domingo, 7 de diciembre de 2014

En el silencio

La tentación es excesiva, y cada vez me cuesta más trabajo contener a la fiera que día a día se alimenta de la oscuridad que he acumulado en mis pensamientos. Mis manos arden, y mi sangre se muere por abrirse camino, hasta encontrarse con la superficie y romper con las paredes de carne y sociedad que la contienen. Mientras tanto, las tinieblas fluyen y me susurran imágenes de muerte, dolor y locura.
Las palabras se han desbordado sobre el papel, he derramado litros de sangre sobre el pavimento, pero las hojas siguen en blanco. No importa cuánto haga, ni cuánto deje ir, la bestia se aferra a mi recuerdo y el abismo en mi interior es cada vez más profundo. Ya no tengo control sobre mí, la noche me parece eterna, e incluso bajo los rayos del sol el influjo de la luna es insoportable. ¡Quiero derramar más sangre!
La serpiente se anida en el silencio, las sirenas de las patrullas se confunden con las ambulancias que vienen por los restos que he dejado tras de mí. Pero la muerte no se va, ella se queda y se cubre con mi piel, arropándose con la carne que me envuelve. El olor a sangre es nauseabundo, y al mismo tiempo exquisito. Las ganas de matar se roban mi cordura, hasta fundirse con cada uno de mis huesos y nutrirse de mis sueños, pesadillas y recuerdos.
La bestia aún duerme en su lecho de sombras, pero sus uñas ya empiezan a lastimarme; me desgarran por dentro y sé que su arribo es sólo cuestión de tiempo, lo cual es algo que ya no tengo.
Sangro y siento su latir en mi corazón y su respiración en mis pulmones, al tiempo que la hemorragia ahoga mi percepción de la realidad y veo fantasmas que claman por mi nombre.

La vida sigue y cada día son más los que me esperan del otro lado. Ya sólo me separa de ellos una delgada franja, un paso, un aliento, un latido, nada.

La última vuelta

Jamás había estado tan cerca de mi objetivo, sólo un poco más y el más peligroso bandolero que jamás hubiese conocido este pueblo estará a mi alcance. Después de múltiples asaltos, homicidios, pesquisas fallidas y emboscadas, por fin el “Sangriento” responderá por sus crímenes.
            La horca es lo mínimo que merece un sinvergüenza como éste. Sus atrocidades son tantas que ningún juez se atrevería a dejarlo ir, o ponerle una multa que no se pague con su propia sangre. Incluso quizás hasta llamemos al ejército, para que organicen un fusilamiento público, de tal suerte que los sobrevivientes de sus víctimas sientan un poco de alivio, o al menos que se ha hecho justicia.
            Una vuelta más y lo alcanzo. Mi arma está bien cargada y él ya vació su revólver, y las huellas de su caballo son más cortas, por lo que el cansancio ha de estar haciendo mella en su rendimiento.
Ahora sí, no hay forma de que se me escape otra vez. Todos hablarán de este momento como la noche en que el sheriff más valiente del que se tenga memoria, atrapó al criminal más desalmado que hubiese nacido sobre este planeta.
            – ¡Juanito! ¡Ya bájate del carrusel! ¡Ya has dado como mil vueltas y están por cerrar la feria!
            –Pero… ¡Mamá!
            –Si quieres, mañana volvemos, después de que hagas tu tarea y limpies tu cuarto. Pero ahora ya es tarde.

