domingo, 15 de noviembre de 2015

Al otro lado

La sanidad mental es un engaño; un baile de máscaras, una puesta de escena en la que todos aparentamos ser lo que los demás esperan que seamos, reteniendo en cautiverio nuestra propia naturaleza; los apetitos salvajes, la locura, la sed de sangre, la bestia.
            Pero en privado somos como niños, dejamos aflorar nuestros gritos, risas, llantos, gases y demonios. Tocamos lo que se nos había prohibido. Decimos lo que solemos callarnos. Dejamos que nuestros pensamientos se vistan de voz y cuerpo, como criaturas salvajes, conscientes de que no habrá más testigo que la mirada que nos devuelve la sonrisa al otro lado del espejo.
            Luego retomamos la máscara, la careta social oculta la mueca demoníaca, la ropa y el calzado cubren nuestras pezuñas, garras y pelaje, mientras tapamos con peinados o sombreros nuestros cuernos de Sátiro.

Hasta el día en que se oculte el sol en nuestro pecho y brille la luna en nuestras pupilas. Nos broten los colmillos, cachos, garras y alas, perdamos la marcha y compás del concierto social y nos volvamos dioses. O tal vez sólo reconozcamos al Dios que desde siempre ha habitado en nosotros, pero se ha limitado a sonreírnos como un demonio, al otro lado del vidrio. 

El pollo diablo

Hace algunos años en la granja nació un pollo, rubio como el oro, que bajo la luz del día brillaba tanto como el sol. Estaba tan orgulloso de sí mismo, que se sentía por encima de los otros pollos, incluso desde que era un simple huevo. Se llamaba Quike-Rikí, y era el menor de doce hermanos, todos nacidos en la misma semana.
            Era tanta su arrogancia, que cada vez que podía se jactaba de ser el mejor pollo del mundo. Hasta que uno de sus hermanos, Riko- Rikí, que era el pollo más rico de la región, lo retó:
            –Si es verdad que eres el mejor pollo de todos, te desafío a que acumules más fortuna que yo en una semana. De conseguirlo, no sólo reconoceré que eres el mejor de los pollos, sino que además renunciaré a mi fortuna y te la donaré, sin queja ni peros. ¿Qué dices?
            Quike lo dudó un segundo, pero era tan soberbio y ensimismado, que no vio mejor oportunidad para demostrarles a todos que era verdad lo que decía. Por lo que aceptó.
            Todo marchó muy bien los primeros días, Quike parecía haber nacido para hacer negocios y, si la apuesta no fuera de sólo una semana, seguramente superaría la fortuna de Riko en unos cuantos meses. Pero el tiempo pactado era demasiado corto, por lo que a sólo un día de concluir el plazo, Quike se dio cuenta de que no alcanzaría su objetivo, al menos que obtuviera algo de ayuda extra.
            Desesperado, Quike invocó incluso el auxilio de fuerzas que iban más allá de su comprensión, hasta que de repente se presentó ante él el mismísimo Diablo pollo, quien con un ademán de su ala derecha le preguntó: “¿Es verdad que quieres ser el pollo más rico del mundo?”
            Quike no supo qué decir, pero al final afirmó con la cabeza.
            El Diablo pollo alzó su pico, dio un par de vueltas en el piso, alzó las alas al cielo y dijo: “Listo, ya está hecho”.
            –¿Entonces Quike ganó la apuesta, abuelo? –me pregunta el más pequeño de mis nietos, aún con vestigios de su cascarón en la cabeza.
            –No precisamente  –le respondo dubitativo.
            –No entiendo. ¿Al final el Diablo pollo no lo volvió el pollo más rico del mundo? –pregunta ahora el mayor de mis pequeños.
            –Pues…, sí, digamos –vuelvo a responder, no precisamente seguro.
            –¿Entonces? ¿Lo volvió el pollo más rico, sí o no?
            –Pues hay veces en las que es mejor ser pacientes y modestos, o al menos ser claros en nuestras peticiones. Ya ven lo que dicen sus mayores: “más valdría que al pollo no se le conceda todo lo que desea.

