Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de noviembre de 2015

El pollo diablo

Hace algunos años en la granja nació un pollo, rubio como el oro, que bajo la luz del día brillaba tanto como el sol. Estaba tan orgulloso de sí mismo, que se sentía por encima de los otros pollos, incluso desde que era un simple huevo. Se llamaba Quike-Rikí, y era el menor de doce hermanos, todos nacidos en la misma semana.
            Era tanta su arrogancia, que cada vez que podía se jactaba de ser el mejor pollo del mundo. Hasta que uno de sus hermanos, Riko- Rikí, que era el pollo más rico de la región, lo retó:
            –Si es verdad que eres el mejor pollo de todos, te desafío a que acumules más fortuna que yo en una semana. De conseguirlo, no sólo reconoceré que eres el mejor de los pollos, sino que además renunciaré a mi fortuna y te la donaré, sin queja ni peros. ¿Qué dices?
            Quike lo dudó un segundo, pero era tan soberbio y ensimismado, que no vio mejor oportunidad para demostrarles a todos que era verdad lo que decía. Por lo que aceptó.
            Todo marchó muy bien los primeros días, Quike parecía haber nacido para hacer negocios y, si la apuesta no fuera de sólo una semana, seguramente superaría la fortuna de Riko en unos cuantos meses. Pero el tiempo pactado era demasiado corto, por lo que a sólo un día de concluir el plazo, Quike se dio cuenta de que no alcanzaría su objetivo, al menos que obtuviera algo de ayuda extra.
            Desesperado, Quike invocó incluso el auxilio de fuerzas que iban más allá de su comprensión, hasta que de repente se presentó ante él el mismísimo Diablo pollo, quien con un ademán de su ala derecha le preguntó: “¿Es verdad que quieres ser el pollo más rico del mundo?”
            Quike no supo qué decir, pero al final afirmó con la cabeza.
            El Diablo pollo alzó su pico, dio un par de vueltas en el piso, alzó las alas al cielo y dijo: “Listo, ya está hecho”.
            –¿Entonces Quike ganó la apuesta, abuelo? –me pregunta el más pequeño de mis nietos, aún con vestigios de su cascarón en la cabeza.
            –No precisamente  –le respondo dubitativo.
            –No entiendo. ¿Al final el Diablo pollo no lo volvió el pollo más rico del mundo? –pregunta ahora el mayor de mis pequeños.
            –Pues…, sí, digamos –vuelvo a responder, no precisamente seguro.
            –¿Entonces? ¿Lo volvió el pollo más rico, sí o no?
            –Pues hay veces en las que es mejor ser pacientes y modestos, o al menos ser claros en nuestras peticiones. Ya ven lo que dicen sus mayores: “más valdría que al pollo no se le conceda todo lo que desea.

El Diablo pollo cumplió con su promesa, lo volvió el pollo más rico de todos, es más, lo volvió riquísimo. Y después se lo comió.  

El último

Para ser honesto, siempre me llamó la atención participar en uno de esos concursos de la televisión. Pero no cualquiera, yo quería involucrarme en uno que me pusiera al límite, que retara al máximo mis capacidades. Por lo que tan pronto me enteré de que había uno en el que el objetivo era permanecer el mayor tiempo posible en una selva tropical, no dudé ni un segundo y me inscribí.
No le dije a nadie, ya había tomado la decisión y sabía que ni mi esposa ni el resto de mis familiares estarían de acuerdo en que expusiera de esa manera mi integridad. Ellos no entendían, nunca quisieron entender que a mí no me era suficiente levantarme todos los días a las seis de la mañana, desayunar lo de siempre y enfrentarme a la urbe, que invariablemente me recibía con su cara de “vete al diablo”, para llegar a un trabajo rutinario, que me pagaba una miseria, lo cual era demasiado para compensar la tediosa tarea de acomodar los libros en sus estantes y etiquetar los nuevos ejemplares. Algunos lo disfrutaban, lo hacían con amor, incluso había quienes aprovechaban el tiempo y leían, cómo no hacerlo, teniendo a su disposición toda la colección de la biblioteca estatal. Pero yo no. Yo no quería leer lo que los demás habían hecho, es más, ni siquiera me era suficiente inventarme mis propias aventuras. No, nada de eso, yo tenía que vivirlas en carne propia; sentir el viento en mi pelo, el frío en la piel, la humedad en mi ropa, el miedo en mis entrañas y el fuego en mi pecho.
Tal vez en el fondo pensaba que la gente del canal jamás me escogería. Vamos, ¿a quién trataba de engañar? Sólo era un “archivista”. Por lo que el día que recibí la confirmación de mi participación en el programa, el más sorprendido fui yo.
Mi esposa y demás familiares, sin excepción, actuaron como lo esperaba, me tacharon de loco, imprudente y egoísta. Pero no me importó. Yo tenía cuarenta años, ya había vivido la vida como ellos esperaban, por lo que ya era hora de empezar a “vivir” de verdad, elegir equivocarme, y seguir adelante con las consecuencias de mis actos. Por lo que acudí a la cita con la televisora, firmé los papeles correspondientes, en los que aceptaba los riesgos, deslindando de toda responsabilidad al canal, productores y demás involucrados, si algo no planeado llegaba a pasar.
Al día siguiente me volvieron a citar en la televisora, para presentarme al resto de concursantes, y una semana más tarde, después de una intensiva revisión médica, salimos en pos de la aventura.
Éramos doce concursantes, casi todos hombres, salvo por dos mujeres que de espaldas no parecían serlo. Sin duda yo era el eslabón más débil, y ellos lo sabían. No decían nada, pero cada vez que intercambiábamos miradas, se reían, más de mí que conmigo.
A cada uno nos dejaron en una locación diferente; con una navaja suiza, una bolsa con una lona, para construir nuestro campamento inicial, una caja de cerillos, con sólo tres fósforos, un teléfono satelital, el cual sólo podíamos emplear para darnos por vencidos o en caso de emergencia (lo cual venía siendo lo mismo), y una cámara de video a prueba de agua, con baterías solares y varias unidades de memoria (tal vez lo más pesado de la maleta), para que cada vez que lo consideráramos pertinente grabáramos nuestros avances, desafíos más fuertes y reflexiones ante la soledad y el constante peligro.
A través del teléfono nos informaban la cantidad de días transcurridos y si alguien había abandonado el juego. Lo cual ocurrió a los tres días, cuando ante mi sorpresa dos concursantes renunciaron, por lo que al menos sabía que yo no sería el primero en irme de ese lugar. Mi primer reto lo había superado.
Con forme fueron pasando los días, las inclemencias del tiempo y la soledad fueron minando mi espíritu de competencia, pero con solo recordar lo que me esperaba en casa; una mujer enojada, el tráfico, las multitudes, en fin, todo, mis ganas de no volver fueron mucho más grandes que mis deseos de darme por vencido.
A los veintiún días sólo quedábamos tres concursantes; un explorador experimentado, una guardabosques y yo. Mi ropa estaba hecha jirones, mi barba parecía estropajo viejo y olía peor que estación del metro a las cinco de la tarde. Ya no podía más y estuve a punto de avisar mi retirada, cuando los otros dos concursantes se me adelantaron, primero la guardabosques y luego el explorador; yo había ganado. Toda una lluvia de emociones bañó mi cuerpo. Me había puesto al límite y fui más allá de lo esperado. Ya podía imaginar el rostro de mi esposa, su orgullo en los ojos, y el de todos los demás.
Estaba absorto en mis pensamientos, cuando recibí la llamada que confirmaba mi triunfo. Entonces se me indicó a dónde dirigirme, para que el equipo pasara por mí y me llevara de regreso a casa, con un cheque de varios ceros bajo el brazo, y la satisfacción de haber llegado más lejos que el resto.
Camino al lugar acordado, me sorprendió una tormenta eléctrica, la más fuerte que jamás hubiese vivido. Recuerdo que pensé que si ésta hubiese caído el primer día de nuestra aventura, quizás sí hubiera sido el primero en rendirme. Pero eso ya había terminado. Estaba cansado y pedí ayuda a la producción para que fueran a mi encuentro, pero no respondieron mi llamada, por lo que seguí adelante, con la poca energía que me quedaba. Hasta que al fin llegué al lugar acordado.
Para mi sorpresa, ahí no había nadie, sólo un vehículo todo terreno, una maleta y un mapa. En ese momento pensé que eso significaba que el juego aún no había terminado. Lo cual, admito, me emocionó muy poco. Harto, me subí al automóvil, y seguí adelante, hasta reencontrarme con la civilización. Jamás pensé que añoraría verme rodeado de gente.
Conduje por horas, hasta que llegué a una vieja carretera. Ese trozo de urbanización me devolvió el alma al cuerpo, y seguí mi camino, según las indicaciones del mapa y los pocos avisos vehiculares. Fue hasta que llegué a la ciudad que me di cuenta de que algo no estaba bien. La carretera estaba vacía, ni una sola alma se podía ver u oír, los autos estaban detenidos, los edificios lucían vacíos y las calles abandonadas. Estaba solo.
Seguí manejando, con dirección a mi casa, pero el escenario fue el mismo durante todo mi recorrido, y no cambió en nada al llegar a mi barrio. La noche me sorprendió detrás del volante y la oscuridad me abrió sus brazos, dejándome sin más luz que los faroles del vehículo, que parecían crear el camino a su paso. Hasta que llegué a mi hogar. La puerta estaba abierta, la llave del agua goteando, la comida quemada en la estufa, ya sin flama porque el gas se había agotado, quién sabe hace cuánto. Estaba solo, sin rastro de mi mujer, sin línea telefónica o Internet. Y sigo así, como un fantasma que deambula sin parar, sobre la calle mojada y el frío penetrando hasta mis huesos, como si el mundo quisiera dejarme bien claro que sigo vivo, en cuanto al resto…, no lo sé, tal vez aún espero que un día el teléfono satelital responda mi llamada y me haga saber que no soy el único.