            Muy bien “Sangriento”, tuviste suerte esta vez, pero mañana ya veremos…

Dos hojas al viento

Te conocí en el momento justo; cuando aún no terminaba de brotar del todo, y me enamoré del capullo, sin saber que un día terminaría amando la flor que dormía entre sus pétalos.
Como un puñado de hojas, dejamos que nos llevara el viento; a veces juntos, muchas otras separados. Pero a pesar de todo, algo de mí latía en tu pecho, y mucho de ti vivía en mi corazón, como la madera tallada, que a pesar de la forma que adopte, siempre nos hablará del árbol.
Entre sueños, risas, besos, desencuentros y despedidas, fuimos las hojas de libros diferentes, escritos por el tiempo con nuestra complicidad, y a pesar nuestro. Tus flores, mi tinta china y nuestros gatos, en mundos diferentes, rodeados de sombras, luces, deseos y pesadillas.
Pero nunca se borró de mi memoria tu voz, calidez y aroma, ni los besos que jamás te entregué se olvidaron de tu boca. Así como un poco de mi oscuridad se fue a vivir a tu pelo, y no regresó a sumergirse en el mar de mis tinieblas, hasta que el viento volvió a entrelazar nuestras sendas, formando un mismo camino de luz y sombras, ronroneos y arañazos, calor y frío.
A pesar de los años se reconocieron nuestros bordes, reverdecieron nuestros pliegues y sanaron nuestras heridas. Ya no eras un capullo, ni yo un brote. Tu latido volvió a musicalizar mi pecho, y mi calor encontró su hogar entre tus brazos.

Entonces volvimos a volar movidos por el viento, sin prisa, sin reloj, sin vendas en los ojos, ni más cobertor que tu piel sobre mi cuerpo. Como dos hojas al viento, pero movidas al ritmo de un solo corazón.    