El Diablo pollo cumplió con su promesa, lo volvió el pollo más rico de todos, es más, lo volvió riquísimo. Y después se lo comió.  

El último

Para ser honesto, siempre me llamó la atención participar en uno de esos concursos de la televisión. Pero no cualquiera, yo quería involucrarme en uno que me pusiera al límite, que retara al máximo mis capacidades. Por lo que tan pronto me enteré de que había uno en el que el objetivo era permanecer el mayor tiempo posible en una selva tropical, no dudé ni un segundo y me inscribí.
No le dije a nadie, ya había tomado la decisión y sabía que ni mi esposa ni el resto de mis familiares estarían de acuerdo en que expusiera de esa manera mi integridad. Ellos no entendían, nunca quisieron entender que a mí no me era suficiente levantarme todos los días a las seis de la mañana, desayunar lo de siempre y enfrentarme a la urbe, que invariablemente me recibía con su cara de “vete al diablo”, para llegar a un trabajo rutinario, que me pagaba una miseria, lo cual era demasiado para compensar la tediosa tarea de acomodar los libros en sus estantes y etiquetar los nuevos ejemplares. Algunos lo disfrutaban, lo hacían con amor, incluso había quienes aprovechaban el tiempo y leían, cómo no hacerlo, teniendo a su disposición toda la colección de la biblioteca estatal. Pero yo no. Yo no quería leer lo que los demás habían hecho, es más, ni siquiera me era suficiente inventarme mis propias aventuras. No, nada de eso, yo tenía que vivirlas en carne propia; sentir el viento en mi pelo, el frío en la piel, la humedad en mi ropa, el miedo en mis entrañas y el fuego en mi pecho.
Tal vez en el fondo pensaba que la gente del canal jamás me escogería. Vamos, ¿a quién trataba de engañar? Sólo era un “archivista”. Por lo que el día que recibí la confirmación de mi participación en el programa, el más sorprendido fui yo.
Mi esposa y demás familiares, sin excepción, actuaron como lo esperaba, me tacharon de loco, imprudente y egoísta. Pero no me importó. Yo tenía cuarenta años, ya había vivido la vida como ellos esperaban, por lo que ya era hora de empezar a “vivir” de verdad, elegir equivocarme, y seguir adelante con las consecuencias de mis actos. Por lo que acudí a la cita con la televisora, firmé los papeles correspondientes, en los que aceptaba los riesgos, deslindando de toda responsabilidad al canal, productores y demás involucrados, si algo no planeado llegaba a pasar.
Al día siguiente me volvieron a citar en la televisora, para presentarme al resto de concursantes, y una semana más tarde, después de una intensiva revisión médica, salimos en pos de la aventura.
Éramos doce concursantes, casi todos hombres, salvo por dos mujeres que de espaldas no parecían serlo. Sin duda yo era el eslabón más débil, y ellos lo sabían. No decían nada, pero cada vez que intercambiábamos miradas, se reían, más de mí que conmigo.
A cada uno nos dejaron en una locación diferente; con una navaja suiza, una bolsa con una lona, para construir nuestro campamento inicial, una caja de cerillos, con sólo tres fósforos, un teléfono satelital, el cual sólo podíamos emplear para darnos por vencidos o en caso de emergencia (lo cual venía siendo lo mismo), y una cámara de video a prueba de agua, con baterías solares y varias unidades de memoria (tal vez lo más pesado de la maleta), para que cada vez que lo consideráramos pertinente grabáramos nuestros avances, desafíos más fuertes y reflexiones ante la soledad y el constante peligro.