Mientras tanto, no sé si por inercia o necedad, no hay día que no prenda al menos en un momento la cámara, para dejar testimonio de mi experiencia y soledad, quizás en espera de que algún día alguien la encuentre y las vea. ¿Quién sabe? Igual y el juego aún no ha terminado.

martes, 7 de julio de 2015

¿Qué está haciendo el niño?

–¿Amor? ¿De casualidad no sabes qué está haciendo el niño? –pregunta una mujer a su marido, quien plácidamente lee el periódico, sentado en su sillón favorito.
            –Me parece que está afuera.
            –¿No te fijaste desde a qué hora se encuentra allá? 
            –La verdad no, pero creo que ya tiene un buen rato.
            –¿Y qué tanto estará haciendo? 
            –Pues está jugando, mujer, como cualquiera a su edad.
            –¿Y qué es lo que está jugando?
            –No estoy seguro, pero parece que patea una pelota.  
            –¿Una pelota? ¿Y qué tal si por andar jugando no se da cuenta y se cruza la calle sin fijarse? ¡Haz algo, Dios mío!
            –No te preocupes, es más fácil que él le dé a un cristal o un peatón, antes de que pateé su pelota hasta la calle. Quédate tranquila mujer.      
            –¿No crees que pueda tener hambre o sed?
            –No, yo lo escucho muy divertido y riendo.   
            –¿No te parece que ya es mucho tiempo? Parece que no tarda en caer otra tempestad como la de ayer. ¡Pobre bebé! ¿No crees que deberíamos ir por él y asegurarnos de que no le falte nada?
            –No creo que esa sea una buena idea.
            –¿Y por qué no?

            –En primera, el chico ya tiene más de ocho años, por lo que creo que ya es lo suficientemente grande para volver a casa a tomar agua, comer o guarecerse del tiempo. En segunda, porque se ve que está a punto de llover y no pienso salir a pescar un resfriado. Y en tercera, el muchacho es de los vecinos, no nuestro. Deja que ellos se preocupen por él, al menos por esta vez.   

En espera de la Bestia

Su rugido retumba a kilómetros de distancia y mi corazón se acelera. De día o de noche, su paso es intimidante; temible como la incertidumbre y feroz como la muerte. Circula sobre cráneos de acero, que chocan y crujen contra el metal, la madera y las piedras del camino. Su poder es tan prodigioso que pareciera detener al mundo ante su paso, y tan infinito que pareciera retroceder el tiempo ante su silencio.
           Cruel demonio de lámina oxidada, que comunica al sur con el norte, hermanando sueños y pesadillas, agilizando los pasos y truncando de tajo los caminos. Porque al igual que su senda dejara cortadas las montañas y perforara las laderas, la Bestia no teme dejar mutilados, heridos, o muertos, a todos aquellos que osen tomar su camino.
            No hay calor más calcinante que su Infierno, ni frío más helado que su olvido, bañado de metal, oxido, corrupción y muerte. Se alimenta de carbón y odio, miedo y esperanza, fatiga y anhelos.
            Sobre sus rieles transita la muerte; la riqueza de algunos, la pobreza de otros y la perdición de unos pocos, que se fueron persiguiendo un sueño, y no saben si sólo les espera la oscuridad eterna, sin una lápida que recuerde sus nombres.
Bajo sus pies transcurre la selva, el valle, el desierto, la vida y el tiempo. Un segundo sin retorno. Cada metro se roba un latido. Cada kilómetro un sueño. Y cada día un poco de todo; sudor, sangre, carne y huesos.
Pocos son los afortunados que consiguen un pacto con ella, de hecho, hasta la fecha no conozco a ninguno, pero he escuchado de ellos; almas desesperadas que aceptaron como regalo su Infierno, y bebieron de su vapor de muerte, hasta alcanzar su destino. Pero jamás he sabido de alguien que la domara, que hable de su contacto con ella como una aventura placentera, todo lo contrario, el logro no es enfrentarla, sino sobrevivirla.

A pesar de todo esto; a pesar de la lluvia, del viento, del frío de la noche, el infierno sofocante, la sed, el hambre, los hombres que se alimentan de otros hombres, y la soledad compartida, donde cada alma tiene su propia deuda, objetivo e historia, sigo aquí, en la curva, esperando que el demonio baje la velocidad y sus vigías la guardia, en pos de un lugar en su lomo de hierro, dispuesto a morir, con ganas de ser uno de los que superaron el reto, sólo porque aquí, ya no queda nada para mí.     

jueves, 25 de junio de 2015

La Kitty

Gonzalo era un compañero de la oficina algo reservado y misterioso, que siempre cargaba consigo una pequeña maletita con la imagen de “Hello Kitty”. Él era un hombre alto, fornido, de mirada tosca y manos ásperas, por lo que ver a semejante gorila con una bolsa tan pintoresca, causaba extrañeza, dudas y cuchicheos entre los demás compañeros. Quienes a pesar de sus inquietudes, no se atrevían a preguntarle nada.
            Yo no tenía mucho tiempo entre ellos, pero siempre me hicieron sentir bienvenida, incluso él, por lo que me armé de valor y le pregunté el motivo de su maletita.
            Gonzalo se me quedó viendo, se hizo un silencio general en la oficina, y respondió:
            –Esta maleta le perteneció a mi hermana. Su primer día de escuela ella me hizo prometerle que se la cuidaría hasta su regreso, pero eso jamás ocurrió, ya que el transporte escolar en el que viajaba se estrelló contra una camioneta y todos murieron –respondió y yo estaba más apenada que nunca. Me sentí como una tonta por haber hecho semejante pregunta y haber removido esos recuerdos en un hombre como él. Me disculpé, le dí un abrazo y me fui, con la cabeza baja.
            Pero la pena no fue sólo mía, ya que toda la oficina se vio en silencio y con la mirada al piso, hasta que terminó nuestra jornada laboral.
            Ya casi todos se habían marchado, salvo Gonzalo y yo, quien seguía pegado al monitor de la computadora afinando las gráficas que nos habían encargado. Por lo que aún congojada, me le acerqué para pedirle que me disculpara nuevamente, pero para mi sorpresa, él me sonrío y me pidió que me acercara un poco más a su escritorio.
            –No te disculpes niña, todo esta bien. De hecho yo soy quien te debe a ti una disculpa, porque la verdad es que te mentí.
            –¿Qué? ¿De qué estás hablando?
            –La verdad es que yo nunca he tenido ninguna hermana, y esta mochila la compre hace unos cinco años en una tienda del centro.
            –Pero ¿por qué? ¿Cómo pudiste inventar algo tan desagradable?