Elena

Aún no sé qué es lo que pasó. No hay noche que no despierte con esa horrible pesadilla, cada vez más grotesca y confusa. Lo único que sé es que todo esto empezó a finales del año pasado. Elena, mi esposa y nuestros dos hijos, Diego y Santiago, nos hospedamos en un hotel de la Bahía de las Azucenas. Si bien no era el más lujoso de la zona, era un lugar muy especial para nosotros, ya que ahí fue donde ella y yo pasamos nuestra luna de miel.
Llevábamos meses preparando el viaje, y la verdad no sabría decir si era ella, los chicos, o yo quién estaba más entusiasmado. Todo era tal cual lo recordaba; como aquella primera vez en que éramos sólo dos los que dejábamos nuestras huellas grabadas en la arena.
Aquel día era el sexto de nuestras vacaciones y todo había iniciado normalmente; los cuatro fuimos a la playa a ver el amanecer, y mientras Elena y yo refrescábamos recuerdos, y nuestros pies hacían lo propio con la caricia de las olas, Diego y Santiago aprovechaban para hacer agujeros en la arena. Como le digo, todo era normal, y ni por un instante se me ocurrió que ese día habría de ser el último que pasaríamos juntos.
Después de desayunar y de dar un paseo por la bahía, volvimos al hotel para bañarnos en la piscina. No era un sitio especialmente turístico, y no habíamos más de diez familias en todo el lugar, por lo que la alberca era lo suficientemente amplia para todos. Santiago fue el primero en darse un chapuzón, seguido inmediatamente por Diego, mientras yo trataba de convencer a mi esposa de entrar con nosotros.
–Yo los veo desde acá, bien sabes que no me llevo muy bien con el cloro de las piscinas –me dijo y se acomodó en una silla, con una sonrisa que hacía imposible discutir con ella.
Cuando mezclas agua y niños, el tiempo pasa volando, y antes de que nos diéramos cuenta ya era hora de la comida, y Elena, como buena madre nos lo hizo saber, y aún con regañadientes, sacamos a los chicos de la alberca para que se dieran un duchazo y nos fuéramos al comedor. Ella se adelantó con ellos al cuarto, mientras yo recogí sus gorras, y aproveché para ir a recepción para confirmar un lugar para la cena de año nuevo.
Recuerdo que subía las escaleras, cuando Elena ya bajaba, pero sola. Eso llamó mi atención y le pregunté por los niños.
–Ellos siguen en el cuarto, se están cambiando y me dijeron que querían esperarte, ya ves cómo son –me dijo, regalándome un beso en los labios.
–Posiblemente me demore un poco duchándome, por lo que, si quieres, tan pronto suba te mando a los niños para que vayan escogiendo una mesa –le sugerí, y ella me respondió con una sonrisa y un guiño.
Ya enfrente de la habitación toqué en repetidas ocasiones la puerta, sin obtener respuesta del interior, lo cual tomé como una broma de mis pequeños.
–No sean así, que su mamá ya los está esperando allá abajo –les dije, fingiendo enojo, pero no hubo respuesta.
En eso, llegó la vigilancia del hotel, y me hizo a un lado, argumentando que varios huéspedes habían reportado gritos y disturbios en la habitación.
–Debe ser un malentendido. Mis hijos me están jugando una broma, y la verdad no creo que yo estuviese creando un “escándalo” como para alarmar a los demás huéspedes –les dije, pero no me hicieron caso y entraron al cuarto.
Nada me hubiera preparado para ver lo que me esperaba del otro lado. Las paredes, la alfombra y hasta el techo escurrían sangre y restos humanos. En el baño estaban los cuerpecitos destrozados de mis dos pequeños, y en la cama yacía el cadáver mutilado de mi mujer. Todo era una pesadilla, no podían ser ellos, no podía ser ella; la acababa de encontrar en las escaleras, no era posible que estuviera ahí… destazada, de hecho aún tenía el sabor de su lápiz labial en la boca.
Yo sentía como si cada gota de mi sangre se me escapara por los poros. Aún así, salí corriendo con el objeto de reencontrarme con ella, ante el desconcierto de los vigilantes. Pero abajo sólo me encontré con una versión magnificada de mi propia habitación; por todos lados, desde la recepción hasta el comedor, yacían cuerpos mutilados, incluso algunos flotando en la piscina, tiñéndola completamente de rojo.
Entonces la volví a ver; sin duda era ella: “Elena”, que me sonreía rodeada de cadáveres y muy cerca del mar. Después me guiñó el ojo, me dio la espalda, y no sé si lo soñé o fue un juego de mi mente, pero me pareció que antes de sumergirse, su cuerpo se abrió como los gajos de una naranja, y entre borbotones de sangre vi juguetear unos tentáculos, que se hundieron en un burbujeo escarlata.
– ¿Y usted cree que alguien le va a creer eso? –me dice el abogado– Perdóneme, pero ni siquiera yo, que tengo como deber defenderlo, me trago esa mentira. Mire, si no es honesto conmigo, no creo que podamos hacer nada con su caso.
–No le miento. ¿Usted cree que yo soy físicamente capaz de asesinar a tantas personas, incluyendo a mi familia?
–No, la verdad lo veo muy difícil, y eso es algo que tiene a su favor, pero entienda que usted es el único sobreviviente de esa masacre, lo que lo vuelve una pieza clave para entender qué pasó, porque ni siquiera los guardias de los que me habla en su relato corrieron con la misma suerte, ya que fueron encontrados muertos, escaleras abajo y en circunstancias semejantes al resto de las víctimas. Pero entienda que lo que me cuenta es una locura. Y el problema es que el examen psicológico me dice que usted no padece de ninguna enfermedad mental. Por lo que si nos presentamos con su versión y el examen, no sólo lo van a condenar, sino que jamás me volverán a asignar ningún caso, y yo necesito el trabajo –me dice, con la honestidad temblándole en los ojos.
Él no me cree, y la verdad es que no le culpo. Pero en eso, el guardia le hace una seña al abogado, quien se dirige a él, para que le diga algo al oído.
–Parece que usted no quiere que lo ayude ¿verdad?
–No entiendo –le respondo.
–Hace un instante me dijo que su esposa fue asesinada por… “esa cosa” ¿no es así?, pero ahora el guardia me informa que usted tiene una visita. Y ¿adivine quién es? –me dice con una mueca en la cara.
–No, eso es imposible. Elena está muerta. ¡Yo la vi! Su cuerpo estaba mutilado, al igual que el de mis hijos, pero era ella; sus manos, sus piernas, su pelo, su cara. ¡Era ella! –le digo, pero no me hace caso y me deja con la palabra en la boca.

