagón.

Adentro las cosas son más o menos lo mismo que en el andén, con excepción del espacio. La apatía es el denominador común y las miradas buscan el menor entrecruzamiento posible, cosa difícil pero evidente, porque tan pronto alguien nota que se le está mirando, el observante muda su vista hacia otro lugar, o hace como que ve para otra parte.

Lucía observa su reloj y hace una pequeña mueca que quizás sólo yo he notado. Se muerde levemente el labio superior y exhala, dando a entender que ya nada depende de ella y todo está en manos del tiempo que haga el metro en llegar a su destino.

En un rincón sin asiento y pegada a la salida, Lucía ve su reflejo en el cristal de la puerta. Se observa detenidamente, casi como si fuera otra persona. No se entera de la niña que sentada a un lado de su madre, mira con curiosidad sus lentes y el minúsculo llavero de peluche que cuelga de su maleta. Ni de la sombra que a sólo unos pasos detrás de ella susurra y desaparece. No muy lejos de ahí, mi mirada también se pierde entre la multitud.

A veces me gusta adivinar qué piensa la gente que me rodea. En ocasiones, incluso con sólo ver a alguien puedo sentir qué es lo que está pensando o sintiendo; a veces miedo, dolor, ansiedad o alegría… Aunque casi siempre es soledad. Por otra parte, si busco mi mirada en un reflejo sólo percibo el vacío.

-II-

Llegamos a la primera parada. Salen unos y entran un poco más de los que se fueron. El único asiento abandonado es inmediatamente ocupado por un “muy bien educado caballero”. Lucía permanece en el mismo sitio, mientras ve de reojo el símbolo de la estación en la que nos encontramos, como si esperara que milagrosamente hubiéramos avanzado más de una escala, o quizás sólo toma conciencia del tiempo transcurrido y de las estaciones que aún faltan por recorrer. El metro pita, sus puertas cierran y continuamos la marcha.  

Lucía descansa los ojos y en ese preciso instante hay una falla de energía que apaga las luces y obliga al convoy a detenerse.

Entre los murmullos y el llanto de un bebé se puede oír el malestar de los pasajeros. En un segundo, la atención se enfoca en un mismo incidente, el cual queda resuelto un par de minutos después. La luz del vagón vuelve, el convoy recobra su marcha y el interés común desaparece. Sólo queda una parpadeante lámpara, como resaca de esa ligera contrariedad.

Bajo la luz de esa bombilla indecisa, que no termina de prenderse o apagarse, Lucía voltea a ver su reloj. Tras enterarse de la hora, su expresión de “ya no es más cuarto para las nueve”, se ve abruptamente desplazada por una mirada de asombro, y algo de miedo. En el reflejo de la ventana, en la que hacía apenas un minuto sólo veía su imagen, observa a una mujer con el rostro borroso que con la cabeza casi recargada en su hombro, parece mirarla con atención. Lucía voltea con rapidez, pero no hay nada semejante atrás de ella. Se le ve inquieta, aunque quizás crea que sólo fue su imaginación. Tal vez piense que esa luz intermitente la está haciendo ver cosas que no están ahí, a lo mejor no durmió bien o sólo es el estrés de saber que va a llegar tarde de nuevo. Entonces respira profundamente y para no pensar más en ello saca de su mochila un cuaderno y se pone a leer.

Lucía no lo sabe, pero la mujer del reflejo no es fruto de su imaginación. Yo también la he visto y no es la única que deambula entre los pasajeros. Por alguna razón no los puedo ver a todos juntos, pero por momentos los veo aparecer de a uno por uno, en relevos, como si no pudieran interactuar entre sí. Quizás ni siquiera saben de la presencia de los otros. Pienso que son fantasmas, o al menos se ajustan a la idea que tengo de ellos. No es que sea una experta en estos temas, pero no es la primera vez que los veo, aunque sólo lo pueda hacer cuando estoy cerca de Lucía. No sé si ella los atrae o es mera coincidencia y ellos siempre están entre nosotros.

La primera vez que los vi me asusté muchísimo. Recuerdo que pensé que algo debía de estar mal en mi cabeza. Pero poco a poco me he ido acostumbrando. Ahora los veo como pasajeros habituales que se distinguen de los otros porque en vez de evitar al vecino, parecen hacer todo lo posible por darse a notar por los demás.