            –Entiéndeme. Te pido perdón, si te hice sentir mal. Lo digo de verdad, pero es que no se me ocurrió otra cosa. ¿Sabes? Sé que la mayoría me ve con recelo y hasta miedo. Por lo que tengo una imagen que cuidar en esta oficina, y no podía admitir delante de todos ellos que siempre he sido fan de “la Kitty”. 

Muerte y frío

Más allá de la niebla sólo vagan la peste y el frío. Sin una razón aparente, la muerte dejó de ser el apacible silencio y los muertos se rehúsan a permanecer de esa manera. Se han levantado de sus lechos, tumbas y mausoleos, tal vez sólo por esta noche o a lo mejor para siempre. No lo sé y no lo entiendo. Únicamente escucho sus lamentos colina abajo, sus pasos chocando contra las piedras, y percibo su pestilente y nauseabundo aroma.
            Ya alguna vez escuché que esto pasaría, decían que era anuncio del final de los tiempos o el inicio del día del Juicio. No lo sé. Seguramente me quedé dormido el día en que el sacerdote tocó el tema en los sermones del domingo. Pero sin importar el referente, jamás pensé ser testigo de algo semejante.
            Los escucho cada vez más cerca. Es cuestión de tiempo antes de que lleguen hasta mí. El castillo en el que habito ha sobrevivido casi tres guerras mundiales, innumerables rebeliones, las inclemencias del tiempo, en fin, casi dos siglos de desafíos. Pero no sé cuánto pueda soportar un ataque de esta naturaleza. Se percibe en el ambiente, deben ser cientos, si no es que miles, tal vez todo el pueblo.
Gemidos, gritos y silencio. Y una incansable marcha colina arriba, como si vinieran a buscarme, como si sólo faltara yo para completar su lista, y tuvieran todo preparado para reclutarme en su hediondo ejército de muertos vivientes. 

Tal vez para mañana ya no quede nada, sólo quedarán las ruinas de mi hogar sobresaliendo de la niebla, colina abajo los viejos árboles marchitos, y más allá de todo esto, vagará la muerte y el frío.   

El gafete

La foto de mi gafete es, sin lugar a dudas, la identificación más feliz que haya tenido en la vida. Por lo que desentona por completo con el rostro con el que día a día salgo de la casa, y con la cara de hastío y cansancio con el que diariamente deambulo por el metro con dirección al trabajo.
            Si comparamos la foto de mi gafete con la credencial para votar, el permiso para conducir, y el carnet de salud, pareciera que todas ellas están asistiendo al velorio de la primera, quien descansa sonriente y apaciblemente en su cama de plumas, mientras el resto refunfuñan, hacen muecas o lloran. En definitiva, es la identificación más feliz que vive en mi cartera. 
Incluso, aunque quizás exagere, sea el gafete más alegre de toda la compañía, ya que salgo incluso más sonriente que el mismo jefe. Recuerdo que cuando me la tomaron me pidieron que sonriera, que pensara en el orgullo que significaba ser parte de una compañía tan grande e importante, tanto nacional como internacionalmente. Me sugirieron que pensara en mi futuro en la empresa, mi propio desarrollo profesional, las posibilidades de ir escalando cada vez más grados hasta alcanzar, si es que lo ameritaba, un puesto en la junta directiva. En fin, un sin número de aspectos que, por su puesto, yo no tomé en cuenta.

Por lo que al momento en que el fotógrafo disparó del obturador de la cámara, yo recordé la sonrisa de mi esposa el día que aceptó ser mi novia, nuestro primer día cerca del mar, la primera noche en que nos entregamos por completo, la tarde en la que me dijo que sería padre, la madrugada en la que mi pequeña le regaló su primer llanto al mundo, y la mañana en la que mi princesa me dijo por primera vez: “papá”. Entonces me sorprendió el flash y quedó retratada para siempre esta sonrisa de idiota, que cada vez que la veo me hace divagar como un niño y viajar en el tiempo, hasta todos esos momentos, y al menos por un par de minutos, me parezca un poco al de la foto, y sea mi rostro y no el gafete, quien le regale una sonrisa a la vida.        

El fantasma acomedido

No todas las historias de fantasmas comienzan de la misma manera, pero irremediablemente, paso a paso todas nos van llevando al mismo desenlace; un hecho desagradable, temible u horroroso. Todas, salvo esta.
Resulta que por varios años habité una casa, en la cual se decía deambulaba un fantasma, motivo por el cual nadie quería habitarla. Por lo que los dueños se vieron obligados a rentarla a un precio demasiado módico, tanto que resultó irresistible para mi bolsillo, al grado que no me importó el fantasma y menos de una semana ya estaba instalada. No niego que tuve miedo, pero en ese momento lo que menos tenía era dinero.
La primera noche fue tranquila, sólo el ruido del viento que jugaba con las ramas, el rechinar de la tubería, el golpeteo de las gotas de lluvia contra las ventanas, en fin, ruidos propios de una vieja casa. Cené y, de lo cansada que estaba, dejé los trastes sucios y me fui a dormir. Pensé que mañana tendría tiempo para limpiar, y terminar de desempacar y ordenar las cosas.
Sin embargo al despertar, me encontré con la novedad de que los platos estaban limpios y en su lugar, pero no sólo eso, las cajas estaban vacías y acomodadas, la ropa yacía en los armarios, los libros en los estantes, ordenados alfabéticamente y por género, sólo había quedado uno, abierto en el escritorio, como si alguien lo hubiese tenido que dejar ahí apresuradamente.
Lo primero que pensé fue que había entrado alguien a la casa, pero ¿quién entra a un lugar, lo ordena, limpia todo y luego se va, sin robarse nada? “Mi mamá”, pensé, pero ella se encontraba a más de doscientos kilómetros de distancia. Sólo el tiempo fue disipando las dudas, regalándome una respuesta que la verdad no esperaba: “había sido el fantasma”.
Sin importar el desorden en que dejara las cosas un día anterior, a la mañana siguiente todo estaba ordenado, limpio, en su sitio, y con el libro abierto, cada vez diez páginas adelante.
Lo único que nunca estaba en su lugar era el libro, por lo que supongo que el fantasma lo leía después de sus quehaceres domésticos. Sin duda era un fantasma muy acomedido.
Así fueron pasando los días, mejoró mi situación laboral, empecé a ganar más dinero y como mi casa lucía impecable, hasta me sobraba tiempo para mí misma.
Todo siguió así, hasta que una mañana encontré el libro cerrado, como señal de que el fantasma ya lo había terminado de leer. En ese momento, no supe por qué, pero tuve unas ganas incontrolables de acudir a la librería más cercana y comprar otro del mismo autor, y lo dejé en el escritorio con una nota: “para ti”.
El día transcurrió con normalidad, regresé del trabajo y encontré el libro abierto, diez páginas adelantado, y en el reverso de la nota decía: “gracias”.
            La letra era temblorosa, esa experiencia en cualquier otro momento me hubiese puesto la piel de gallina, pero me sentí confortada. Jamás le había visto el rostro, no sabía si era “él” o “ella”, ignoraba si antes de morir quizás fue un sirviente o una doncella, pero la casa siempre estaba impecable, y no parecía que lo hiciera de mala gana, todo lo contrario, incluso tuve la intuición de que el fantasma, lo hacía como agradecimiento por dejarlo vivir, o lo que fuese que hiciera, conmigo.
Tenía ganas de conocerle, conversar un poco, no sé. Contrariamente a todo lo que se dice de los fantasmas, éste era uno bastante conveniente, porque hasta conocerlo, todos los lugares que alguna vez habité siempre fueron un verdadero desorden. Por lo que tan pronto terminó de leer el nuevo libro, le regalé otro, con una nota en la que le expresaba mi deseo de conocerle.
Como aquella primera vez, al amanecer obtuve mi respuesta en la misma nota, la cual decía: “Nos vemos a la media noche en el estudio”.
Yo estaba emocionada, no podía pensar en otra cosa, me alisté para ir al trabajo, sin importarme el desorden que dejara tras de mí, total, sabía que todo lo encontraría impecable a mi regreso. Ése fue quizás mi peor error, o el mejor de mis aciertos, porque sin darme cuenta me enredé con el cable de la secadora de pelo, trastabille y caí por las escaleras, encontrándome con la muerte.
Los dueños hallaron mi cadáver una semana después. Y convencidos de que me había matado el fantasma, ni siquiera volvieron a intentar poner nuevamente la casa en renta, dejando todas mis cosas en su interior.