Al poco rato veo a mi esposa cruzar por enfrente de la puerta de cristal; me ve, se sonríe, me guiña un ojo, me saluda juguetonamente con los dedos, le da un beso al vidrio, dejándome ver unos diminutos filamentos, que se mueven como tentáculos que se abrieran paso entre sus labios, al tiempo que me enseña la cabeza cercenada del abogado, aún escurriendo sangre por sus ojos, boca y oídos.     

Un viaje en metro

Estoy en el último tren que saldrá de la estación del metro. Ya casi es media noche y en el vagón sólo viajamos un puñado de personas y una Diosa. Tal vez exagere, pero no encuentro una mejor manera para referirme a ella; simplemente tiene algo que la baña de una belleza que no cualquiera posee. No sólo es su brillante y larga cabellera, que le llega hasta la cintura, ni sus labios húmedos y carmesí, o sus ojos grandes y llenos de vida, encubiertos tras unas gafas que no opacan ni por un instante sus encantos.
            La veo y no pierdo detalle de sus movimientos; la manera como pasa las hojas del libro que está leyendo desde que tomó asiento, la gracia con la que se acomoda su inquieta melena, que cada vez que el vagón se detiene se le viene a la cara, hasta la forma como limpia sus lentes, en cada ocasión que voltea a ver el reloj y la estación del metro en la que nos encontramos.
            Yo la veo como hipnotizado; con ganas de ir hacia ella e iniciar una conversación, pero no quiero interrumpir su lectura. De repente, saca de su bolsa una pluma de ave, que emplea como separador de libros, y cierra su texto.
Pero justo cuando estoy armándome de valor para levantarme de mi asiento, ella saca un par de audífonos, un reproductor de música y vuelvo a perder mi oportunidad.
            En ese momento experimento mil emociones en un solo instante; me siento frustrado, impotente, pero a la vez halagado por compartir ese espacio con ella, y me deleito de verla mover su cabeza, posiblemente siguiendo el ritmo de su música favorita.
Me pregunto qué canción es la que hace bailar a esa Diosa, qué melodía es la que mueve sus sueños, y qué ritmo será el afortunado de hacer que suspire su corazón.
            Nunca pensé que un viaje en metro me resultaría tan gratificante. Entonces, el cansancio y la hora se confabulan para hacerla bostezar. Ella apenas tiene tiempo de cubrirse la boca, privándome de la oportunidad de conocerla un poco más afondo, pero demostrándome que es toda una dama, que no dejará que cualquiera hurgue, ni siquiera con los ojos su intimidad.
            Yo estoy extasiado, al grado que apenas me doy cuenta de que por un instante se han cruzado nuestras miradas. Tan pronto me percato, volteo la cara y finjo ver mi reloj, mientras de reojo observo su reacción.
No sé si me lo estoy imaginando, pero me parece que me ha sonreído. Quiero comprobar esta posibilidad, pero no me atrevo a verla a la cara. Entonces llegamos a una nueva estación y ella se enfila a la puerta para descender.
            Yo podría aprovechar y salir a su lado, aún no sé con qué objetivo, pero no muevo ni un solo músculo. No puedo dejar que se me escape de las manos, pero aún así la dejo ir, sin fijarme siquiera en la estación. No quiero que me tome por un acosador, además, me imagino que muy pronto llegaré a mi destino.
            Entonces, ella se baja, se cierran las puertas, avanza y voltea, como buscando alguien, pero al ver que desciende sola, baja la cabeza y se sigue de frente.

            Ahora sé que no me imaginé la sonrisa que me regalara hace unos minutos, pero lo peor no es eso, sino que justo ahora me doy cuenta de que ella había descendido en la misma estación en la que debí haberme bajado yo.