A través del teléfono nos informaban la cantidad de días transcurridos y si alguien había abandonado el juego. Lo cual ocurrió a los tres días, cuando ante mi sorpresa dos concursantes renunciaron, por lo que al menos sabía que yo no sería el primero en irme de ese lugar. Mi primer reto lo había superado.
Con forme fueron pasando los días, las inclemencias del tiempo y la soledad fueron minando mi espíritu de competencia, pero con solo recordar lo que me esperaba en casa; una mujer enojada, el tráfico, las multitudes, en fin, todo, mis ganas de no volver fueron mucho más grandes que mis deseos de darme por vencido.
A los veintiún días sólo quedábamos tres concursantes; un explorador experimentado, una guardabosques y yo. Mi ropa estaba hecha jirones, mi barba parecía estropajo viejo y olía peor que estación del metro a las cinco de la tarde. Ya no podía más y estuve a punto de avisar mi retirada, cuando los otros dos concursantes se me adelantaron, primero la guardabosques y luego el explorador; yo había ganado. Toda una lluvia de emociones bañó mi cuerpo. Me había puesto al límite y fui más allá de lo esperado. Ya podía imaginar el rostro de mi esposa, su orgullo en los ojos, y el de todos los demás.
Estaba absorto en mis pensamientos, cuando recibí la llamada que confirmaba mi triunfo. Entonces se me indicó a dónde dirigirme, para que el equipo pasara por mí y me llevara de regreso a casa, con un cheque de varios ceros bajo el brazo, y la satisfacción de haber llegado más lejos que el resto.
Camino al lugar acordado, me sorprendió una tormenta eléctrica, la más fuerte que jamás hubiese vivido. Recuerdo que pensé que si ésta hubiese caído el primer día de nuestra aventura, quizás sí hubiera sido el primero en rendirme. Pero eso ya había terminado. Estaba cansado y pedí ayuda a la producción para que fueran a mi encuentro, pero no respondieron mi llamada, por lo que seguí adelante, con la poca energía que me quedaba. Hasta que al fin llegué al lugar acordado.
Para mi sorpresa, ahí no había nadie, sólo un vehículo todo terreno, una maleta y un mapa. En ese momento pensé que eso significaba que el juego aún no había terminado. Lo cual, admito, me emocionó muy poco. Harto, me subí al automóvil, y seguí adelante, hasta reencontrarme con la civilización. Jamás pensé que añoraría verme rodeado de gente.
Conduje por horas, hasta que llegué a una vieja carretera. Ese trozo de urbanización me devolvió el alma al cuerpo, y seguí mi camino, según las indicaciones del mapa y los pocos avisos vehiculares. Fue hasta que llegué a la ciudad que me di cuenta de que algo no estaba bien. La carretera estaba vacía, ni una sola alma se podía ver u oír, los autos estaban detenidos, los edificios lucían vacíos y las calles abandonadas. Estaba solo.
Seguí manejando, con dirección a mi casa, pero el escenario fue el mismo durante todo mi recorrido, y no cambió en nada al llegar a mi barrio. La noche me sorprendió detrás del volante y la oscuridad me abrió sus brazos, dejándome sin más luz que los faroles del vehículo, que parecían crear el camino a su paso. Hasta que llegué a mi hogar. La puerta estaba abierta, la llave del agua goteando, la comida quemada en la estufa, ya sin flama porque el gas se había agotado, quién sabe hace cuánto. Estaba solo, sin rastro de mi mujer, sin línea telefónica o Internet. Y sigo así, como un fantasma que deambula sin parar, sobre la calle mojada y el frío penetrando hasta mis huesos, como si el mundo quisiera dejarme bien claro que sigo vivo, en cuanto al resto…, no lo sé, tal vez aún espero que un día el teléfono satelital responda mi llamada y me haga saber que no soy el único.