Desde entonces vivo con el fantasma, bueno, aunque “vivir” es sólo un decir; él resultó ser un apuesto caballero, que en su otra vida fue un obsesivo compulsivo, amante del orden y un ávido lector. Por lo que las cosas siguen más o menos iguales, porque a pesar de estar muerta yo sigo siendo un desastre ambulante, lo cual lo mantiene entretenido. Incluso ya descubrí la manera de llegar a la librería, cada vez que se publica algo nuevo de su escritor favorito. De tal suerte que ahora hasta se rumora que hay un fantasma en la librería del barrio, pero bueno, así son las historias de fantasmas ¿no?      

Paladar delicado

La vida me ha enseñado muchas cosas, de las cuales, la mayoría jamás he empleado en mi día a día. Hasta la fecha nunca he tenido que sacar la raíz cuadrada de “algo” cada vez que salgo a la calle, ni me ha hecho falta saber cuál es la capital de Bulgaria cada vez que abordo el autobús, de igual modo, no se ha desmoronado el mundo si en algún escrito no he colocado los puntos sobre las “íes”. Pero sin duda hay datos que tal vez en su momento no me parecieron tan relevantes, pero que poco a poco se han vuelto fundamentales para mi vida cotidiana; como elegir la comida de acuerdo al aspecto de la mercancía disponible.
            Sé que un mango demasiado verde es ácido, o uno demasiado amarillo es muy dulce. Un jitomate aguado no dura mucho tiempo, y uno demasiado duro tal vez se descomponga antes de madurar del todo. En fin, una gran cantidad de simplezas que han hecho más fácil mi vida.
            Con base en la observación del comportamiento de otros animales, sobre todo de mi gato, llegué a una conclusión que ha cambiado por completo el sabor de mis alimentos: “no hay mejor aderezo que la adrenalina”. Si una presa muere placidamente, su sabor es tenue, casi nulo. En cambio, si antes de propinarle el golpe final, la víctima es perseguida, capturada, liberada, y vuelta a atrapar, en el clásico juego del “gato y el ratón”, el sabor se magnifica.
            Pero en definitiva, reconocer el sabor de la carne, sólo por su aspecto, es algo que ha afinado por completo mi exigente paladar. Antes pensaba que todo sabía igual, pero descubrí que el muslo de un ave, con grandes depósitos de grasa y fibra muscular, tiene un sabor más concentrado que el de la insípida pechuga, y así fui descubriendo sabores y los fui relacionando poco a poco con su aspecto y procedencia.
Por ejemplo; aquella mujer de cuello largo, nariz aguileña y ojos grandes, indudablemente ha de saber a pavo. O aquel hombre de allá, que lee el periódico con toda calma, de brazos y manos anchas, mirada profunda y rostro seco, sin duda ha de saber a res. O aquél de más allá, que observa su jardín, con rostro bonachón, orejas largas, boca grande y labios semiabiertos sin duda ha de saber a cerdo. Aquella joven atlética que va de aquí para allá en marcha constante, tal vez originalmente tendría sabor a pollo, pero con base en determinación y constancia, ha alcanzado el fino sabor del venado. En fin, predicciones que me han permitido elegir siempre lo mejor, en los momentos más desesperados.

              Bueno, pero eso es sólo un poco de lo que he aprendido en los últimos años, ya más tarde te contaré mi experiencia como peletero, y cómo elegir las mejores pieles para cada cosa. Pero hablar de tanta comida me ha abierto el apetito, por lo que me perdonarás, pero me retiro, tengo una presa que cazar. Esta mañana amanecí con antojo de algo dulce, y por eso te atrapé a ti, pero no puedo dejar pasar la oportunidad de volver a comer carne de venado. Mas no te preocupes, ya tendré hambre más tarde, o quizás sólo regrese por tu piel, resulta que siempre quise una chamarra con lunares como los tuyos.  

Especial

Mi hija es especial, pero no lo digo como la mayoría de los padres se expresan de sus hijas, ya que la mía lo es de “verdad”.
            Cuando mira no sólo observa, más bien “atrapa” con la mirada, y me regala tanta belleza, que a veces no sé si soy yo quien le enseña a ella, o es mi pequeña mi mejor maestra.
            Me abraza sin pretextos ni engaños, ya que no hace falta nada de esto para manifestar su amor o cariño. No mimetiza sus emociones, es trasparente y tan llena de calidez que no dudaría en afirmar que entre sus brazos descansa la fogata que da fuego a mi hogar.
            No es muy buena hablando, pero con sólo una mirada ya sé qué siente, qué piensa, qué quiere, qué sueña. Y su amor es tan abundante que se desborda como mares, que encuentran sus costas en el regazo de su madre y padre.

            Mi hija es especial; por ser “mi niña”, “mi ángel”, “mi maestra”, “mi faro”, “mi estrella”, y no sólo por tener un cromosoma extra.    

El coronel gallo

Hablando de bigotes, nunca se había visto uno más largo y tupido que el del coronel Gallo; tres pelos que, para alguien de su especie, era toda una jungla capilar, lo que lo volvió el gallo más varonil de toda la granja.
            Su carácter era indómito e implacable como el tiempo, forjado en años de disciplina militar, que lo convirtió en el coronel más respetado de todo el gallinero.
            Gallardo como ningún gallo, fuerte y valiente, al grado que hasta los canes del granjero se le cuadraban al verle aparecer por los campos.
            Incluso algunos aseguraban que hasta el mismo sol lo miraba con respeto, al grado que el astro rey esperaba verlo en la cerca mayor, en espera de su canto, para decidirse a alumbrar al mundo. De tal suerte que en una ocasión, que el coronel Gallo regresó más tarde de lo esperado, el sol salió hasta el medio día.
            Pero lo que más sorprendió a todos, incluso a los más allegados al coronel, fue la vez que un coyote malvado, viejo acechador de la granja, le impuso una serie de retos, a cambio de dejar en paz al gallinero. En total tres desafíos.
            El primero fue robarle un rayo al cielo. Lo cual consiguió después de dar un fuerte cacareo, tan fuerte que se estremeció la tierra, se detuvo el tiempo por un segundo, y un relámpago cayó, a sólo unos metros del coronel Gallo.
            El segundo desafío fue captar la esencia del silencio. Lo cual consiguió con otro cacareo, aún más fuerte que el primero, que hizo cimbrar la tierra, detuvo el tiempo por dos segundos, y dejó a todos en silencio, por más de una hora.
            El tercer desafío no fue un reto imponente como los primeros dos, pero sin duda era uno imposible para cualquier gallo, ya que consistía en “poner un huevo”. Eso dejó tenso a todos, incluso a los perros que veían todo lo ocurrido, guarecidos entre las pacas de pastura. Entonces el coronel respiró profundamente, miró directo a los ojos del coyote, y cacareó aún más fuerte que las veces anteriores, cimbrando el doble los campos, deteniendo el tiempo hasta por tres segundos y al final... “puso un huevo”.
            Todos quedaron boquiabiertos, hasta el propio coyote malvado, quién no tuvo otra opción más que respetar el resultado de sus desafíos y dejó de molestar al gallinero por siempre. Incluso, hasta el día de hoy, ningún coyote se ha atrevido a merodear por la granja, y el coronel se convirtió en leyenda.

            Lo que nadie sabía, y los que lo sospechaban callaron, fue admitir que el tercer desafío siempre fue el más fácil de todos, porque en el fondo, el gallardo, varonil e indómito coronel Gallo, siempre fue una gallina.