Está el caso de aquella pequeña niña que aparece recostada en el regazo de la mujer que está sentada en el primer asiento. La mujer no parece darse por enterada, pero la niña cada vez que aparece, luce bastante complacida con ella. También está aquel señor de bastón, que desde un rincón suspira, voltea la cabeza de derecha a izquierda y se va, como si buscara a alguien que para su desgracia, nunca encuentra. Hace apenas un instante observé a una mujer mayor que con dulzura acariciaba la cabeza del bebé que durante el apagón se echó a llorar inconsolablemente, pero ahora que se le ve más calmado y ha empezado a quedarse dormido, ella se ha ido, dejándolo entre los amorosos brazos de su madre.

También hay algunos de los que no distingo rostro o figura. Sólo se presentan como sombras que deambulan sin destino, como si no les importara nada más que su propia soledad. Simplemente pasan por entre la gente y se siguen de largo, como si para ellos el vagón estuviera siempre vacío. Así como es asfixiante tener a tanta gente a nuestro alrededor, debe ser triste tener todo este espacio y no poder compartirlo con nadie.

-III-

Hemos llegado a una parada más. Casi nadie baja pero sí que entran. A veces pienso que los vagones del metro y todo el transporte colectivo se rigen por leyes distintas a las de la física convencional, porque sin importar que tan llenos vayan, siempre hay lugar para un pasajero más.

Lucía se arrincona, y a su lado un par de niñas de secundaria platican y comparten la fruta que una de ellas lleva en un recipiente de plástico. No parece que tengan alguna intención de ir a su escuela. Sólo ríen, charlan, hacen muecas y comen trozos de melón. Absortas en sus juegos, no se dan cuenta de que desde que entraron y empezaron a comer, un ser con la quijada dislocada ha estado remojando su lengua en el jugo que ha soltado la fruta en el recipiente. No es una escena agradable, pero si me estuviera pasando a mí, preferiría que nadie me lo hiciera saber. Quizás esto se agrupa entre las cosas que más valdría no conocer nunca.

-IV-

Una parada tras otra y los ojos de Lucía se cierran contra su voluntad. El vaivén del vagón la adormece y el cuaderno que recién estaba leyendo se sostiene por pura suerte entre sus manos. Pese al arrullo del carro y el dióxido de carbono, Lucía no se queda dormida, sólo un poco atontada. Lo suficiente como para pasarse de estación. Pero apenas se da cuenta de ello, logra salir un segundo antes de que el vagón pite y cierre sus puertas. Yo ya la espero afuera, desde donde no he dejado de ver a las sombras que prendiéndose y apagándose, se marchan con el tren.

Lucía sigue su marcha, y aunque yo ya no quisiera seguirla, hay cosas que no se pueden evitar. Ella camina deprisa y con paso firme se dirige a los torniquetes de salida. Su suéter se atora en una de las palancas, pero de un enérgico jalón lo zafa. No está dispuesta a que nada le haga perder más tiempo.

Como en una pesadilla, mis pasos se vuelven cada vez más lentos y las piernas más pesadas. Al mismo tiempo, ella parece ir cada vez más aprisa y seguirle la marcha me resulta casi imposible.

Sube las escaleras del subterráneo, mientras yo sólo veo cómo se aleja cada vez más de mí. Le grito que se detenga, pero no me oye, nunca lo hace.

Por fin, logro salir de la estación pero ya es demasiado tarde. Sólo oigo el rechinar de llantas de un automóvil, y un golpe seco acompañado de un grito. Lucía está tirada en la calle al borde de la muerte, mientras el irresponsable conductor ya se ha dado a la fuga.

De nuevo la pierdo. Hoy tampoco he podido hacer nada para salvarla. Ya en una ocasión di mi vida en la mesa de operaciones para darle al mundo lo mejor de mí; a Lucía, mi hija.

Ya no era joven y los médicos me habían advertido que el parto habría de ser complicado y peligroso para ambas, pero Lucía era mi última oportunidad de ser madre. La situación no era fácil, pero en la vida casi nada lo es. Cuando el médico fue con mi marido a preguntarle cuál de las dos habría de sobrevivir, él sabía perfectamente que no le perdonaría nunca sacrificar la vida de nuestra hija para salvar la mía. Desde entonces no he hecho otra cosa más que observarla desde las sombras.

Lucía nunca estuvo sola ni un instante, menos ahora. Le sostengo su mano y muero con ella una vez más. Cierro los ojos y pienso que quizás pude haberle advertido de alguna manera. Si tan sólo hubiera podido hacer algo para evitar que hoy saliera de casa, detenerla contra su voluntad, o incluso hacerla enfadar el tiempo suficiente para evitar que cruzara la calle en ese preciso instante. Si tan sólo tuviera otra oportunidad…

-V-

Hoy, como cada día, como cada mañana, como cada viernes, como siempre, Lucía sale tarde de su casa a toda prisa…