Mientras tanto, no sé si por inercia o necedad, no hay día que no prenda al menos en un momento la cámara, para dejar testimonio de mi experiencia y soledad, quizás en espera de que algún día alguien la encuentre y las vea. ¿Quién sabe? Igual y el juego aún no ha terminado.

martes, 7 de julio de 2015

¿Qué está haciendo el niño?

–¿Amor? ¿De casualidad no sabes qué está haciendo el niño? –pregunta una mujer a su marido, quien plácidamente lee el periódico, sentado en su sillón favorito.
            –Me parece que está afuera.
            –¿No te fijaste desde a qué hora se encuentra allá? 
            –La verdad no, pero creo que ya tiene un buen rato.
            –¿Y qué tanto estará haciendo? 
            –Pues está jugando, mujer, como cualquiera a su edad.
            –¿Y qué es lo que está jugando?
            –No estoy seguro, pero parece que patea una pelota.  
            –¿Una pelota? ¿Y qué tal si por andar jugando no se da cuenta y se cruza la calle sin fijarse? ¡Haz algo, Dios mío!
            –No te preocupes, es más fácil que él le dé a un cristal o un peatón, antes de que pateé su pelota hasta la calle. Quédate tranquila mujer.      
            –¿No crees que pueda tener hambre o sed?
            –No, yo lo escucho muy divertido y riendo.   
            –¿No te parece que ya es mucho tiempo? Parece que no tarda en caer otra tempestad como la de ayer. ¡Pobre bebé! ¿No crees que deberíamos ir por él y asegurarnos de que no le falte nada?
            –No creo que esa sea una buena idea.
            –¿Y por qué no?

            –En primera, el chico ya tiene más de ocho años, por lo que creo que ya es lo suficientemente grande para volver a casa a tomar agua, comer o guarecerse del tiempo. En segunda, porque se ve que está a punto de llover y no pienso salir a pescar un resfriado. Y en tercera, el muchacho es de los vecinos, no nuestro. Deja que ellos se preocupen por él, al menos por esta vez.   

En espera de la Bestia

Su rugido retumba a kilómetros de distancia y mi corazón se acelera. De día o de noche, su paso es intimidante; temible como la incertidumbre y feroz como la muerte. Circula sobre cráneos de acero, que chocan y crujen contra el metal, la madera y las piedras del camino. Su poder es tan prodigioso que pareciera detener al mundo ante su paso, y tan infinito que pareciera retroceder el tiempo ante su silencio.
           Cruel demonio de lámina oxidada, que comunica al sur con el norte, hermanando sueños y pesadillas, agilizando los pasos y truncando de tajo los caminos. Porque al igual que su senda dejara cortadas las montañas y perforara las laderas, la Bestia no teme dejar mutilados, heridos, o muertos, a todos aquellos que osen tomar su camino.
            No hay calor más calcinante que su Infierno, ni frío más helado que su olvido, bañado de metal, oxido, corrupción y muerte. Se alimenta de carbón y odio, miedo y esperanza, fatiga y anhelos.
            Sobre sus rieles transita la muerte; la riqueza de algunos, la pobreza de otros y la perdición de unos pocos, que se fueron persiguiendo un sueño, y no saben si sólo les espera la oscuridad eterna, sin una lápida que recuerde sus nombres.
Bajo sus pies transcurre la selva, el valle, el desierto, la vida y el tiempo. Un segundo sin retorno. Cada metro se roba un latido. Cada kilómetro un sueño. Y cada día un poco de todo; sudor, sangre, carne y huesos.
Pocos son los afortunados que consiguen un pacto con ella, de hecho, hasta la fecha no conozco a ninguno, pero he escuchado de ellos; almas desesperadas que aceptaron como regalo su Infierno, y bebieron de su vapor de muerte, hasta alcanzar su destino. Pero jamás he sabido de alguien que la domara, que hable de su contacto con ella como una aventura placentera, todo lo contrario, el logro no es enfrentarla, sino sobrevivirla.

A pesar de todo esto; a pesar de la lluvia, del viento, del frío de la noche, el infierno sofocante, la sed, el hambre, los hombres que se alimentan de otros hombres, y la soledad compartida, donde cada alma tiene su propia deuda, objetivo e historia, sigo aquí, en la curva, esperando que el demonio baje la velocidad y sus vigías la guardia, en pos de un lugar en su lomo de hierro, dispuesto a morir, con ganas de ser uno de los que superaron el reto, sólo porque aquí, ya no queda nada para mí.