El álbum

Tengo un álbum en blanco, destinado para ti. Cien páginas que aguardan atesorar tu memoria. Congelando un instante el tiempo y dándole vida eterna al recuerdo. Como una chispa en espera de la pólvora que avivará la nostalgia y traerá el ayer al mañana.

Una página por cada año que cumplas. Para que los recuerdes todos. Para no perderme ninguno.

Temeroso quizás, de que tal vez no llegues a ocuparlas todas, pero así es esto, nadie tiene la vida comprada. Mas soy consciente de que al final no seré yo quien coloque la última foto, cuando cierres los ojos y ya no haya en el mundo ninguna otra razón por la cual despertar cada mañana.

viernes, 22 de mayo de 2015

La canción

Llevo más de treinta y cinco años en este negocio, y aún recuerdo con qué nerviosismo la banda y yo nos presentamos a nuestra primera audiencia; diez o doce personas, contando a las dos meseras y al cantinero, en aquel pequeño bar del barrio. Éramos cinco jóvenes que no contábamos con la edad suficiente para votar, o entrar como clientes a ese mismo lugar, pero teníamos más ganas de tocar nuestra música que talento para interpretarla.

Con un repertorio de no más de siete canciones, compartimos el escenario con otros tres grupos más experimentados, pero con rostros cansados, quienes preguntaban cuánto se les iba a pagar antes que cuántas, o qué canciones habrían de querer escuchar esa noche. Ellos sólo se nos quedaban viendo y cuchicheaban acerca de lo ilusos, ingenuos o estúpidos que éramos y lo pronto que caeríamos por esa misma ilusión, ingenuidad o estupidez.

            Recuerdo que fuimos los primeros de esa noche. Cinco soñadores, cada uno a cargo de su propio instrumento, alquilado o prestado; Nacho en la batería, Chema en la guitarra, Rafa en el bajo, Xavi en el teclado y yo en la voz. Todos juntos éramos los “Rayos U-V”. Por que no se ven pero como fastidian, solíamos decir en tono de broma.

También recuerdo la primera canción; era simple, corta, pero nuestra. Todos tuvimos un poco que ver con ella, aunque la paternidad de la letra era absolutamente mía. Era y sigue siendo una historia común; una chica, un chico, un auto, un amor y una despedida. En fin, el tipo de historia que un chico de diez y seis años escribiría. Recuerdo que esa noche nos salió perfecta, lástima que a nadie le importó. Los clientes del bar ni siquiera nos voltearon a ver, pero aún así les agradecimos su atención y apoyo.

            Pasaron los años y nos seguimos presentando en pequeños locales, así como tocamos las puertas de algunas disqueras (igualmente pequeñas) con la esperanza de que alguien nos diera una oportunidad y escuchara lo que teníamos que ofrecerles. Habíamos grabado una cinta con treinta canciones, todas nuestras. Pero sistemáticamente las disqueras echaban nuestro trabajo a la basura, sin oír más que la melodía de la primera.

Entonces decidimos reducir el contenido y presentar sólo un demo o maqueta con dos o tres canciones, las que considerábamos mejores, entre ellas aquella primera canción. Hasta que un buen día un productor nos prestó atención, decidió arriesgarse con nosotros y accedió a escuchar un poco más de nuestro repertorio, con la oferta de grabarnos un disco si es que le gustaba lo demás. Por suerte así fue y en la primavera de nuestro quinto año como agrupación, nerviosos como aquella primera noche, los cinco muchachos que ya teníamos la edad suficiente para votar (y otras cosas), nos presentamos nerviosos a aquel pequeño estudio de grabación para hacer realidad nuestro sueño; el primer disco, ya no como “Rayos U-V”, sino, simplemente como “U-V”, porque decían que era más comercial y menos rebuscado.

            Al principio nadie notó nuestra presencia en el mercado musical. Pero poco a poco empezamos a sonar en las estaciones de radio, primero en las locales y luego a nivel nacional, con aquella primera canción. El disco se empezó a vender muy bien, y al mismo tiempo que preparábamos nuestros primeros conciertos formales como teloneros de otras bandas más importantes, preparábamos las canciones que habrían de venir en nuestra segunda producción. Aún teníamos más ganas que talento, pero sabíamos que llegaríamos muy lejos.

            El segundo disco resultó más exitoso que el primero, pero el triunfo no vino sólo, pues llegó acompañado de más responsabilidades, un poco más de dinero, nuestros primeros conciertos como titulares, más tentaciones, ausencias de casa y alejamiento de la familia. Pero seguíamos persiguiendo nuestro sueño, queríamos dar a conocer a la mayor cantidad de personas nuestras canciones, y si para hacer eso era necesario no dormir por varios días, eso habríamos de hacer.

Pese a la naciente fama, seguíamos siendo simples, auténticos y agradecidos. En todas nuestras presentaciones tocábamos esa canción que nos había abierto las puertas a todo eso, aunque ya no se oía tan inocente como entonces, pero seguía siendo sencilla y nuestra.

            No todo fue miel sobre hojuelas, poco a poco a la prensa especializada ya no le parecía tan interesante hablar de nuestra música, sino de nuestra vida privada; estaban más curiosos de saber qué preferencias sexuales teníamos, o si consumíamos drogas, o si teníamos conflictos familiares (o entre nosotros), y otras cosas semejantes, antes que hablar de nuestro trabajo. No nos preguntaban cómo nos conocimos, cuándo decidimos formar la banda, o el por qué del nombre, es más, quizás ni siquiera sabían cómo nos llamábamos. Eso sí, nos preguntaban qué opinábamos de tal o cual persona o dicho, o de tal grupo o medio de comunicación. Pero eso no nos importaba entonces, aunque luego nos resultaría demasiado molesto. Pero en ese momento estábamos dispuestos a saborear las mieles del éxito, auque éstas estuvieran acompañadas de un veneno lento que no supimos, o pudimos distinguir oportunamente, hasta que nos consumió de lleno, y nos volvimos parte de lo mismo que criticábamos en un inicio.

            El tercer disco se vendió tan bien como el segundo y fue nuestro trampolín a la internacionalización. Nosotros, que no conocíamos ni siquiera todo el país, nos topamos con la noticia de que nuestras canciones y un disco recopilatorio de los primeros dos, ya se escuchaban con mucha energía del otro lado del mundo. Se empezaba a hablar de una posible gira en el extranjero. Era como un sueño hecho realidad, que poco a poco se volvió otra cosa, cuando no nos dimos cuenta de que ya no preguntábamos cuántas o qué canciones querían escuchar, sino cuánto habrían de pagar por vernos y escucharnos en directo.

Nos volvimos soberbios y llegamos a pensar que el éxito y aceptación del público era algo que nos merecíamos de antemano, y no como una conquista diaria. Ya no sentíamos que tuviéramos que convencer a nadie. Pensábamos que teníamos al público en nuestros bolsillos, cuando lo único que teníamos eran sus billetes… en fin, quizás creíamos que eran lo mismo. Ya no nos preocupábamos por la música o letra de nuestras canciones, pensábamos que bastaba con que los fanáticos supieran que habíamos sacado un nuevo álbum, para que salieran como locos a las tiendas para apoderarse de una de las copias. Nos embriagamos de éxito, alcohol, tabaco, soberbia y otras drogas.

            Las presentaciones personales y conciertos eran un fiasco. Ya no nos preocupaba sonar o cantar bien. Incluso llegamos a subir a los escenarios tan borrachos que los conciertos duraban sólo unos minutos, o tan drogados que después de tres horas ya no sabíamos ni lo que estábamos haciendo ahí.

Ni hablar de aquella primera canción, eso era algo del pasado, cuando no éramos nadie y queríamos serlo. Pero en ese momento éramos algo que parecía querer desaparecer por completo, tal como había nacido; poco a poco.

            Rafa fue el primero en dejar la agrupación. Una noche, después de una presentación y por culpa de los excesos, conoció a la muerte al impactar su vehículo contra otro que estaba estacionado. Fue un duro golpe para todos, pero no demasiado contundente como para hacernos entrar en razón, ya que el mismo día que enterramos a nuestro bajista, los cuatro restantes nos emborrachamos hasta ya no poder recordar nuestros nombres, o la razón por la que habíamos empezado a beber ese día. Pero lo peor fue que para la mañana siguiente, la disquera ya tenía una lista de prospectos a ocupar el lugar de “Rafita”. Ese día nos dimos cuenta que no éramos indispensables.

            El siguiente disco no tuvo tan buena recepción como los anteriores y como era de suponerse empezaron las críticas más devastadoras. Al principio desde afuera; medios especializados y otras bandas. Después al interior del grupo y la disquera. Todos responsabilizábamos a los otros y no éramos capaces de admitir nuestros propios errores, por lo que seguimos repitiéndolos hasta llegar al quinto disco. Éste era tan malo que ni siquiera la disquera confió en recuperar su inversión si lo sacaba al mercado, y prefirió dejarlo embodegado hasta que no tuviera más remedio que darlo a conocer.

            Por su puesto que culpamos a la disquera del fracaso (por no respaldarnos), al productor (por no grabarnos bien), a la familia (por no brindarnos el apoyo suficiente y demandarnos más tiempo del que podíamos ofrecerles), a los fans (por no comprar más nuestros discos), a los medios de comunicación (por no sacarnos en sus espacios), y hasta a Rafa (por morir de una manera tan absurda).

Poco a poco todos estos elementos fueron desapareciendo; primero el productor y la disquera, después los medios de comunicación, seguidos por los fans, y al final la familia. Nosotros que lo teníamos todo, y a todos los amigos que el dinero podía comprar, tan pronto se fue el capital, las casas, los coches, el alcohol, el tabaco, las drogas, las mujeres y los amigos se fueron con él. Lo habíamos perdido todo tan vertiginosamente como había llegado.

La banda se disolvió meses más tarde, así como llegó a la cima; poco a poco. No hubo conciertos de despedida, ni un disco compilatorio de nuestros grandes éxitos, nada. Tal y como pasó en aquella primera presentación nos fuimos sin que nadie lo notara, ni pusiera una objeción al respecto. Ya no éramos esos cinco soñadores que querían tocar las estrellas con sus canciones, sino cuatro patanes y un colado, que estábamos tan ensimismados que nos importaba muy poco o nada lo que le pudiera pasar al otro, sobretodo al quinto miembro no invitado.

Yo seguí cantando como solista y conseguí un representante con lo poco que me quedaba. Ahora era más fácil contratarme, no era lo mismo pagarle una moneda a cada miembro de la banda que darle dos a la voz y casi nada a los músicos que lo acompañaban. Me sentía libre de componer las canciones que me diera la gana, y de la manera en como quisiera, pero solo. Paulatinamente me fui volviendo “monocromático”, de hecho así fue como llamé al primer disco en solitario. No fue un éxito, pero tampoco un fracaso como los últimos dos que había sacado con la banda. Yo ya no quería saber nada de ellos, y cada vez que alguien me preguntaba por el grupo, daba por terminada la entrevista y me retiraba del plató.

Por terceros, sabía que Chema tenía un bar y se había divorciado otra vez. Nacho era productor en una de las disqueras que nos habían cerrado las puertas quince años atrás, y vivía felizmente casado con Laura (su novia de toda la vida). De Xavi no sabía nada hasta que una mañana, antes de alistarme para salir a dar una entrevista a un programa matutino de televisión (por motivo de mi cuarto disco en solitario), me enteré por medio de la misma televisora que habían encontrado a Xavi en un miserable cuarto de hotel, muerto por una sobredosis de drogas, mezcladas con alcohol y algo de soledad. Inmediatamente le hablé a mi representante para que cancelara la entrevista, y sin darle la más mínima oportunidad de contradecirme, colgué y me fui al lugar del sepelio.

En la funeraria ya estaba Chema con Patty (su nueva esposa) y Nacho, en compañía de Laura y sus dos hijos, acompañados por sus respectivas parejas. ¡Cómo pasa el tiempo! Tan pronto me vieron, ellos se acercaron a darme un abrazo y llorar conmigo. De esos cinco muchachos soñadores ya sólo quedábamos tres hombres maduros que cargábamos con la memoria de dos amigos muertos.

–Cómo es la vida ¿no? –comentó Chema con la voz entrecortada.

–Parece que sólo podemos estar en paz en los sepelios –remató mordazmente Nacho, quien siempre fue el más centrado de los cinco.

–Dejemos esto para otra ocasión, que hoy estamos aquí por Xavi –agregué y les volví a dar un fuerte abrazo.

Después de enterrar a nuestro amigo, nos reunimos los tres en la casa de Nacho. Ahí, entre pláticas regresaron algunas anécdotas de los momentos que compartimos juntos los cinco originales. Las cosas malas, las buenas, las canciones y aquella primera que nos abriera las puertas.

–Aún me la siguen pidiendo en los conciertos –comenté.

–Por cierto, ¿ya habrá salido a la venta nuestro quinto disco o seguirá congelado por ahí en la bodega de la antigua disquera? Porque yo no lo he visto por ninguna parte, ni siquiera pirata o en la Internet –dijo Chema y todos nos soltamos a reír.

En fin, volvimos a ser amigos (aún más que antes) y al final de la velada brindamos por los dos “U-V” que se nos habían adelantado. De repente una pregunta (de Laura) nos movió el piso y corazón a todos;

–¿Por qué no se reúnen otra vez?

–Sería bueno… digo, antes de que muera otro y los U-V termine siendo sólo un dueto; U y V –dije muy serio, pero después de un largo silencio nos soltamos a reír todos.

Unas cuantas semanas después, Chema fue a buscarme al terminar una de mis presentaciones. Me dio mucho gusto volver a verlo, ahora bajo mejores circunstancias. Nos tomamos una copa (sólo una) en un pequeño restaurante que había por ahí, y como no queriendo la cosa preguntó si iba en serio la posibilidad de reunirnos otra vez, o sólo lo había dicho para salir del aprieto airosamente.

Mi respuesta fue sincera, le confesé que si bien aquella noche no lo decía enserio, si me volvieran a realizar la pregunta respondería de la misma manera, pero ahora sin ningún tono de broma.

–Hablemos con Nacho, si el está dispuesto y también tú, pongámosle fecha al concierto –le dije y sus ojos se iluminaron como aquel día que les avisé que había conseguido unos cuantos minutos en el escenario de aquel pequeño bar del barrio.

            Bastó un mes para que todos se enteraran de nuestro regreso. El boletaje se agotó en minutos y el auditorio donde se habría de dar la presentación, parecía insuficiente para albergar a todos los que querían ir a vernos. Pensábamos toparnos con puros contemporáneos, pero nos llevamos la grata sorpresa de encontrarnos con personas de todas las edades, incluyendo jovencitas y muchachitos que no habían nacido cuando el grupo se había separado. Todos con nuestros discos (ahora remasterizados) en las manos y gritando nuestros nombres, como si nunca nos hubiéramos ido, o siempre hubiéramos sido parte de sus vidas.

            En fin… todo está listo. Hoy es el gran día y mañana sólo será historia. Estamos tan nerviosos como cuando salimos por primera vez al escenario, algo más viejos, pero igual de ansiosos por darles a conocer a la mayor cantidad posible de personas nuestras canciones, quizás hasta nos animemos a tocar los temas de nuestro quinto y nunca editado disco. Lo que sabemos es que no faltará “la primera canción”, con la que debutamos hace más de treinta años; una historia simple, sobre una chica, un chico, un auto, un amor y una despedida.

Como un maldito zombi

La ciudad despierta aún antes de que lo haga el sol. La oscuridad me acompaña y yo sigo el camino de una legión de “zombis” que van atropellándose entre ellos, con las miradas perdidas, e inmersos en sus propias preocupaciones o en las diminutas pantallas de sus dispositivos personales de comunicación. Tienen tanta prisa que a veces me pregunto si son aún conscientes de su propia “finitud”, o se ven a sí mismos como un puñado de hormigas que marchan sin descanso, sólo por seguir su “naturaleza”.
            Día a día es lo mismo; “quejas”, “gritos”, “insultos” y “gemidos”. Algunos parecen más conscientes que otros y arengan sobre asuntos que prometen una chispa de vida, entre tantas miradas vacías, pero al final se vuelcan en la misma podredumbre, una que “vuela como un billete y gira como una moneda”.
            Trabajo más de ocho horas al día en un lugar que cada vez me ha vuelto más miserable. No me gusta lo que hago, no disfruto de mi hogar, ni de mi familia, y estoy seguro que el sentimiento es recíproco. Sé que mi mujer se acuesta con su jefe, y a juzgar por su mirada, lo ha de disfrutar tanto como un gorrión de la compañía de un gato. Ella bien podría conseguirse otro trabajo, pero no lo hace, y no la culpo, ¿qué otra cosa puede hacer siendo un zombi?
            A veces me siento el único hombre vivo sobre este planeta, pero el vacío en mi pecho y el eco en mi cabeza, me desengaña. Bien podría detenerme, cambiar de ruta, separarme de mi mujer, irme de la ciudad, perderme en una isla desierta, pero no lo hago. Quiero hacerlo, lo necesito para volver a sentirme un ser humano, pero aún así no lo hago y sigo mi camino. De reojo miro el reloj y continúo sin ganas de nada.
            La prensa vende muerte y los cadáveres se desangran entre sus páginas. ¡Qué envidia! Mientras uno sigue aquí, dejando escapar la vida o quizás simulando que aún vivimos. Andamos sin rumbo, aprisionando el instinto, flagelando la tierra, enviciando el aire y enturbiando las aguas.

            Sólo un par de ideas me sacan de la rutina; dos chispazos que hacen que al menos una vez al día se dilaten mis pupilas, devolviéndole un poco de humanidad a este trozo de carne gris y pútrida. Lo primero que se me ocurre es conseguir una sierra eléctrica y arrasar con cuanto zombi encuentre en mi camino. Sin duda le haría un enorme favor a este planeta, pero desisto. Y lo segundo es adquirir un revólver y exterminar a mi peor enemigo: “yo mismo”. Sólo así se terminará este vivir sin vida y sentir sin sentido. De un plomazo en el cerebro, sólo por si las dudas, como un maldito zombi.

Nada personal...

Esa mujer de allá, la que no teme subir al vagón repleto de gente, la de larga melena, ropa ligera, mirada penetrante y aura de sensualidad en cada centímetro de su cuerpo, se llama Victoria y era mi socia, mi modelo, mi distracción, mi amante y mi cómplice. Ella era la modelo que sujetaba el pañuelo mientras escondía en el sombrero de copa el conejo, cuando era reconocido como un gran prestidigitador, y Victoria sólo era la mujer guapa que captaba la atención, hasta el momento preciso en el que mi acto le robara los aplausos.
            Eso fue hace algún tiempo, pero lo recuerdo vívidamente. No teníamos ningún teatro, ni un salón de eventos; sólo éramos ella, humo, espejos, un poco de utilería y yo, cargando con todo. Sólo hacía falta una plazuela, un par de metros de acera, su ropa ligera y mi habilidad de hacerle creer a los demás que lo que hacía era realmente “magia”.
            Victoria siempre supo como “encantar” a la gente. Y aún hoy en día no sé si fui yo quien se acercó a ella, o viceversa. El caso es que no recuerdo ningún “acto” sin ella, al tiempo que me duele admitir que me incomoda ver lo bien que se las ha arreglado para seguir sin mí.
            Desde que la conocí supe que ella cambiaría mi vida. Lo admito, primero por su belleza, pero luego por esa peligrosa mezcla de “pasión”, “ambición” e “impaciencia”. Victoria hechizaba a las personas con sólo una mirada, y las hacía levitar con su sonrisa. Confieso que más de una noche me llevó al paraíso más carnal que jamás hubiese vivido, aunque en el fondo supiera que no era nada personal, sólo negocios.
            Las plazuelas no tardaron mucho en ser insuficientes para su voracidad monetaria, pero ante la ausencia de un mejor escenario, un día me pidió que me “dejara de juegos” y empezáramos a ganar dinero. Sólo entonces fue que la conocí realmente: “fría”, “calculadora” y “divina”. Con esa perversión que sólo un ser celestial puede tener, al arrasar con todo y ver a los demás como insectos, con tal de alcanzar sus objetivos.
Entonces cambiaríamos la luz y amplitud de la calle, por un escenario pequeño y cerrado. Demasiado pequeño y claustrofóbico para mi gusto, pero que, al menos para ella, prometía más dinero. Quisiera decir que la elección fue un teatro, pero no, Victoria eligió al metro, arrojó mis utensilios de magia a la basura, y me dejó en claro que “la ilusión” no nos haría ricos, pero “el robo” quizás sí.
            El acto era simple, el más simple de todos, pero tan efectivo, que si no fuera por mi falta de visión sobre las prioridades, tal vez seguiríamos juntos. Yo tenía que abordar el convoy en la estación “Pantitlán”, mientras ella me esperaba en “Chabacano”. Empezábamos por ahí de las dos de la tarde, cuando la gente salía a comer, cargaba dinero consigo y abarrotaba los vagones. Ella vestía un aparatoso saco, y debajo de éste una blusa tan delgada que no hacía falta visión de “rayos X” para deleitarse con sus curvas, y una falda tan corta que incluso podría robar la respiración de un ángel eunuco.
Victoria ingresaba en el vagón, como si un halo le abriera paso, y adentro, entre el calor de la multitud, se despojaba de su abrigo, deleitando a todos los presentes, distrayéndolos el tiempo suficiente para que yo hiciera “mi magia”, les quitara sus billeteras, y abandonara el tren en la estación más cercana. Repetíamos el procedimiento de tres a cinco veces al día, y al llegar la noche, nos repartíamos las ganancias, que en verdad superaban por mucho lo obtenido en nuestra mejor tarde en “El parque de los coyotes”. 
            Y así fue, hasta que un día olvidé que mi trabajo era no ser notado, y reaccioné violentamente cuando un pasajero no se conformó con sólo “mirar” y estiró la mano más de la cuenta, justo hacia las caderas de Victoria. La verdad no sé qué me pasó, los dos sabíamos que ese riesgo era parte del juego y ella lo había aceptado sin titubeos. Pero por un instante perdí la cabeza, golpeé al susodicho, que resultó ser un hombre de la tercera edad, y casi el vagón entero se abalanzó en mi contra. Sin duda esta ciudad es una jungla, pero si se lo propone, puede ser aún más salvaje.
            Aún me duelen aquellos huesos que ni siquiera sabía que tenía, y de vez en cuando, sobre todo cuando llueve, siento que vuelven a quebrarse simultáneamente. Pero la verdad no sé si me pesó más saber que jamás volvería a sacar un ramo de flores, una carta o un conejo de mi sombrero, o ver cómo se alejaba ella, dejándome arrastrando a sus pies. 
Desde entonces no la había vuelto a ver hasta ahora, ella sigue haciendo lo mismo, seguramente ya se ha conseguido a otro socio que complemente su acto, mientras yo me conformo con recorrer los vagones en pos de la caridad de los otros.

Agito un envase de aluminio con unas cuantas monedas y de reojo la observo. Por primera vez en mucho tiempo, descendemos en la misma estación, y por un segundo que marcha sin prisas, nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos. Ella me sonríe, deja caer un billete en mi lata y me dice, casi susurrando: “Nada personal, sólo negocios”. 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Semilla

Desde muy pequeño, antes de saber de dónde vienen los niños o cuál es el sentido de ir a la escuela, mi madre me enseñó el misterio del origen de la vida, contenido en una simple semilla de frijol. Con sólo tierra, un poco de agua, sol y la voluntad de crecer, fui testigo de tal prodigioso “milagro”, al ver día a día cómo es que ese impulso vital, obligaba a una insipiente planta a abrirse camino entre la tierra, como un gusano ciego que se ha puesto como meta alcanzar al sol.
            En mi infantil inocencia, puse en práctica el conocimiento adquirido; primero con una semilla de limón, después con una de mandarina, jitomate, chile verde, y más tarde hasta con una manzana. Ninguna superó el índice de crecimiento de aquel primer frijol, pero invariablemente todas brotaron, como si cada una buscara su trocito de cielo y, al cabo de algún tiempo, me dieron limones, mandarinas, jitomates, chiles verdes y pequeñas manzanas, respectivamente. Por lo que, al menos para mí, esta forma de regalarle al mundo más vida, a partir de un cuerpo aparentemente inerte, estaba más que demostrada y tenía que funcionar con cualquier cosa. Me sentía un agricultor de la vida, como si la preservación de la misma descansara en mis pequeñas manos. Hasta que puse en práctica el mismo principio, pero fuera del reino vegetal.
Recuerdo que estaba en el parque, jugando con mis canicas, cuando vi un pequeño cuerpecito emplumado, recostado sobre una piedra. Al principio pensé que dormía, pero al acercarme me di cuenta de que en realidad estaba muerto. No sé cómo pasó, pero ante mí tenía el cadáver de un hermoso pajarillo rojo, y sólo podía hacer una de dos cosas; dejarlo ahí y seguir con mi juego, o poner a prueba, una vez más, aquel milagroso conocimiento.
            Primero que nada, busqué el lugar ideal para “sembrar” al pajarito. Tenía que ser un sitio que yo pudiera localizar con facilidad, porque era conciente de que un “árbol de pajarillos” no habría de crecer tan rápido como uno de limones o manzanas, y yo sería el único responsable de regarlo y cuidarlo de las inclemencias del tiempo. Por lo que, después de una breve deliberación, decidí que en medio del parque era el lugar indicado para desarrollar mi tarea. Entonces tomé con delicadeza el cuerpecito del ave, y armado con una piedra y un palo, empecé a cavar el agujero donde habría de sembrar mi “arbolito”.
            No falté ni un solo día, por semanas, meses y hasta un par de años. Pero por más que lo regaba, cuidaba y hablaba, como a mis demás plantas, jamás se asomó ni un pequeño brote. Eso hacía que me sintiera triste y confundido, por lo que acudí con mi madre y le platiqué todo lo que había ocurrido. Ella me miró con los ojos humedecidos, me regaló una tierna sonrisa, acarició mi rostro y manos, y me explicó que el asunto de la semilla en la tierra sólo funcionaba con las plantas, y que los animales, como nosotros mismos, ante el tibio abrazo de la tierra, sólo experimentábamos la “desintegración”. Supongo que ese día se fue despidiendo de mí la inocencia.
            La vida siguió, nos mudamos a la ciudad, crecí, terminé el colegio, y dejé de ser un niño para convertirme poco a poco en un “hombre”, tan práctico como cualquiera, y tan desencantado de los milagros como todos. Varios años después me casé, y luego de dos años de matrimonio nació “Diego”, mi hijo; con unos ojos tan grandes y expresivos, que parecía quererse comer al mundo con la mirada, y tan curioso e inquieto como lo era yo de niño.
            En la ciudad hay pocas cosas seguras para un pequeño, por lo que para permitirle a mi hijo explorar a sus anchas y sin riesgos, su propia curiosidad e inteligencia, mi esposa y yo decidimos marcharnos a la provincia que me vio nacer.
            Regresar a ese lugar fue revelador para los tres, porque tanto para Diego como para mi esposa, todo eso era algo nuevo e incluso mágico, mientras que para mí era volver a casa, como si no hubiese pasado ni un solo día desde que dejé sus prados y me despedí de sus sabores y aromas. Por lo que se me ocurrió llevarlos a conocer aquel parque, en el que inocentemente creí que podría cosechar vida de un pajarillo muerto.

            Mi esposa estaba encantada con el paisaje; lleno de árboles, ardillas y hasta un pequeño riachuelo. Dieguito parecía incrédulo ante tanta vida, y yo estaba feliz de regresar ahí con ellos. Respiramos hondo, dejamos que el aire puro desplazara el oxígeno quemado de la ciudad de nuestros pulmones. Yo estaba a punto de contarles sobre mi joven fascinación con las semillas, cuando mi hijo y su mamá señalaron maravillados hacia el centro del parque, justo donde había enterrado el cadáver de aquella avecilla. En es lugar, para mi sorpresa, resaltaba un hermoso y frondoso árbol, lleno de pajaritos rojos.   

Libre

Detrás de mí descansa un muro, donde termina el camino y quizás también termine mi vida. Del otro lado sólo hay sombras, pesadillas y memorias que se confunden con la oscuridad de la noche. Mis padres, hermanos y amigos…, todos ellos conocieron la muerte tratando de llegar aquí, justo donde mis pies cansados no saben si seguir adelante o morir sin dar más batalla.
            Escucho sirenas, pisadas y vehículos, y veo un reflector que pastorea los alrededores, por lo que sé que no demorarán mucho en dar conmigo. Sé qué es lo que tengo que hacer, pero no sé cuál pudiera ser el sentido. Pienso que ya no sólo lo hago por mí, sino por aquellos que ofrendaron su vida por ponerme del otro lado del muro. Pero ya no quiero seguir, cierro los ojos y lanzo una inútil plegaria, a un Dios que se ha visto ausente, rogando que hubiese sido otro y no yo, el que estuviese aquí. Sé que puede parecer ingrato, pero por un segundo envidio la suerte de los que no pudieron hacerlo.
            Entonces recuerdo la vida antes de la guerra; los juegos, la escuela, mis amigos, mi familia. Me pregunto qué es lo que estaría haciendo ahora mismo, si es que nunca hubiese ocurrido la invasión, si no tuviese la fe que profeso, o no existieran los campos de concentración. Tal vez ahora mismo estaría cenando en casa, o quizás discutiendo con mi hermano mayor por obligarme a ir a la cama antes de tiempo. No lo sé. Quizás no estaría haciendo nada, sólo observar la vida pasar, contando las estrellas, o buscando las respuestas de todas mis preguntas en el tazón de la sopa.

            Pero ahora tengo muy poco tiempo para soñar, por lo que dejo mis lágrimas para otro momento, me despojo del sometimiento y de la denigración, me arropo con el silencio y la complicidad de la noche, y me alejo de aquél paredón, con una marca indeleble que va más allá de mi piel y huesos. Es hasta entonces que me percato de que ahora enfrento una amenaza mucho más intimidante que un pelotón armado con cañones cargados y humeantes. Pero lo hago sin miedo, porque ya lo he perdido todo. Tomo una bocanada de aire y corro con todas mis fuerzas. No lo sé, pero quizás corra en pos de mi muerte, pero lejos de este muro de desolación. Tal vez esta misma noche exhale mi último aliento, sólo “tal vez”, pero de ser así, sé muy bien que habré muerto “libre”.

Un nuevo día

Anoche tuve la misma pesadilla. Ya van varias noches seguidas que ese mal sueño me persigue, y aún al amanecer, la zozobra me acompaña. Ahí sentí mis manos toscas, mi rostro cansado y la espalda rota, de tanto servir a un dictador con “manecillas”, de mirada fría y corazón de acero, que pide y no da tregua, que te ahoga y exprime hasta que ya no queda gota de nada.
            Soñé con un cielo gris, de humo y muertos, infestado de partículas de veneno pestilente, sin estrellas más allá del firmamento, ni un sol del otro lado del horizonte.
            Soñé con un mar muerto, como un estanque de aceite detenido en el tiempo, sin luz, sin olas, sin espuma ni vida.
            Soñé vivir en un mundo enajenado, donde a nadie le importaba lo que el resto hacía, ni a mí me interesaba mi suerte, ni mi carne, ni el destino de mi alma, gris, marchita, fugaz… e inexistente.

            Soñé y desperté llorando en mi cama de hojas de olivo, abracé al sol que acariciaba mi frente, me despojé de mi cobija de cielo, sacudí la pereza en el pozo del olvido, tomé mi impermeable rojo y, aún con lágrimas en el rostro, monté al lomo de Lucy, mi fiel compañera marina, y juntos surcamos el océano azul de estrellas, en pos del horizonte más cercano, con mi inseparable caña lista, para atrapar, como cada mañana, el despertar de un nuevo día.